Pocos títulos, pero cuidados

¿Necesita el mundo otro blog de cine? Pues seguramente no. Pero aquí está de todas formas. Bienvenidos a los que quieran quedarse. Lo principal que se debe saber es que este blog incluirá pocos títulos, pero tratados con espacio y cuidado (hasta donde llegan las luces de quien escribe), y que cada entrada consta de (1) presentación (sin spoilers) de cada título, para quien quiera pensarse si verlo o no, o recordar cuál era, (2) carátula, y (3) comentario/discusión de cierta extensión (con spoilers y sin avisar), para leer después de verlo.

Se buscan y aceptan colaboradores. Más información pulsando en 'Más sobre este blog', abajo a la derecha.
Mostrando entradas con la etiqueta La noche del cazador. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La noche del cazador. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de diciembre de 2008

La noche del cazador (1955)

(Comentario cuyo autor me pide anonimidad)

En la Virginia Occidental de los años 30, un hombre busca el dinero enterrado por su compañero de celda, tras morir éste en la horca. La clave está en una cita de la Biblia: 'Y un niño los guiará'. Único film dirigido por Charles Laughton, protagonizado por Robert Mitchum, Shelley Winters y Lillian Gish. La escena acuática de 'The night of the hunter' es por fuerza parte de la memoria sentimental de cualquier fanático del cine. Es muchísimo más que un maniquí en un coche falso en un río de mentira bajo unas pocas plantas de plástico.

Que levante la mano el cinéfilo que no tenga pegada a la retina (junto con los cretinos llenos de liendres de las Hurdes, la Magnani desgarrada, las tetas de 'Amarcord' o el Mastroianni, de blanco, embarrado hasta las cejas) esa escena de esa peli. Que la levante para identificarlo, y para expulsarlo de la sala. Ese no es cinéfago ni es ná.

A los que amamos esa peli nos duele especialmente que se la maltrate. Que no se usen los filtros necesarios para verla.

Es bizarra, sí.

Pero la carga el diablo.

¿Por qué es un peliculón de culto, a pesar de esos decorados teatrales, esas siluetas de cartón, ese Mitchum pelín pasado, esa iluminación a ratos sin pies ni cabeza, ese cielo imposible?

Se dijo mucho tiempo que el más grande de todos los actores (así lo llamó Dios Wilder) compartía con el bueno de Herodes un recelo de manual por los tiernos infantes. Pero esta adaptación de la novela de Davis Grubb es una perfecta muestra de hasta qué punto este tipo entendía la infancia. Pensándolo un momento, no es incompatible. Aunque sí improbable. Laughton no ensalza la infancia, no le concede ese halo de inocencia y bondad moñas al que nos malacostumbró Walt El Congelado. No. Pero hay en 'The night of the hunter' un entendimiento de la infancia que dejaría a Gloria Fuertes a la altura del betún.

Mi memoria la conecta con 'Les jeux interdits', de Clément. No sé si me explico. Y no sé si acierto.

"Los cuentos de hadas no le proporcionan al niño su primera intuición de la existencia de los espectros. Lo que le proporcionan por vez primera es la intuición clara de que es posible derrotarlos" (Chesterton, 'El ángel rojo'). Claro. La infancia, sin lugar a dudas, es el filtro de la noche del cazador. En esa noche, los malos son malvados, los buenos no tienen mácula, el negro es negro como la noche negra. El forastero histriónico (y gigantesco) trae en las manos escrita la síntesis de cómo uno asimila las cosas cuando es un chiquillo. Sin mandangas y sin matices, y con un sentido de la proporción tan peculiar como el que nos hace decepcionarnos hoy por lo pequeño que es el inmenso parque de atracciones al que nos llevaban a los cuatro años.

La acción transcurre casi en un pueblo de juguete. No es el filtro de lo onírico (ni de lo poético) sino el filtro mucho más crudo del recuerdo adulto de la infancia. Entenderlo es básico para estremecerse viendo a la madre muerta en el fondo del río, y no al maniquí atado con plomos en el tanque del estudio.

Esa es, creo, la explicación de que ninguno prestemos atención a los presuntos fallos de 'The night of the hunter'.

Es que sencillamente no lo son.

Laughton perteneció a ese selecto club de actores que asimilan el oficio de la dirección cinematográfica (y teatral) a lo largo de su carrera como intérpretes. Encontró un código, comenzó una forma de contar, se sacó de la chistera una puesta en escena fascinante. Le dio un significado nuevo a la palabra suspense. Qué coño, la inauguró. Y de paso, se buscó un hueco (y no sé si alguna vez lo supo) en las tripas (o en el corasao) de todos aquellos que soñamos con más tiempo para ver más pelis. Un tipo listo.

Un tipo listo que consiguió travestir una historia de críos aparentemente inocente en un saquito de cinismo casi obsceno. Y sin el casi. Brillante como para conectarnos con esa molesta sensación ancestral y si me apuran genética de que la noche es peligrosa. De que el mundo es peligroso. De que no se aceptan caramelos de desconocidos. De que la gente no es buena.

Un regalo envenenado por el que nunca llegaremos a estar lo suficientemente agradecidos. Hay que saber muy bien lo que se hace para filmar a Lillian Gish (icono, la tipa) sentada en el porche mientras une su voz a la del terrible predicador. Y hay que estar muy libre de prejuicios (o con los deberes muy bien hechos) para poder apreciarlo. Laughton exige eso al espectador a cambio de un auténtico escalofrío desde la mera base de la columna y una sospecha (de regalo y de por vida) de que ahí fuera, oculto por la noche, nos acecha el peligro.

"Desconfiad de los falsos profetas que se cubren con pieles de cordero, pero que en su interior son lobos furiosos. Por sus actos les conoceréis."

Juas. Ahí es nada.