Pocos títulos, pero cuidados

¿Necesita el mundo otro blog de cine? Pues seguramente no. Pero aquí está de todas formas. Bienvenidos a los que quieran quedarse. Lo principal que se debe saber es que este blog incluirá pocos títulos, pero tratados con espacio y cuidado (hasta donde llegan las luces de quien escribe), y que cada entrada consta de (1) presentación (sin spoilers) de cada título, para quien quiera pensarse si verlo o no, o recordar cuál era, (2) carátula, y (3) comentario/discusión de cierta extensión (con spoilers y sin avisar), para leer después de verlo.

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jueves, 23 de abril de 2009

Gran Torino (2008)

En la última película como actor en la carrera de Clint Eastwood (eso ha dicho él mismo), el cineasta californiano retrata con sencillez y ojo lúcido una parte de América que está delante de los ojos de cualquiera pero que hace falta saber ver. Los veteranos de Corea y Vietnam cada vez significan menos, y ahora las tornas han cambiado tanto que muchas ciudades estadounidenses tienen comunidades enteras hechas de ex enemigos encarnizados (como lleva ocurriendo toda la vida, por otra parte). Todas ellas han acabado abrazando el sueño americano, pero de diferentes maneras: unos el de una vida de hogares familiares merecidos a base de duro trabajo, y otros el del abuso y la violencia. Walt Kowalski, nombre que ya desde su propio nombre suena a personaje de Clint Eastwood, sabe cuál de las dos prefiere. Y su rifle también.


Clint Eastwood tiene la justificada fama de rodar las películas que dirige de forma rápida y simple, como en este caso, en el que el rodaje llevó sólo 32 días. Sin embargo, a menudo las cosas más simples son las que ocultan más complejidades, y esta película es buena muestra de ello.

En apariencia, la trama es muy sencilla: un ex soldado y ex trabajador de una planta de automóviles Ford, gruñón y chapado a la antigua, ayuda a sus vecinos de la etnia laosiana hmong, a quienes al principio mira con aparente odio y desprecio (más sobre lo de "aparente" más tarde) a enfrentarse a la amenaza de un grupo de jóvenes pandilleros de su propia raza, llegando incluso a inmolarse en defensa de los pacíficos para poner a los violentos entre rejas. Poca cosa. Pero por debajo hay una fascinante lectura sobre Estados Unidos (o quizá mejor dicho, sobre "América", palabra que los estadounidenses prefieren para hablar de su país, por ser menos burocrática y más viva), sobre la madurez y la vejez, sobre una generación que ha vivido cambios inexorables y extremos como ninguna otra había experimentado y, ya fuera de la propia historia de la película, sobre el significado que puede llegar a alcanzar la figura mítica de un determinado actor y cineasta, haga el papel que haga. Porque este Walt Kowalski, al ser interpretado por Clint Eastwood, ya no es un simple ex mecánico: es Harry el Sucio, es el sargento de artillería Highway, son varios pistoleros del oeste, sentado en mecedora de pensionista, cerveza Pabst en una mano, potente arma de fuego en la otra y coche de los 70 (americano, grande, fiable, ostentoso, escandaloso y antiecológico tragón de gasolina antaño barata) en el garaje. Eastwood sabe que es inevitable que esta imagen se le venga a a cabeza a la gente, y no sólo no la oculta sino que hasta juega con ella, de forma que este Kowalski también se podría decir que "es" el propio Eastwood: cada vez más envejecido, pero cada vez más admirable y admirado, incluso por gente que lo considera un dinosaurio. La vecina que también sale a sentarse en su porche rezonga: "¿Por qué no se larga este tío si todos los blancos del barrio ya se han ido?" Y sin embargo, luego toda su familia lo inundará de regalos y parabienes cuando demuestre de qué pasta está hecho.

Examinemos esa pasta: una de las críticas que se le han hecho a la película es que el cambio de racista bocazas a paladín de minorías es demasiado pronunciado, rápido e incluso torpe para creérselo. Que puede engañar en visionado rápido, pero que no se sostiene al reflexionar un poco. Y es cierto: por mucho que el final sea amargo, la vida no es tan bonita como para creerse ese cambio y ese sacrificio. Bien, pues creo que el error de esta crítica está en el análisis inicial y final del personaje: desde los resúmenes publicitarios se venía vendiendo a Kowalski como un racista que ve la luz, y lo cierto es que (y recojo aquí lo de "aparente" que se dijo antes) no lo es, y es una pena que se haya aceptado como tal sin observar lo que hace en la película. Como mucho, llega a políticamente incorrecto, o a antigualla que rehúsa cambiar sus costumbres. Véase como ejemplo uno de mis diálogos favoritos de todos los tiempos, que es el que tienen Susan Sarandon y Sean Penn en 'Pena de muerte':
-No me gustan los negros. La esclavitud se acabó hace mucho, y siguen con la cantinela de cuánto sufrieron. Odio a la gente que se hace la víctima. Me gustan los rebeldes, algunos incluso negros. Martin Luther King lideró a su gente hasta Washington y le pegó una buena patada en el culo al hombre blanco. Pero muchos son unos vagos que sólo hacen que chupar dólares de los impuestos.
-¿Respetas a Martin Luther King?
-Peleó, no era un vago.
-¿Y los blancos vagos?
-No me gustan.
-Así que lo que no te gusta en realidad es la gente vaga.
-(breve silencio) ¿Podemos hablar de otra cosa?

La hermana Helen Prejean desmontaba así los prejuicios del asesino Matthew Poncelet, un racista convencido y orgulloso de serlo (o eso pensaba él mismo hasta que se encontró con este razonamiento). Bien, pues Kowalski actúa exactamente igual. Por mucho que rezongue contra los asiáticos, en el fondo su "racismo" no es contra gente de otro color de piel, sino contra los vagos, los violentos, los pandilleros, los duros de pacotilla que piensan que son los más malotes del barrio sin haber estado jamás en una guerra, y que pretenden vivir a base de aterrorizar a los demás, sin trabajar duro un solo día en su vida. ¿Para eso Kowalski y su generación se dejaron la juventud, la salud, la vida, la inocencia y la cordura en Corea? Kowalski ha matado a gente, sí, pero en una guerra, no como Poncelet para violar a una chica, o como los pandilleros para pagarse sin merecerlo camisetas de baloncesto, drogas, pistolas o videoconsolas. Ese es el auténtico enemigo, y para luchar contra ellos los aliados naturales de Walt pasan a ser la gente que merece la pena, entre ellos sus vecinos. Entendiendo esto, y por tanto enfocando correctamente la figura inicial de Kowalski, no cuesta ningún esfuerzo comprender cómo un jubilado con todo el tiempo del mundo, que vive solo y que sabe usar las manos, encuentra la manera de ayudar al barrio y a sí mismo a base de dar a un chaval el tipo de educación que ya no se estila. Ya nadie cambia ruedas, ya nadie arregla sus canalones, ya muchos pasan de su trozo de jardín. Se llama a otros para hacerlo. En tiempos de su juventud, nadie tenía los medios para encargar estas cosas a otros, y las hacía uno. Por eso, las dos profesiones de Kowalski, soldado y mecánico, son muy significativas. Son las que fabricaron la América en la que él creció, y que ahora gruñe al ver desaparecer.'The hands that built America', como cantaban U2 a los irlandeses neoyorquinos en 'Gangs of New York'.

También es una aliada natural la hermana del chico, pero por una razón distinta: porque tiene arrestos. Porque aguanta el vocabulario de Kowalski y no deja que la chulee. Y cuando ella pasa esta peculiar prueba, el propio Walt se lo reconoce, una vez que la lleva en la camioneta. Ese es el tipo de gente, de mundo, de hombría americana (aunque venga de parte de una adolescente laosiana) que él echa de menos. Si alguien piensa que el vocabulario racista que usa Kowalski refleja una visión de los demás, no es así: es una prueba para distinguir a los cobardicas de la gente con agallas: si alguien se mete contigo por ser italiano, o irlandés, o vietnamita, tú se la devuelves con la misma mala leche y habrás demostrado tu valía. Si te acobardas con palabras, ¿qué te pasará cuando se pase a los hechos?

Por eso resulta esencial la escena en la que Kowalski enseña al chaval a hablar así a la gente. Es la demostración más clara de que Kowalski no es racista, sino que viene de un tipo de mundo en el que se educaba con "tough love", con amor duro, brusco, que avisa del peligro que vas a correr en el mundo si no desarrollas una coraza desde bien joven. Véase que el tipo de cosas que dice a sus propios amigos son peores de las que llega a decir a sus vecinos, y especialmente a los malos de verdad, las pandas de orientales y negros que se encuentra abusando de su propia familia o de la gente que pasa por la calle. Si esta escena "educativa" se trata sólo como un simple alivio cómico (y ciertamente es hilarante), me parece que se pierde una gran cantidad de significado importante, y además puede llevar a conclusiones erróneas.

Y la demostración final de que ese racismo es sólo aparente es que Kowalski se aplica a sí mismo más que a nadie su propia convicción: acostumbrado a vivir a base de cerveza y beef jerky, desarrolla una rápida adicción por la excelente cocina asiática. De nuevo, no es una escena que sea un canto con arpas angelicales a la unión de las civilizaciones y el buen rollito internacional, sino una irónica mirada sobre sí mismo, donde el espejo le devuelve la imagen de un viejo polaco (¿adónde va un tío llamado Kowalski poniéndose racista con la peña inmigrante?) que desde que le falta la parienta no sabe comer y no hace más que ponerse ciego a birra.

La familia de Walt, ya que se acaba de mencionar a su esposa, me parece la parte más floja de la película. Si Eastwood realmente es un poco cagaprisas a la hora de rodar,esta parte se habría beneficiado de un poco de reescritura y mesura. Es perfectamente creíble (y pasa todo el tiempo) que el abuelo tenga unos hijos que lo quieran mandar a una "comunidad de retiro" y unos nietos que quieran quedarse con los cachivaches de su casa, pero la forma en que está hecho aquí es un tanto burda. Lo de la nieta diciéndole que cuando, o sea, te mueras, quiero ese coche y ese sofá "retro" pa mí, es demasiada sal gorda. Paradójicamente, funciona en un nivel, que es el del alivio cómico: esa cara del agüelo Walt cuando le hablan del asilo, que se le ven la g y las errrrrrrres salir de un lado de la boca, o la de la chavala en la lectura del testamento, sólo pueden disfrutarse desde ese plano. Para colmo, el hijo le conduce un coche japonés. Vale, lo pillamos: el abuelo es un dinosaurio que está solo ante el peligro. Todos lo abandonan, como a Gary Cooper.

Otro aspecto interesante que comentar es el religioso. ¿Puede llegarse a comparar a Kowalski con un Cristo con dos pistolas? Su sacrificio final, desde luego, invita a ello. Además, estos últimos meses de su vida son para él un auténtico via crucis: 1) se le muere la mujer, 2) sus hijos y nietos, con quienes nunca se ha llevado bien, empeoran su relaciones con él, 3) lo quieren meter en un asilo, 4) se ve rodeado de inmigrantes, 5) hay pandillas violentas en el barrio, 6) no puede fiarse ni del vecino aparentemente inofensivo, que le intenta robar el coche, 7) se descubre tosiendo sangre, 8) el cura viene a darle la murga con la revelación de que su propia mujer le dijo que le echara un ojo y que a ver si se confiesa... Si sigo, igual llego hasta las 14 estaciones justas y todo. Al final sí que llega a parecer que aquello sólo puede solucionarlo alguien especial, y que sólo puede hacerlo con un sacrificio especial, que espolee a otros a actuar. Baste decir que Kowalski llega a sentirse como Alatriste en Rocroi: voy a largarme de aquí por mi propia voluntad antes de que todo se vaya al carajo definitivamente. Yo hice mi parte luchando en esta larga derrota, ahora lidiad vosotros con la vuestra, que no os queda poca.