Pocos títulos, pero cuidados

¿Necesita el mundo otro blog de cine? Pues seguramente no. Pero aquí está de todas formas. Bienvenidos a los que quieran quedarse. Lo principal que se debe saber es que este blog incluirá pocos títulos, pero tratados con espacio y cuidado (hasta donde llegan las luces de quien escribe), y que cada entrada consta de (1) presentación (sin spoilers) de cada título, para quien quiera pensarse si verlo o no, o recordar cuál era, (2) carátula, y (3) comentario/discusión de cierta extensión (con spoilers y sin avisar), para leer después de verlo.

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lunes, 18 de agosto de 2014

Ágora (2009)

(Dedicado al zarcerío)

‘Ágora’ es una película que cuando se estrenó en 2009 fue recibida en España con párrafos y párrafos expresando decepción. Que si era la peor película de su hasta entonces casi infalible director (Alejandro Amenábar), que si había mordido más de lo que podía tragar, que si es un castillo que se cae por su propio peso, que si te acaba dejando frío, que si tanto dinero para una espectacularidad a cuentagotas... Muchas de las quejas que se expresaron tenían en cuenta cosas externas al film, como la carrera anterior de Amenábar, su exportabilidad internacional (y por ende la del cine español al completo, aunque fuera rodando en inglés), el presupuesto récord que manejó, etc. Ahora que ya han pasado unos cuantos años y que todo eso empieza a resultar secundario, o incluso anecdótico, quizá sea hora de centrarse más en lo que contiene dentro.

La película cuenta la historia de Hipatia de Alejandría, una profesora y mujer de ciencia y conocimiento, experta en astronomía, filosofía, matemáticas, física, y poco más o menos todo lo que se sabía en su momento histórico, los siglos IV y V. O mejor dicho, todo lo que se creía que se sabía, porque aún estamos en una época cuando el ser humano aún no entiende bien cómo funciona el mundo en el que vive y el universo que le rodea, a pesar de lo cual se mete en agrias polémicas sobre lo que cree que sabe. Alejandría, además, se presenta como un microcosmos a orillas del mediterráneo egipcio en cuya caldera se cuecen cosas que pueden cambiar el destino de la humanidad, no solo por sus sabios, estudiantes y bibliotecas, sino por sus conflictos religiosos, entre no menos de cuatro grupos principales: cristianos, judíos, “paganos” (donde caben desde romanos hasta griegos, egipcios y de más allá), y no creyentes, entre los cuales se halla, y no en el mejor momento posible para “no alinearse”, la propia Hipatia.


Una de las polémicas principales de esta película, como todas las que tratan sobre figuras históricas reales, está en saber cuánto de “verdad” hay en el relato fílmico. El problema es que Hipatia es una de esas figuras de las que se sabe poco, y lo poco que se sabe es de segunda o tercera mano, contado muchos años más tarde y a veces sin acuerdo entre los expertos. No está muy claro tampoco qué inventó exactamente ella, y si lo que inventó lo hizo ella sola, en colaboración con otros, o recogiendo descubrimientos anteriores. Por ejemplo, el tema de cuándo supo exactamente el ser humano que no vive en un lugar plano sino más o menos esférico (achatado por los polos y ensanchado por el ecuador, que nos decían en el cole) sigue sin estar claro del todo, y no solo eso, sino también cuándo empezó a ser algo de dominio público en lugar de preocupación de diletantes con tiempo para esas cosas. Sea como sea, aquí en la película tanto la figura de Hipatia como un par de los descubrimientos que hace están colocados ahí para servir de ejemplo, de compendio para ilustrar un punto concreto: el de que hay que seguir mirando, pensando e investigando sin descanso y sin prejuicios, hasta que aparezcan las respuestas, incluso si estas van contra lo establecido desde tiempo inmemorial. O mejor dicho, especialmente si van contra lo establecido desde tiempo inmemorial. Así que yo en este punto, y en este caso (que en otros doy tanto pol saco como el que más con la exactitud histórica), vengo dispuesto a aceptar a Hipatia como un constructo-resumen del espíritu antiguo-griego-investigativo-filosófico-etcétera, hecho de una suma de ella misma y de otros personajes. Una fábula griega, en suma.

El proceso mental que sigue Hipatia para hacer el descubrimiento de cómo funciona el movimiento de los astros celestes que se podían observar en aquel momento (sol, luna y otros cinco planetas además del nuestro) es también una muestra de hasta qué punto resulta tan necesario despojarse de prejuicios, tanto que si no lo haces nunca conseguirás el descubrimiento que persigues: durante toda la película Hipatia y sus contertulios y estudiantes están tan obsesionados con la perfección que atribuyen al círculo que no son capaces de concebir una explicación para el espacio celeste que no incluya esas perfectas figuras geométricas. Incluso cuando la propia observación te dice que a veces el sol parece más grande y otras más pequeño, lo mismo que los demás planetas y la luna, aún así sus conjeturas se retuercen para no dejar de incluir círculos perfectos, llegando incluso a teorizar que hay movimientos circulares dentro de otros movimientos circulares, como ilustra Davo (Max Minghella), el esclavo del padre de Hipatia y a la vez alumno de esta. Cuando él presenta un modelo “interactivo y en 3D”, que diríamos ahora, con planetas (hechos con esferas, naturalmente, de nuevo formas perfectas) girando alrededor de sí mismos a la vez que alrededor de quien sea su centro (el sol o la Tierra), Hipatia lo recibe con tanto entusiasmo que hasta pide un aplauso para el esclavo. Este modelo se acerca un poco más a la realidad (es cierto que hay movimientos de rotación y de traslación simultáneos en un planeta), pero el descubrimiento final de Hipatia, ilustrado sobre la arena junto a su ayudante, solo llegará cuando se dé cuenta de que el movimiento de la Tierra alrededor del sol no es circular, sino elíptico. ¡Eureka! El perfecto círculo no lo explica todo, al fin y al cabo. El cono con piezas desmontables que tiene Hipatia también lo explica de una manera muy visual: ladea un poco la cámara, y sin tocar nada, como en una ilusión visual, lo verás clara y nítidamente con tus propios ojos. Pero hay que mirar sin prejuicios sobre lo que es perfecto y lo que no.

De igual forma, uno podría extender esta manera de pensar (o de confrontar el pensamiento anterior) a cosas como que una pareja “perfecta” de hombre y mujer no explica toda la experiencia afectiva humana, o que la superioridad del varón sobre la hembra no ha de ser la base de una sociedad “perfectamente” ordenada desde un principio superior gobernante de todo. Hay que buscar, de nuevo, lo elíptico, sobre todo cuanto más hayas sido educado en la adoración al círculo. Porque sobre este tema hay una escena peculiar, aquella en la que Hipatia rechaza el cortejo de Orestes (Oscar Isaac) dándole públicamente un paño manchado con la sangre de su menstruación. ¿Piensa Hipatia que la mujer es un ser imperfecto, usando para ello la misma muestra de lo que se consideraba prueba irrefutable de su debilidad como ser, o simplemente está jugando con esa percepción que algunos hombres tienen de ellas? Parece estarle diciendo a Orestes “me amas, me adoras, me idealizas, pero en la vida cotidiana esto me ocurrirá cada mes”. Orestes deja el cortejo de inmediato, yo creo que más azorado por tamaña grosería en público que porque acepte la reflexión, un tanto oblicua, de Hipatia. Claro que, por otro lado, también Orestes se había tirado a la piscina al declararle su amor en público en pleno teatro con pífanos (literalmente) y tambores. Al parecer, esta escena es algo que realmente Hipatia hizo, por lo que se sabe de ella, aunque en la realidad no fue Orestes quien lo sufrió. Pero queda un tanto chocante esta escena al tratar el tema de las imperfecciones, la mujer y hasta el casarse con la ciencia en lugar de con un hombre (o una mujer).

Y esto nos lleva al otro gran conflicto de la película, el de la religión. Hacia el final del film, cuando el auge de los cristianos en Alejandría lleve a todos sus habitantes a decidir si están con ellos o contra ellos, el obispo Cirilo (Sami Samir) cita, como prueba irrefutable de que a Hipatia no hay que hacerle caso, un pasaje de la Biblia sobre el sometimiento de la mujer al hombre, a la vez que recuerda que no había mujeres entre los apóstoles de Cristo. Y si lo dice la Biblia, eso va a misa, por hacer el chiste fácil. Es una escena además tras la cual todo el que se declare del bando cristiano ha de arrodillarse en muestra de sumisión completa a TODO lo que diga aquel libro con la cruz, el alfa y la omega (el principio y el final) en la portada, se esté de acuerdo con todo él o no. Orestes, antiguo alumno de Hipatia, de clase alta y que ahora, convertido en principio al cristianismo, ha llegado a representante de Roma en la ciudad, decide no arrodillarse (rechazo hecho en público, además) por una sola razón: no porque rechace la sumisión general de las mujeres (no hay nada que indique que a Orestes eso le parezca una injusticia), sino por su pasión de enamorado de Hipatia: recordemos que la lectura de esa cita no se ha hecho por casualidad ni tampoco para ilustrar un hábito general de la sociedad alejandrina, sino específicamente dirigido a lo que se interpreta públicamente como la influencia excesiva de Hipatia y su agnosticismo sobre Orestes.

En la inmensa mayoría de las películas donde salen cristianos en sus primeros años de existencia estos aparecen como buenos: como víctimas, como perseguidos, como martirizados, como gente sencilla que incluso luchaba por la libertad y por unas creencias de base más bien útil al resto de la humanidad, como por ejemplo las partes de haz el bien, pon la otra mejilla, honrarás a tal y cual, etc. Pero aquí han pasado ya cuatro siglos desde la vida y muerte de Jesús de Nazaret, y los cristianos, ya perdonados y admitidos en el imperio romano, están en auge. Y más que en auge, están crecidos. Y más que crecidos, están hasta sobraos. Esto en la película se muestra a través de los parabolanos, un grupo cristiano que al principio se dedicaba a obras de caridad que nadie quería hacer, como ocuparse de cadáveres y enfermos contagiosos. Con el paso del tiempo, además de hacer esos trabajos sucios empezaron a hacer otro tipo de “trabajos sucios”, como proteger al obispo o ya directamente convertirse en hooligans mamporreros contra cualquiera que se metiera con su Dios, que al parecer era más poderoso que Maradona aún. Aquí la película la verdad es que se pone un poco peliculera, digamos, con estos parabolanos todos vestidos de negro, con capuchas y caras de malotes, que queda muy visual, sí, pero también muy maniqueo. De hecho, se da un efecto curioso: por un lado estos parabolanos representan claramente un grupo extremista dentro del cristianismo (engreído, violento, buscabroncas), pero luego nadie en todo el guion dice expresamente que “estos tíos son unos extremistas”, que “no todos los cristianos son así”, y este grupo acaba asimilando para sí y representando en general todo lo que significa ser seguidor de Cristo. Incluso en la escena de la cita del obispo Cirilo, los que están a la puerta del templo en plan matón de barrio gritando a Orestes lo de “¿qué pasa, que no te vas a arrodillar?” son ellos de nuevo. No sé si esto está hecho aposta o es un descuido, pero resulta bastante visible, la verdad. A la película no le faltaron quejas provenientes de grupos de cristianos (sobre todo católicos), pero por otro lado no dejó de haber reacciones también de cristianos en su favor. Un reverendo neoyorquino, Philip Grey, escribió que “aquellos cristianos que se vean reflejados en los fanáticos monjes asesinos de la película y se sientan ofendidos necesitan hacer un examen de su alma muy serio” (“need to do some serious soul-searching”) y que “Hipatia me parece mucho más seguidora de los preceptos del cristianismo que sus perseguidores y torturadores”.

De todas formas, para tratarse de una “película de ideas”, que así se la llamó a veces, no hay muchas ideas desarrolladas en torno a las religiones. La primera vez que vemos una especie de debate público entre un romano y el parabolano Amonio (Ashraf Barhom), la discusión se reduce a hacer chascarrillos sobre el contrario: que si mis dioses comen, beben y fornican mejor para ellos, que si quién puede fiarse de un dios como Serapis que lleva una maceta en la cabeza, que si mi abuelo mandaba a los cristianos al circo con los leones, y para remate final, a que no tienes huevos de caminar sobre las brasas ardientes del ágora. Ole el nivel. Amos, que esto se ve el Facebook todos los días. Es cierto que la idea principal de la película es la admiración por quienes dedicándose a la ciencia descubren cosas que los demás no sabían, pero el asunto religioso ocupa un lugar casi igual en el metraje, si no mayor, y en ningún momento se hace un esfuerzo por que alguien explique, o reflexione, por qué la religión, una u otra, es importante, incluso desde el punto de vista filosófico, de ideas, para quien la sigue. Se las trata más bien como una fuente de violencia y estorbo para la ciencia, e incluso de aniquilación de sus logros, como cuando se destruye, por segunda vez en la Historia, la biblioteca de Alejandría. Recordemos aquí una de las imágenes más memorables de la película, esa toma cenital a cámara acelerada donde la lucha por la biblioteca hace aparecer a sus pobladores humanos como un hormigueo de insectos devoradores de lo que hasta entonces estaba vivo.

Otro elemento curioso es que siendo una historia sobre investigaciones de los movimientos de los cuerpos celestes, también puede interpretarse a Hipatia como el sol de la trama: todos los demás personajes giran en torno a ella o incluso influyen en los movimientos de otros. No menos de tres de sus alumnos se enamoran simultáneamente de ella (Orestes, Davos y Sinesio (Rupert Evans), aunque este aparece un tanto más alejado), mientras que Cirilo se esfuerza lo indecible, como hemos visto, por alejar a Orestes de “la órbita” de Hipatia, acusándola de bruja. Además, esos tres alumnos llegan todos a ser muy influyentes en el futuro, Orestes como representante de Roma en Alejandría, Sinesio como obispo griego de Ptolemaida y Davos como joven de influencia en los parabolanos y autor de la muerte (en la película) de Hipatia. Es más, en la escena en la que Cirilo llama “bruja” a Hipatia, la cámara se detiene, uno por uno en los rostros de Sinesio, Davo y Orestes, mostrando sus reacciones. Y tan potente es la influencia del “sol” de Hipatia que Orestes se busca la ruina al no arrodillarse ante Cirilo, y Davo evita el escarnio y sufrimiento público de Hipatia al matarla él mismo antes de que pudiera ser torturada como bruja, pagana y sindiós, en una escena que podríamos llamar hasta romántica. ¿Por qué esta atracción? Bueno, primero porque tener la cara de Rachel Weisz ayuda al embeleso, pero también por algo llamado “sapiosexuales”, o gente a quienes les pone la gente inteligente. Hay gente pa tó.


Amenábar dijo en su momento que una de las cosas que le decidieron a hacer esta película fue que vio muchas conexiones entre la historia de Hipatia y su tiempo y nuestra época actual. Es un tropo muy viejo, y de hecho se suele decir que siempre que se hace una película sobre el pasado esta suele hablar sobre el presente, así que en este sentido eso no es nada nuevo. ¿Qué lecturas se pueden sacar entonces? Pues en realidad el mensaje, si es que lo hay es sencillo: admiración por la ciencia, sobre todo por los descubridores más importantes (porque al fin y al cabo, la penicilina la descubrió una persona concreta, el teléfono lo inventó otro, la doble hélice del ADN otros nombres específicos), y cuidado al colocar la religión en el lugar que le corresponde, sobre todo cuando se ponga oscurantista, represora, violenta y destructora. Y sobre todo, conservar la memoria de quien se lo merezca. Rachel Weisz dijo que no había oído hablar de Hipatia en su vida antes de encarnarla. Quizá ella ahora ayude a que no se la olvide tanto.

jueves, 1 de abril de 2010

En tierra hostil

'En tierra hostil' es una película con una trayectoria aún más fascinante que la historia que cuenta. Desde su comienzo como proyecto dificilísimo de rodar y casi imposible de comercializar, hasta su triunfo en los Oscars de dos años más tarde (tardó tanto en estrenarse que quedó incluida en los premios correspondientes a 2009 en vez de a 2008), el film ha pasado por momentos tan tensos (salvando las distancias) como los propios artificieros que la protagonizan.

También ha pasado de proyecto independiente que se temía que no vería nadie a ser llamada por el New York Times "la mejor película hecha hasta ahora sobre la guerra de Irak". Y esto es muy revelador, porque si de verdad es lo mejor que se ha hecho sobre la guerra de Irak, es que todavía hay espacio para mejorar mucho. Porque no creo que se pueda llamar "la mejor" a una película que no habla casi en absoluto sobre la guerra de Irak.

Ganadora de seis Oscars: Mejor película (Kathryn Bigelow, Mark Boal, Nicolas Chartier y Greg Shapiro), dirección (Kathryn Bigelow), guión original (Mark Boal), montaje (Bob Murawski y Chriss Innis), sonido (Paul NJ Ottosson y Ray Beckett), montaje de sonido (Paul NJ Ottosson). Tres otras nominaciones: actor principal (Jeremy Renner), fotografía (Barry Ackroyd) y música (Marco Beltrami y Buck Sanders)


Durante todo el metraje, seguimos las misiones de un equipo de desactivación de explosivos, pero en ningún momento se reflexiona sobre la guerra, ni sobre lo que de verdad han ido a hacer allí los soldados norteamericanos. La Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, era la guerra que había que hacer, porque el enemigo era claro y definido, presente sobre el campo de batalla, y claramente maligno en sus actitudes imperialistas e ideas sobre la raza y el exterminio de otros pueblos. Visto desde el punto de vista norteamericano, la idea de que merecía la pena cruzar el charco para dejarse cientos de miles de vidas con tal de frenar al nazismo tenía sentido. Su heroísmo era comprensible y digno de celebración, y así lo ha hecho el cine de muchas naciones, y lo seguirá haciendo. La Primera Guerra Mundial, como otro ejemplo, fue la guerra de la masacre sin sentido, con sus trincheras y sus ataques de frente, donde miles de hombres morían en unos minutos sin siquiera ganar unos metros de terreno. Y ese espíritu está en, por ejemplo, 'Senderos de gloria', que sí es una película que lleva una guerra entera dentro.

Pero con la guerra de Irak no pasa lo mismo. El derecho de los americanos a meterse allí está mucho menos claro que en la Europa del 41. Los motivos de lucha contra el terrorismo y el extremismo islámico están demasiado mezclados con los intereses económicos y energéticos, y el hecho de que los iraquíes no estén jugando la guerra "a la alemana", con tropas y tanques sobre un campo de batalla bien delimitado donde se decide el partido en unas horas, está provocando una situación de ocupación cuyos objetivos no están demasiado claros. Por si fuera poco, los ciudadanos estadounidenses se encuentran muy divididos al respecto, y mientras que se muestran unidos en el respeto y el agradecimiento a los soldados que hacen lo que se les dice mientras arriesgan sus vidas, la verdad es que incluso los que están a favor de intervenir preferirían que sus hijos, padres, esposos y hermanos salieran de allí cuanto antes.

Este clima, pues, es esencial para contar bien esta guerra, y nada de esto aparece en esta película. Por eso a mí me parece una buena película (muy buena en muchos aspectos), pero ese título de "mejor film sobre la guerra de Irak" me parece inmerecido, y, como digo, revelador. Porque es revelador que precisamente la película que no toca los temas incómodos del conflicto (empezando por qué demonios están haciendo allí esos soldados) se esté llevando estos calificativos. Si en vez de haber bombas enterradas o en los maleteros de los coches, hubiera droga, o armas para el contrabando, la historia sería muy parecida. Porque de lo que trata de verdad esta película es de la adicción al riesgo, ni más ni menos. Por eso no hay ningún tipo de reflexión sobre nada que no sean las misiones. Cuando el sargento William James (Jeremy Renner) vuelve a casa al final de su TOD ("tour of duty"), no ve el momento de volverse al frente, a pesar de que tiene mujer e hijo. Lo pasa peor escogiendo un paquete de cereales entre la lustrosa oferta del supermercado que desactivando bombas. ¿Qué pasa si escoges el paquete que no era? Nada. Vas otro día y escoges otro. ¿Cómo se puede comparar ese tipo de vida, que parece inútil, fácil, y consumista, donde todo está al alcance de la mano y sin problemas, con una existencia que puede acabar en cualquier momento? ¿Y por qué vuelve? Tampoco se explica, pero seguro que no es por la democracia, ni por la justicia, ni siquiera por la seguridad de su familia. La única explicación está en la cita inicial: "The rush of battle is a potent and often lethal addiction, for war is a drug". Es una cita de un corresponsal de guerra del New York Times, Chris Hedges, sacado de un libro de título igualmente explícito: 'War is a force that gives us meaning'. La guerra es una fuerza que nos da sentido. Es una completa inversión de lo que el sentido común diría que debe ser un ejército moderno. La guerra no es un objetivo. Se hace para alcanzar un objetivo, sea la conquista, la liberación, la defensa, un ideal, una religión... pero no "es" lo que da sentido a la vida. Al revés, la guerra se hace para darle sentido a la vida una vez que esa guerra se acaba, o si no, será el estado natural del hombre, como ha sido durante tanto tiempo, y sigue siendo en algunos lugares. Y sin embargo, hay gente que la vive así. Como un videojuego que esta vez no puedes apagar cuando quieras. En la miniserie 'Generation Kill', que me parece mucho más digna de títulos que esta película, ese sentimiento se explora más, incluyendo la faceta ignorante y bárbara de quien pasa de toda otra disquisición que no sea la de que le dejen reventar cosas.

De hecho, el propio Jeremy Renner experimentó un tipo parecido de alienación durante el rodaje. Durante los tres meses que estuvieron filmando en Jordania, hablaba con su novia por teléfono, y mientras que ella le contaba inanidades sobre ir al súper y pintarse las uñas, él estaba poniéndose trajes de artificiero de 70 (setenta) kilos bajo un calor de 49 grados. Cuarenta y nueve grados fuera del traje, me refiero. Así que le daban ganas de decirle cuatro frescas a la churri. Rompieron poco después. Renner, además, estuvo preparando el papel entrenando con artificieros reales en Texas, y el día que llegó, uno de ellos, que estaba en Irak, murió en una explosión, así que la cosa estaba tensa. Durante el rodaje, bajando por una escalera con el crío en brazos que interpreta a Beckham, tropezó, se lesionó un tobillo y se hizo una herida en la cara. El rodaje tuvo que parar una semana. En otra ocasión, Renner pilló un virus estomacal y de la diarrea perdió siete kilos. Estaba metido dentro del traje de artificiero y el pobre hombre se iba por la pata abajo. Luego, como los explosivos militares estaban restringidos, el equipo de efectos tenía que usar explosivos chinos que había que romper por la mitad y machacar la pólvora que llevaban dentro un poco más. Mientras uno de los técnicos lo estaba haciendo, justo al lado de Renner, hacía tanto calor que la pólvora le estalló y le quemó la cara al técnico. "Le frió la nariz". Todo esto para hacer una película. Como dije antes, es fascinante de por sí.

Cinematográficamente, esta película es una maravilla. Cada una de las misiones lleva encima una tensión muy bien contada, y haber identificado los explosivos caseros como el icono más reconocible de esta fase de la guerra de Irak, a partir de 2004, es todo un hallazgo. Con toda la tecnología de que goza el ejército más moderno de la historia, todavía siguen cayendo soldados a decenas por culpa de explosivos baratos hechos con un cable, un chicle y cualquier cosa que estalle. Eso es demoledor para la moral: tantas armas de diseño y no estás a salvo. Cuando el sargento James tira de un cable secundario y salen del suelo hasta siete bombas ocultas que casi estaba pisando, se acojona uno más casi que con un ejército entero disparando. Este es un tipo de lucha donde los vecinos salen a mirar cómo te manejas con la bomba, y el que la fabricó está entre ellos, vigilando que no lo hagas demasiado bien, o te la detona allí mismo. No podrá acabar con un blindado entero, que era lo que buscaba, pero quien haya ido allí a meter las zarpas sabe que hasta ahí habrá llegado, y que después de él vendrá otro. En otra de las escenas, hay un tío con una videocámara, como con actitud de "sí, te estoy grabando con una cámara y no sabes quién soy, ¿qué pasa? Tú a lo tuyo". Casi puede verse cómo el temor de acabar en YouTube entre carcajadas de mirones de todo el mundo se añade al de perder la propia vida.

Una manera de realzar este tipo de peligro es lo que les pasa a los dos actores más conocidos que salen en la película, que menos de diez minutos después de aparecer en pantalla ya están muertos. La guerra no perdona a nadie porque tenga pinta de prota. Como siempre, la eficacia de este recurso depende de cómo de informado llegue uno a ver la película, pero ver una cara conocida te impulsa sin querer, por convención tantas veces repetida en otras películas, a pensar que ese actor durará hasta el final del metraje por lo menos, y al segar su presencia tan rápido, al menos se consigue acercar al espectador a lo que debe de ser que te arranquen de tu lado tan fulminantemente a alguien a quien conoces.

Otra cosa que hay que tener en cuenta es que la película no ha sido nada bien recibida entre muchos veteranos de guerra, sobre todo los del gremio de artificieros. La queja principal es que un tío tan impredecible como James es lo contrario de lo que se busca para ser desactivador de bombas. AO Scott, del 'New York Times', describe certeramente su actitud como la de un músico de jazz o un pintor abstracto, cuando lo que se requiere es procedimiento, método y mecanicidad. James incluso le llega a decir al siempre correcto sargento JT Sanborn (Anthony Mackie) que jamás podría estar preparado para hacer lo que hace él. El guión nos vende que James es el amo en esto, con sus ochocientas y pico bombas desactivadas, pero la voz real de los veteranos es muy cruda con este personaje. En algunos blogs militares llegan a decir que la actitud de James arruina completamente el visionado de la historia a quien sepa algo de la guerra real, y que es asombroso que esta película haya ganado tantos premios con todos los fallos que contiene. Otros, para ser justos, mientras que no dejan de subrayar los errores, acaban con una buena impresión del film en general.

A mí me parece que este es un tema importante, porque lleva al eterno debate entre la realidad y la ficción, y cuánto debe salirse el arte fuera de la realidad. La típica excusa de que esto es cine, es arte, y no un documental, a mí sólo me vale hasta cierto punto. Porque empieza uno inventándose un artificiero que está un poco pallá y se acaba haciendo que Braveheart preñe a la reina de Inglaterra, o que quien descifre los códigos nazis de las máquinas Enigma sean los yanquis y no los ingleses, o que los sicarios de Elizabeth se atrevan a matar al embajador español, cosa que nos llegan a hacer de verdad en el siglo XVI, y les quemamos la isla, vaya. Y mejor no cuento aquí cómo iba a ser el guión de 'Alatriste', que antes de Díaz Yanes se había encargado a unos americanos que querían montar una guerra bacteriológica dirigida por la Inquisición. Eso era el acabose. A mí esto en muchos casos no me parece licencia poética, sino falta de talento. Como con los hechos reales no te sale lo que quieres en el guión, te lo inventas. Y luego dices que no, que es que esto es la fábrica de sueños. Venga ya. Cúrratelo más, chaval. Una cosa es el pastiche descarado de 'Malditos bastardos', por ejemplo, donde la cosa va de lo que va desde el principio, y otra querer vender lo que no es.

A pesar de todo esto, es una gran película. Simplemente, creo que, como en todas las películas, saber algo más de ella las enriquece, aunque lo que averigües sea poco edificante. Y en este caso, el pasar de por qué esta guerra se está haciendo, y el hecho de que los expertos reales no le den el visto bueno me parece algo digno de saberse y archivarse junto a las demás impresiones, nada más. Me gusta más como "sleeper" que iban viendo sólo unos pocos que como triunfadora del año y "la mejor" de no sé qué.

Quizá lo que se quiera expresar es que el guerrero de hoy no es el que se hace preguntas ni se cuestiona nada, sino el que es capaz de desconectar (valga la expresión) de tal manera que entre, mate, salga, no se coma la cabeza y a ser posible quiera volver a entrar. Puede que los haya así, pero en la sociedad de la información (a veces la desinformación) en que estamos, la realidad es la contraria. Y quitar esto no le hace buen servicio a nadie.

viernes, 26 de febrero de 2010

Avatar (2009)

Recién estrenada, sin haberse ido aún de los cines, ya se estaba hablando de 'Avatar' como una película que haría historia, y la verdad es que en eso está especializado James Cameron. No porque vaya a crear escuela, ni mucho menos (doce años después de 'Titanic', ¿acaso se veía que alguien "deseara" rodar como Cameron?), sino por la osadía de ir donde otros no se atrevían. Parte de su éxito seguramente está en que a pesar de lo técnicamente innovador de muchas de sus películas, tienen dentro un guión simple. Simple en el sentido peyorativo del término. De buenos contra malos, diálogos de niño de diez años y mucha testosterona. Pero eso, lejos de ser un hándicap, en su caso convierte un defecto en una virtud: sin atraer a las salas de cine a los amantes de ese cine simple en el sentido peyorativo del término, no podría haber hecho lo que ha hecho. Y además, yo sostengo que el guión de 'Avatar', aunque pueda ser simple en muchas partes del diálogo, no es simple en absoluto.



Para la perorata siguiente, cedo los trastos un momento (o se los robo directamente y por el morro) a la colega piratilla Jack Rackham, que salió del cine pensando esto:

http://www.capitan-alatriste.com/modules.php?name=Forums&file=viewtopic&p=157327#157327

Sostiene Jack, pues, que "¿Cómo puede ser que 'Ágora' no haya pasado los filtros de la censura yanki y esta apología del terrorismo del sometido, de la justificación de la respuesta violenta a la ocupación sí?"

Y ciertamente, aparte del tema puramente de entretenimiento, y de los récords, y de la influencia que en el futuro pueda tener esta película, una de las cuestiones más interesantes de explorar en 'Avatar' es el tema político. Una de las citas que he leído que más me han llamado la atención es una que dice: "Si en un cine de Kentucky la gente se pone en pie y aplaude cuando el ejército estadounidense es derrotado, es que los efectos especiales deben ser condenadamente buenos". Bueno, quizá no sean los efectos, sino los matices. Y es que en la película, y es fácil que esto no se note, no aparece ningún ejército estadounidense. Pues no, como lo leen. A pesar de que los soldados hablan continuamente con pinta, lenguaje y manerismos convencionales del típico sargento de hierro hollywoodiense, los milicos que aparecen en la película no lucen ni una sola bandera con las famosas barras y estrellas por ninguna parte. Lo que llevan sobre el brazo es una especie de emblema con franjas de varios colores, que no se aclara nunca qué son, pero que puede tener varias explicaciones: 1) Es un cuerpo militar multinacional, al estilo de los cascos azules de la ONU, 2) es un cuerpo militar privado al servicio puramente de la multinacional que está minando el planeta Pandora (opción esta que me parece la más lógica), o 3) los Estados Unidos, al menos tal y como los conocemos hoy, lo mismo ni siquiera existen en el futuro en el que está ambientada la película. No hay nada que indique cómo es ese mundo del siglo XXII, ya que lo único que vemos en la Tierra es un futurista hospital de veteranos que podría pertenecer a cualquier país, si es que en el futuro todavía hay países. En seguida pasamos a Pandora, y allí no vemos nada más que la corporación que parece dominarlo todo sin ningún tipo de control gubernamental.

Incluso el hecho de que todos los humanos que vemos hablen inglés no tiene por qué significar gran cosa. De la misma forma en que hoy en día el inglés se está convirtiendo en la "lingua franca" de hecho de todo el mundo, porque es más fácil que inventarse un idioma común artificial, quizá en el futuro ese idioma inglés será el que se use aunque las naciones que lo hablan hoy hayan dejado de usarlo, lo mismo que pasó con el latín siglos después de la caída de Roma. En cuanto a los apellidos, se pueden ir heredando sin que lleguen a significar gran cosa tampoco. La piloto Trudy Chacón (Michelle Rodríguez) sigue conservando su apellido español a pesar de que probablemente no use ese idioma casi nunca. O quizá el español para entonces será tan dominante como el inglés hoy. No lo sabemos. O el hindú, ya que tenemos un doctor Patel entre el personal. Cameron simplemente deja que asumamos que las cosas serán en el futuro como las conocemos ahora, pero sin explicitarlo.

Quizá alguien recuerde que la primera frase que dice el coronel Miles Quaritch es: "Ya no estamos en Kansas". Aah. Kansas. Mundo real. Americanos de toda la vida, entonces. Pues no. Esa frase es de 'El mago de Oz' (por cierto, la película favorita de Cameron), y se la dicen a la protagonista, Dorothy, cuando, efectivamente, entra en otro mundo muy distinto desde su Kansas natal. A través de esa película, hoy en día lo de "ya no estamos en Kansas" se ha convertido en una frase hecha, casi un refrán, para indicar que entramos en un lugar o una situación que no nos es familiar. De hecho, en 'Matrix' le dicen a Neo una frase parecida, "Kansas is going bye-bye" cuando éste acepta la famosa píldora roja. Deducir que quien diga "ya no estamos en Kansas" es estadounidense es tanto como decir que todo aquel que diga "todos los caminos llevan a Roma" es italiano.

Así pues, Cameron es muy sutil con este tema, y sólo cabe deducir que, en una producción donde cada píxel está medido, tales precauciones están tomadas a propósito, con el objeto, quizá, de poder dar un paso atrás y decir "hey, hey, que esto es todo imaginario" si las críticas le ponían de antipatriótico. Aunque Cameron, por otro lado, es canadiense. Recordemos, a todo esto, que en muchos aspectos, desde la seguridad social hasta el papel internacional de su patria, Canadá a veces parece otro mundo comparada con Estados Unidos, así que hay que andar con mucho ojo a la hora de decir "norteamericano". En absoluto Canadá es un vecino clónico de la potencia que tienen al sur.

Indudablemente, Cameron desea criticar, y lo ha dicho públicamente, un uso masivo de la fuerza militar en ayuda de corporaciones o incluso naciones que esquilman los recursos naturales de otros pueblos, pero se guarda muy mucho de que sus soldados queden excesivamente identificados con los marines específicos de hoy en día, con bandera bien clara en el antebrazo. ¿Por qué? Seguramente, porque las fuerzas armadas tienen hoy en día un status de héroes casi semidioses en la sociedad estadounidense. La gente por la calle podrá apoyar o criticar invasiones o guerras en el extranjero, pero lo que nadie discute es que los curritos de a pie viven una vida muy jodida y que a menudo vuelven a casa en un cajón de pino. Incluso los más antimilitaristas del país se guardan muy mucho de dirigir sus críticas a sitios que no sean los políticos o generales que toman las decisiones. Jamás se pinta a los soldados del país como vikingos sanguinarios, sino como profesionales modélicos que con su sacrificio protegen a la sociedad y las familias que dejan atrás, que hacen lo que se les dice y que se arriesgan sin dudar tras haber sufrido el entrenamiento más duro, especializado y riguroso que existe.

Por eso 'Avatar' termina necesitando, y me parece una debilidad, que la figura del coronel Quaritch acabe resultando tan desquiciada que resulte incluso paródica. Es una figura en la que no se reconocería ningún mando medio-alto sobre el terreno hoy en día en Iraq o Afganistán, por mucha manía que se le tenga a los yanquis. No dialoga jamás, está en permanente cabreo y le domina una sed de destrucción casi irracional que termina convirtiéndolo en culpable absoluto de todo lo malo que acaba ocurriendo y en la famosa figura del tirador solitario a quien convertir en causante, fin y principio de todos los males. No parece luchar por proteger algo, ni siquiera por algo tan vil como el dinero, sino porque simplemente tiene ganas de matar a alguien. Ni siquiera el hecho de que los Na'vi sean mucho menos amenazadores como enemigo que los terroristas islámicos de hoy parece hacer mella en él. Nada de proteger a la población civil o a los niños. Nada de ejercer diplomacia, negociaciones económicas o presiones no violentas. La destrucción es lo único que le vale. ¿Y qué hacen los soldados al respecto? Seguir sus órdenes, que es para lo que están entrenados. Pero ellos no son el problema. Al igual que se decía del Cid, serían unos grandes caballeros si tuviesen buenos gobernantes. El fallo, entonces como ahora, está en saber cómo es posible que gente como Quaritch (o su equivalente en el mundo real actual de principios del XXI) llegue a posiciones desde las que pueda ordenar genocidios, o incluso planeticidios si nos ponemos en este caso.

Cameron, pues, es muy hábil a la hora de ganarse a un público, tanto estadounidense como mundial, que ahora mismo tiene una relación difícil con la idea de las fuerzas armadas, tanto las propias como las americanas, y aquí es donde viene la sutileza del guión, que en la carrera hacia los Oscars dividió de verdad a algunos votantes. ¿Son protectores o asesinos? ¿Son garantía de fuerza independiente o están manejados? ¿Los estados a quienes oficialmente sirven están a su vez manejados por las corporaciones que dictan las condiciones económicas en que vivimos, o hay lugar para una democracia digna de tal nombre? ¿Son, en suma, amigos o enemigos de sus compatriotas? Cuando a alguien le sale un hijo soldado, ¿hay que sentir orgullo o temor? Ninguna madre merece que le manden a su hijo a casa tras haber muerto en otro país, pero ¿merece alguna que el hijo de una madre extranjera venga a matar al suyo a su propia nación?

Otro de los detalles interesantes, siguiendo con lo de la obediencia de los soldados, es cómo Quaritch recurre a estigmatizar a los Na'vi como terroristas. Ya al principio vemos que sus armas no llegan más que a unos cuantos arcos y flechas que quedan ridículos clavados en enormes neumáticos de vehículos blindados, que pueden seguir rodando tranquilamente como si fueran picaduras de mosquito. Después, a través del avatar de Jake, vemos cómo los Na'vi se acercan tanto a la figura del noble salvaje que casi resultan, de nuevo, parodias. En este sentido, los Na'vi están claramente influidos no por los terroristas de hoy, sino por los indios nativoamericanos. No hay más que ver que una de sus voces es la del actor Wes Studi, de etnia cheroqui, que hizo de Geronimo en un biopic y de un magnífico Magua en 'El último mohicano'. Las otras tres voces de Na'vi, por cierto, son de actores negros o latinos o las dos cosas. Esto tampoco debe de ser casual.

De modo que, para responder a Jack, creo que Cameron sí que se ha metido en el fregado hasta los codos (y en los EE UU de A lo llamarán comunista directamente), pero que se ha dejado una carta en la manga, que es la de dejar libre de culpa al soldadito superpreparado, que hace falta tener (véase que a los marines en la peli se los derrota con sus propias armas, no con marchas de paz y velitas), pero que merece ser dirigido bien, y es ahí donde está el problema. Visto desde arriba, un soldado es una pieza de ajedrez más, con unas habilidades concretas, entre ellas la de usarlas para lo que se le mande, sin que haga falta una "caída del caballo" que abra los ojos a un juguete roto como Jake.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Sons of anarchy (2008)

'Sons of anarchy' es una estupenda serie sobre un club de moteros (de Harleys, especifico) en un pueblecito del norte de California. Creado hace una generación por un grupo de idealistas del anarquismo, a principios del siglo XXI demuestran que los ideales siempre salen perdiendo cuando se dan de bruces con la realidad. Hay motos, chalecos de cuero, chicas con mucho escote y poca ropa, armas, drogas, bandas rivales, borracheras y reuniones de moteros cincuentones que parecen consejos de administración con mucha mala leche, donde en vez de agua mineral corre el Jack Daniels.

"La primera vez que leí a Emma Goldman no fue en un libro. Yo tenía dieciséis años y estaba de autostopista cerca de la frontera con Nevada. La cita estaba pintada en un muro en rojo. Cuando vi esas palabras, fue como si alguien me las hubiera arrancado de dentro de la cabeza: "El anarquismo defiende la liberación de la mente humana del dominio de la religión, la liberación del cuerpo humano del dominio de la propiedad, y de las cadenas y el control del gobierno. Defiende el orden social basado en la agrupación libre de individuos." El concepto era puro, simple y auténtico. Fue una inspiración para mí. Encendió un fuego de rebeldía. Pero al final, aprendí la lección que Goldman, Proudhon y los otros también aprendieron: que la verdadera libertad requiere sacrificio y dolor. La mayoría de los seres humanos sólo creen que quieren libertad. En realidad, desean las ataduras del orden social, las leyes rígidas y el materialismo. La única libertad que el hombre quiere es la libertad de estar cómodo."

Los 'Hijos de la anarquía' son una banda de moteros (o mejor, un "club", como ellos se llaman) que al lado de un par de negocios legales, como talleres mecánicos o bares, complementan sus ingresos con actividades fuera de la ley como el contrabando o el tráfico de armas. Dependiendo del estado del país en que se encuentren, también andan en prostitución, juego y pornografía. Si John Teller, uno de los nueve fundadores de los SoA, viviera hoy, ¿qué pensaría sobre en qué se ha convertido su club?

Su hijo, Jackson 'Jax' Teller (Charlie Hunnam), rubito, guapito y vicepresidente del club que fundó su padre, recién cumplidos los 30, acaba de descubrirlo. Entre un montón de trastos viejos, acaba de encontrar una especie de diario/manifiesto escrito por John donde éste escribió a máquina (estábamos en el siglo XX) lo que él creía que se estaba torciendo. Se titula 'The life and death of Sam Crow: How the Sons of anarchy lost their way'. La cita copiada arriba es lo que Jax lee en el episodio 4, cuando ya se nos ha establecido que el romanticismo de la moto y la libertad llega hasta donde llega, y que cuando hay que comer, tres veces al día a ser posible, la libertad y la moto tienen muy pocas calorías. "Sam Crow", por cierto, es un apodo que se da el club a sí mismo, producto del acrónimo "Sons of Anarchy Motorcycle Club, Redwood Original", o sea, SAMCRO, que se pronuncia como Sam Crow, Sam Cuervo, que suena irresistiblemente motero, con sus ecos de negrura, independencia, muerte, peligro, hado y leyenda.

Lo que más llama la atención es que partiendo de lo que parece ser un acuerdo de lobos solitarios para juntarse y separarse cuando quieran, sin ataduras ni deudas mutuas, el resultado final es una de las sociedades con más reglas, más o menos escritas o (sobre)entendidas que se pueda encontrar. Todos los miembros llevan el mismo chaleco de cuero negro con el logotipo del club, una figura de la muerte que blande una guadaña cuyo mango es un AK-47. Aunque no se ha visto a todos sin ropa, algunos lo llevan tatuado también en la espalda, con lo cual tienen la misma pinta con chaleco que sin él. Parece que una vez que se ejerce la libertad de entrar, queda uno marcado para los restos. Además, cada uno de ellos lleva una serie de parches cosidos sobre el chaleco que distinguen a unos de otros de una forma casi militar: Jax, como hemos dicho, lleva el de "Vice-president". Clay Morrow (Ron Perlman) lleva el de "President". Bobby Munson lleva el de "Secretary". Alex "Tig" Trager (Kim Coates) lleva el de "Sergeant at arms" (sargento de armas). Clay y Piney Winston (William Lucking), los otros dos únicos fundadores que quedan, llevan el de "First 9". Jax y otros llevan el de "Men of mayhem" (hombres del caos), que no se explica mucho, pero que suena ominoso de por sí. Incluso Kip "Half-sack" Epps (llamado "medio-saco" porque le volaron un testículo en Iraq), que es candidato a prueba durante un año para ingresar en el club, lleva un chaleco sin parches ni siquiera logo, con la palabra "Prospect" en la espalda. Al pobre lo tienen de semiesclavo haciendo todo lo que los demás no quieren (como por ejemplo desenterrar mexicanos muertos -no preguntéis-) hasta que pase su añito en el infierno, como si fuera del Atleti.

Aunque hay presidente y vicepresidente y todo lo demás, las decisiones se toman por votación igualitaria, con todos los votos valiendo lo mismo. Dado que uno de los miembros, Otto Delaney (interpretado por Kurt Sutter, el creador de la serie, con inigualable pinta de motero veterano), está en la cárcel, a veces hay empates a 4, y no parece haber voto de calidad, sino que la moción (que así lo llaman y todo) queda rechazada por no lograr mayoría. Las reuniones tienen lugar en el bar del club, en torno a una mesa de sequoia Redwood, con el logo del club elaboradamente tallado en el centro. Los miembros se sientan a su alrededor (a esto lo llaman a veces "ir a la capilla") en escrupuloso orden de una jerarquía que como hemos visto a veces no usan. Igualito que un consejo de administración, sólo que en botas y gafas oscuras, maría en una mano y copazo bourbon en la otra. Al tomar la decisión, el presidente golpea un mazo de juez sobre la mesa.

El grupo protagonista es el Redwood Original, el fundador del club, cuyos parches llevan también, pero tienen sucursales ("charters") en otros lugares del país, incluso uno en Belfast. Y no, no es "Belfast, Texas" o nada así: Belfast, Irlanda del Norte, Europa. Por ley, cuando cualquier grupo necesita ayuda, se llama a los clubes más cercanos y aparece al momento un ejército de Harleys. En la segunda temporada se ve que además hay "Nomads", que son parte del club, pero tan aversos al resto de reglas que vagabundean por aquí y allá, sin club fijo, echando una mano o lo que sea, pero sin derecho obligatorio de llamar a un club en su ayuda. Es el precio de la libertad.

La cosa se complica al respecto del tema de las mujeres. Que se haya visto, ningún miembro del club ha sido nunca una miembra, y el trato que las féminas reciben es un tanto peculiar. Por un lado, cuando hay un compromiso serio entre un miembro y una mujer, ésta es intocable para los demás: es más, es motivo de agravio serio que no se arregla con tribunales de por medio. Por otra parte, el que sea esposa legal o simplemente novia, churri o similar es lo de menos: en cuanto quede designada, pasa a ser "old lady" ("la vieja", "la parienta", aunque con lo de "lady" queda más respetuoso en inglés, quizá "la doña" sería lo apropiado) y por lo tanto monógama forzosa. Sin embargo, antes de eso, las chicas que revolotean por los bares del club son de todos y de nadie. No es ya solo que las que sean prostitutas contratadas en aquellos clubes que tengan tal negocio sean propiedad común: es que las camareras, allegadas, admiradoras, groupies y demás han de saber que así es, y que cualquiera de los (ejem) miembros que se les acerquen han de ser tratados a gusto del (ejem) citado miembro. Son las normas del club. Otro par de cláusulas son que si el miembro está en la cárcel parece ser aceptable mantenerle el rancho caliente a su old lady, y que si algo pasa "on the road", se queda "on the road". Aunque claro, el derecho a cabrearse a cada una no se lo quitan si se entera, pero la que se meta en esto ha de saber dónde se mete. Cuando el motero molón te monta (en la moto) y son todo sonrisas y halagos, la muchacha se puede sentir como una princesa elegida entre ciento, arrastrada a aventuras con su caballero andante, pero claro, la que pretenda ser la única porque ella lo vale, y que el chico malo va a ser malo con todos menos con ella, se ha equivocado de club. Aceptar esto o no, y tolerarlo hasta que te hagan old lady es el precio de admisión.

Metidos en el tema de las mujeres, hay que destacar a Gemma Morrow, antes Gemma Teller. Fue esposa de John, el fundador, es madre de Jax, y ahora es esposa del actual presidente, Clay. Es la hembra alfa, la reina del club, superviviente nata, y en interpretación de Katey Sagal, la esposa real del creador de la serie, es todo un personaje. No está metida en las movidas, no va a las reuniones, se le cuenta lo justo y menos, y se queda en su curro legal en el taller, pero tiene un acceso al poder en la persona de Clay que usa sin recato. Aparte, con sus tejanos prietos y su cicatriz en el escote, producto de un ataque al corazón resultado de la mala vida, tiene una pinta de cincuentona cañera y calavera que le va muy bien al papel. Es la tigresa de la manada y la que defiende la unidad del club sobre todo. Además, en calidad de realeza perpetua, va preparando el camino para que tras tener dos maridos como presidentes, llegue al cargo su hijo Jax, a pesar de que más de la mitad del club son mayores que él. Porque otra regla que va apareciendo es que "if you can't ride, you can't reign": si no puedes montar, no puedes reinar. Piney, el otro fundador, tiene que soportar la ignominia de andar por ahí con la bombona de oxígeno en la moto (o mejor, en el triciclón ese que le hacen llevar), y Clay va sufriendo de artritis, lo cual es muy jodido a la hora de pegar puñetazos. El jefe de la manada no puede ser débil.

No está claro cómo un grupo de moteros contraculturales, varios de los cuales fueron veteranos de Vietnam (John entre ellos) llegaron a dedicarse al tráfico de armas, pero este vacío ideológico se puede llenar con sorprendente facilidad. Anarquía no significa desorden, ni violencia, ni caos, sino, etimológicamente, "ausencia de poder": nada de gobiernos ni de leyes salvo las que cada individuo decida formarse para sí y para el grupo con quien decida estar. Esto significa que a la hora de organizar una sociedad donde unos necesitan lo que fabrican, construyen o plantan otros, creen que no debe haber ningún gobierno que controle el asunto. Si alguien quiere motos, por ejemplo, ya habrá quien las haga y arregle. Si alguien quiere carreteras, alguien las construirá. Si alguien quiere pagar por sexo, juego, alcohol, ya habrá quien lo provea. Hace dos siglos, si alguien quería oro, había multitud de parias de la tierra, famélicas legiones, dispuestos a dejarse la salud, la familia, los ahorros y la vida para arrancarlo de las entrañas de la tierra. Eran tiempos de pioneros, donde no había ley ni patria ni amo, donde nadie cobraba impuestos, porque si hacía falta algo, ya habría quien lo hiciera y vendiera, y donde el espíritu indomable y los arrestos de cada uno era lo que le sacaba a uno adelante, si tenía lo que hay que tener. Que por una parte era valentía, sacrificio y trabajo duro y por otra podía ser crueldad, maldad y falta de escrúpulos.

Heredero de aquel espíritu pionero es este ideario anarquista típicamente norteamericano que empieza por un ideal de a mí no me controla nadie y acaba justificando la venta de armas porque la vida es muy dura. Sam Crow sólo vende de A a B, y no importa si quien vende es el IRA Auténtico o Al-Qaeda y quien compra son bandas urbanas de negros en Los Ángeles que defienden sus drogas. Sam Crow es simplemente el Pony Express que cumple su cometido empeñando su palabra como mercenario cualificado y luego desaparece en el horizonte. Esta desconfianza del gobierno como gente inútil y sin arrestos que sólo sabe pedir dinero a otros es muy común aún en Estados Unidos, sobre todo en lugares pequeños y menos urbanos. Es un país donde hay políticos republicanos que dicen abiertamente que su objetivo principal en Washington es que el gobierno apruebe las menos leyes posibles, dejando al empresario emprendedor encargarse de todo, aunque eso incluya esquilmar Texas o Alaska. En esto los extremos, el motero de la marihuana y el senador republicano, se tocan.

Esto nos lleva a otro de los elementos importantes del club, que es mantener su pueblo alejado del progreso. La historia tiene lugar en el pueblo ficticio de Charming ("El nombre lo dice todo"), población: 15.000 habitantes, muerto arriba, muerto abajo. Mientras que todos los demás centros urbanos de su área van creciendo, Sam Crow está cerrando el paso a cualquier expansión económica, y no simplemente con pancartas y manifas, sino llegando incluso a la extorsión. Uno de los primeros conflictos entre Clay y Jax es sobre el tema de la familia Oswald, a cuyo patriarca Clay hace caer en una trampa para tenerlo temeroso de incriminarlo en un asesinato. Su objetivo es que Oswald no venda unos terrenos a "land developers" que conviertan aquello en lo que Clay llama Disneylandia: el enésimo centro urbano todo igual, todo dominado por franquicias, donde la gente sea un simple rebaño de consumidores de las mismas marcas que en todas partes. Cuando llega el pueblo el agente Josh Kohn (Jay Karnes) procedente de Chicago, lo primero que nota es que no hay Starbucks. Aparte, a pueblo más grande, más policía. Y también más rivales. Ahora mismo no hay sitio en Charming para más que uno de nosotros, forastero, y el resto de bandas de fueras de la ley que pululan por California se quedan por los alrededores, porque con quince mil personas no hay ni para empezar. Mantener el pueblo pequeño es una forma muy efectiva de que no haya siquiera ni rivales contra los que pelear. Además, en una población tan reducida, el grupo de nueve moteros tiene su encanto, y son los reyes del lugar. Cuando Jax pasa con su moto por delante del insti, las mocitas del lugar se lo quedan mirando arrobadas, todos les llevan sus coches para arreglar al taller, todos van a las barbacoas que montan, y en suma, ven de cerca el peligrito de lo prohibido y lo transgresor, pero sin necesariamente caer en él. Sólo estar cerca de ellos ya mola. Pero en un sitio mayor de tamaño, la cosa ya igual no tiene la misma gracia.

El club también hace por merecerse su papel. Por ejemplo, aunque se den al alcohol, el tabaco y la maría, tienen prohibida la venta de drogas en el pueblo, y cuando se produce una violación de una adolescente, la familia no duda en acudir a ellos además de a la poli, esperando que la guadaña de Sam Crow sea la que encuentre antes al autor. En este sentido aquí somos todos Amerigo Bonasera, pidiéndole a Don Corleone que haga justicia por nosotros. Justicia de la de antes. Hay quien ha dicho que en el fondo esta en una serie de mafiosos, con chupa de cuero en vez de trajes, y en este sentido es verdad, así como en el de las normas de un grupo muy cerrado. Pero si nos ponemos a comparar cosas con cosas, una vez oí de un estudio que comparaba a 'Los Soprano' con las novelas de Jane Austen: en el fondo son las dos una comedia de modales, donde cada persona ha de tener una manera de comportarse previamente determinada, sea romper rótulas o sacar a bailar a la señorita Bennet, y donde quien no se porta como se espera de él (o ella) sufrirá las consecuencias, sea una bala en la sesera o no volver a tomar el té juntas. Podemos estar así hasta el infinito y más allá.

En común con las bandas de mafiosos está el tema de la lealtad y del silencio. Parte de lo que hacemos es ilegal, majete, y a quien pille la pasma, se calla, se aguanta y se come los años de trena que le pongan. Más que nada porque una vez dentro de la trena te vas a encontrar con miembros de bandas rivales, y como no tengas aliados, hasta ahí llegaste. Nuevamente, se trata de la supervivencia, la individual y la de la manada que te la garantiza.

El creador de la serie, Kurt Sutter, trabajó antes en otro pedazo de serie, 'The shield'. En ella se siguen las aventuras de un poli corrupto, y a pesar de que esto se sabe desde el capítulo 1, el espectador se pone de parte de él continuamente. El jefe de esa otra serie, Shawn Ryan, dijo que le había sorprendido en este sentido la importancia del punto de vista, es decir, que no importa que el prota sea malo: si es el prota, y se lo presenta como tal, el público enseguida admite que es a ese a quien tiene que seguir e incluso apoyar moralmente, mientras que sus antagonistas pasan a ser los malos, aunque representen a su vez a la ley y el orden. Dice Ryan que siempre le preguntaban en mitad de cada temporada: "¿Cómo se va a librar Vic esta vez? ¿Cómo va a patearle el culo al que le está tocando la moral?" Nunca le preguntaban cuándo va ese capullo de Vic a recibir su merecido.

Obviamente, una manera de hacer parecer algo malo bueno, o al menos menos malo, es que aparezca al lado de algo peor todavía, de igual forma que cuando alguien se pinta la cara de blanco sus dientes parecen amarillos. Vic Mackey era corrupto, pero era el único que podía con las bandas de criminales de Farmington, y además muchos de los otros polis que iban a por él eran igual de corruptos o peores que él mismo. Algo así pasa en 'SoA', y el tono gris de malos/buenos que tiene la serie, aparte de ser una característica muy moderna, está heredado de 'The shield'. ¿Es Sam Crow bueno o malo? La pregunta no tiene respuesta positiva posible. Incluso en su tratamiento de otros delincuentes, como violadores y pandilleros, son ellos mismos unos criminales, pero al final el espectador acaba "rooting for" ellos: deseando en su raíz que ganen, que se libren, que arreglen sus desaguisados, y que al final, quizá, puedan volver a las enseñanzas de John Teller y vivir sus ideales. Mientras, para ayudar a la estima del espectador, tenemos a una banda de nazis (miento, dos bandas de nazis), otra de mexicanos, otra de negros, otra de irlandeses del IRA, y a la propia poli incapaz y corrupta. Así, los Hijos son un tanto insensibles al feminismo, como se ha visto, pero no son racistas: uno de sus miembros, Juice, es hispano (nombre real: Juan Carlos Ortiz (Theo Rossi)), otro es judío, (Bobby, cuyo hobby es imitar a Elvis), y la propia Gemma dice tener antecedentes judíos "de la rama rusa cabreada". Venden armas a todos, o a nadie, y si han de cortar con unos para vender a otros, es por necesidades de mercado, no prejuicios raciales. Obviamente, no se cortan en su vocabulario colorista, pero tampoco se pican con quien se mete con ellos. Por contra, los Nords son nazis de los de cruz gamada tatuada en el gaznate, para que no haya dudas, y cuecen drogas a las puertas del pueblo. Luego llega la Liga de Nacionalistas Americanos, que van de traje y tal, y no son nazis, no, son separatistas. Quieren separarse de todos los que no sean blancos. Los negros son los One-Niners, que aparecían también en 'The shield', y son los que compran rifles de asalto para usar en medio de Los Ángeles u Oakland. Y por último están los Mayans, la banda de mexicanos que vaya por Dios, son también moteros. Me parece lógico que Sam Crow tenga antagonistas mexicanos, dado que estamos en California, pero que sean moteros también es un poco demasiada coincidencia, ¿no? Hasta los chalecos son iguales, y sólo cambian el logo y los parches. Los de los Mayas dicen "Asesinos de Dios", en español en el original. Toma ya (lo que no queda claro es si lo de "asesinos de Dios" significa que matan en nombre de Dios o que han matado ellos a Dios). En medio de todos estos, ¿qué es lo peor que hacen los Hijos? Vender de unos a otros. Y eso si, tomarse venganza física sobre quien les hace algo. Pero así es la calle, bro. Se llaman a sí mismos "outlaws". Atento a las pistas.

Otra cosa curiosa es la influencia shakespeariana. Pues sí, como lo oyen. Las figuras principales tienen un tanto de Hamlet y de Macbeth que está metido ahí a propósito. El padre muerto de Hamlet se le presenta como fantasma, y el de Jax se comunica con él por medio de su manuscrito. Los dos son herederos al trono (Clay incluso llama a Jax así), y a Gemma se la llama la Reina de los Moteros, o la Reina de Charming regularmente. Gemma, con su pinta de poder en la sombra, es más Lady Macbeth, incluyendo el justificar "actos de estado" como hacer desaparecer a tal o cual rival. Aún no sabemos la verdad de cómo murió John, y Ron Perlman ha dicho que está seguro que la historia va a acabar a lo Hamlet. Sólo que en medio de una lluvia de balas de AK. Pues ahí queda eso, para los intelectuales. Que a nadie le sorprenda encontrar algo así en medio de una historia de moteros. Los hay que son una panda burros, pero hay muchos que son muy cultos y leídos, y se supone, por las referencias que hace John, que inicialmente el club era así. De hecho, me gustaría ver un poco del lado político e intelectual del club, o al menos de los más mayores. Estoy seguro de que hace años citaban a Marx, Kerouac, Rousseau o Sartre como quien recita una alineación. Vaya punto que va a ser escuchar a Tig hacer algo parecido.

En fin, se me queda un montón de gente en el teclado, como las churris de Jax, los polis locales, la Federal cachonda, Chibs el escocés, que fue criado de Rusell Crowe en 'Gladiator', y cuyo acento es la caña ("Jauli mádaracraaaist"), y sobre todo Opie y Donna, que viven el lado menos glamuroso del tema, que es cuando se baja uno de la moto y tiene que apartar una montaña de facturas para entrar en casa, esperando que su old lady y sus dos críos, niño y niña, recuerden su cara barbuda. Sólo puedo decir que esta serie hace un uso extremadamente efectivo de las dos cosas que tienen las series a su favor sobre el cine, que son el tiempo de que disponen y la capacidad de usar repartos amplios. Al principio claro que hay topicazos sobre el motero de peli de toda la vida, pero luego se va matizando quién es cada uno y la persona y los motivos que hay debajo, cosa que no hay tiempo de tratar en cine. Aparte, el número de personajes es enorme, desde los 9 moteros del club y el candidato, pasando por familias varias, enemigos, polis, políticos y demás, que ofrecen la posibilidad de refinar cada personalidad en función de lealtades a unos y a otros. ¿Podrá dejar Opie el club? ¿Qué hará Donna si no? ¿Qué debe hacer un miembro cuando otro se salta la disciplina de partido? ¿Se va a chivar alguien de algo alguna vez y acabar con esta vida? ¿Qué va a pasar cuando el jefe de policía a quien tenemos en el bolsillo se retire por edad y por cáncer? ¿A quién acudirá la ex de Jax cuando la persigan?

Suficiente para mantener intrigados a todos. Recomendada sin reservas.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Studio 60 (2006-2007)

(Agradecimientos a JackRackham)

'Studio 60 on the Sunset Strip', por citar el título original completo, fue una serie esperadísima en el momento de su estreno ("eagerly anticipated"), debido sobre todo al nombre de su creador: Aaron Sorkin, el mismo que puso en pie 'El ala oeste de la Casa Blanca'. Mientras que en el mundo del cine es más frecuente encontrar proyectos nuevos que produzcan tanta expectación debido a la fama de su director o actores principales, en la televisión no ocurre tanto, aunque eso está empezando a cambiar, ahora que las audiencias de teleseries norteamericanas suben como la espuma, y lo nuevo del que hizo 'The wire' o 'Los Soprano' o 'Buffy' ahora va a ser noticia instantánea. O mejor dicho, "el visionado" de series, en vez de "la audiencia", porque debido a internet la gente cada vez ve menos televisión en televisión a la antigua usanza, y muchos espectadores no salen en las cifras oficiales. 'Studio 60', sin embargo, pasó de un debut prometedor, con 13 millones de espectadores en la NBC, a ir perdiendo progresivamante audiencia, teniendo problemas para ser renovada tras las navidades (el estreno fue en septiembre) y consiguiendo acabar sólo una temporada de 22 episodios.

El tema de esta serie de televisión es... una serie de televisión. Está ambientada entre los guionistas y actores de un programa de sketches humorísticos al estilo del famoso 'Saturday night live', aunque tanto el programa en sí (el 'Studio 60' del título) como la cadena que la emite (NBS) son ficticios. Es decir, que sigue el modelo de basarse muy de cerca en algo auténtico, pero llamarlo de otra forma para poder dar una sensación fiel de realidad y a la vez no quedar encorsetado por nombres, cadenas o programas verdaderos.


Alguno de los personajes o situaciones sí que están basados en acontecimientos reales, pero sólo como punto de partida. Según dijo el propio Sorkin, "a partir de la página cuatro, ya es todo ficción". Entre estos motivos reales está el de la adicción a la cocaína que viene de sufrir el productor ejecutivo del programa, problema por el que pasó el propio Sorkin, o el hecho de que la actriz principal del show sea una rubia cristiana practicante, cosa que también le pasó al propio Sorkin con una novia que tuvo, Kristin Chenoweth, que se incorporó como actriz a 'El ala oeste' justo cuando Sorkin dejó dicha serie. Es decir, que a diferencia de lo que ocurre en 'Studio 60', donde Matt Albie (Matthew Perry) se hace famoso como guionista a base de escribir material para su churri, Harriet Hayes (Sarah Paulson), Chenoweth nunca llegó a interpretar diálogo escrito para ella por Sorkin. También se ha dicho que el personaje de la productora Jordan McDeere (Amanda Peet), está basado en una ejecutiva real, Jamie Tarses, la primera mujer de la historia en llegar a ese puesto en una de las grandes cadenas estadounidenses.

Quienes hayan visto (y rendido la pleitesía que se le debe a) 'El ala oeste' quizá les sorprenda saber que Aaron Sorkin es uno de los guionistas más criticados de Norteamérica. Mientras que su maestría en el uso de un diálogo rápido, inteligente, chispeante, ingenioso y hasta educativo no está en duda, y es su sello inconfundible, se le suele tachar de arrogante, inmodesto, petulante, elitista y (hablamos de los EE.UU. de A., no olvidemos) ultraliberal. O sea, lo mismo que le achacaban al presidente Bartlet (Martin Sheen) en 'El ala oeste'. Será por eso, pues, por lo que ambos me caen bien: valen, y saben que valen, y lo que valen. Este tono se ve principalmente en la escena marca de la casa de Sorkin, y de su director de cabecera, Thomas Schlamme: el ver a dos o más personajes "power-walking", o sea, hablando a toda leche y con gran elocuencia de Temas Muy Serios Y Urgentes Y Mayúsculos mientras caminan decididos, arremangados, apresurados y tensos hacia una u otra oficina donde van a salvar a la civilización occidental de una crisis de misiles, una ley demasiado conservadora o un falso y calumniante rumor. Es todo un ballet coreografiado, con tomas que a menudo duran minutos en vez de segundos y que hay que repetir decenas de veces hasta que salen clavadas. Ahora, cuando salen, son una maravilla. Además, incluso cuando no se trata de escenas de una sola toma, el diálogo no deja de ser nunca igual de denso, cargado, veloz y hasta agotador en su brillantez analítica. Si alguna vez a alguien le falta un café para espabilar y no lo tiene a mano, que se ponga una escena de estas y le entrarán ganas de invadir Polonia.

El problema es que mientras en un presidente de los Estados Unidos esas características se pueden aguantar a cambio de presenciar altos ideales, honradez sin tacha, patriotismo evidente y gran capacidad intelectual, en una serie sobre un programa de sketches tal "self-importance" ("auto-importancia", digamos) puede llegar a estomagar a la gente con mucha facilidad. Cuando Bartlet se pone elocuente y tajante a la hora de rechazar ataques de la derechona cristiana, de justificar actuaciones de su ejército en el extranjero o de proteger a sus hijas del terrorismo, es difícil aplicar el mismo tono a la calidad de la programación televisiva, a si alguien ha plagiado un chiste, a si faltan 37 segundos de diálogo, o a la injerencia de los ejecutivos en un programa de humor y sketches irreverentes. La brillantez de Sorkin está en que llega a conseguir ese mismo tono de Cosa Importante, a pesar de esta gran diferencia en los temas de ambas series. Sorkin no se disculpa en absoluto por este estilo: "Exige atención del espectador, no es música de fondo, y no está hecha para verse mientras se hojea una revista o se acuesta a los niños. Hay que verla atentamente de principio a fin".

Y de hecho, a menudo 'Studio 60' trata muy poco del día a día de un programa de televisión (que también se ve), sino de temas de ideología aplicada a la actualidad nacional: racismo, censura, derecho a la intimidad cuando se es famoso, calidad de la programación, creatividad versus intereses económicos, adicciones a las drogas y el castigo que merecen, si es que merecen alguno... Esto se ve clarísimo en los cinco últimos episodios, que ocurren en el espacio de un día o dos, donde la guerra de Afganistán invade la actualidad del programa, al afectar de cerca a uno de sus componentes. En ese momento, y ante algo tan importante, la profesión de los afectados da igual cuál sea: ya no es una serie sobre una comedia televisiva, sino una serie sobre terroristas y soldados, territorio familiar para alguien que fue autor no sólo de 'El ala oeste', sino también de 'Algunos hombres buenos', 'La guerra de Charlie Wilson' y 'El presidente y Miss Wade'. Parece que con la temporada ya condenada, la única manera de intentar elevar los índices de audiencia era una gran crisis, en la que por si fuera poco también hay una preñez dificultosa por el medio. Hay incluso una frase en el diálogo que viene a decir algo así como que un embarazo complicado es el "manipulador de emociones" número uno para enganchar a la gente (sobre todo a las mujeres en edad de ello) al guión de una serie. En un rizar el rizo de la metatelevisión, aquí no sólo se dice, sino que además se hace.

Es por ahí por donde se le han metido a Sorkin a la hora de criticarlo: que esos diálogos entre gente tan brillante y siempre tan capaz de encontrar la frase justa que decir casi sin pensarla suenan a falso, casi tanto como ver a dos rudas bandas callejeras peleándose... con pasos de baile en 'West Side story'. Es algo a lo que hay que acostumbrarse, lo mismo que cuando se ven musicales u obras en verso. Ya sabemos que nadie expresa sus sentimientos bailando o declamando, pero esta obra en concreto sí. Si aceptas la estructura formal, disfrutarás la obra mucho más que si te empeñas en tratarla como un fallo irremediable, y en este caso ese "rapid-fire dialogue" es parte del estilo externo. No en vano el primer amor de Sorkin fue el teatro y su capacidad para desarrollar diálogos, y allí estrenó 'Algunos hombres buenos' a los 28 años de edad. Quien recuerde la versión cinematográfica con Tom Cruise, Jack Nicholson, Demi Moore y Kevin Bacon se puede dar cuenta de cómo de fácil se podría montar en teatro con tres o cuatro decorados. El éxito fue tan grande que Sorkin se pasó en seguida al mucho más lucrativo (y popular) mundo del cine y la televisión. En 2007, tras el cierre de 'Studio 60', volvió a los escenarios con una obra de teatro... sobre el inventor de la televisión.

Al igual que pasaba en 'El ala oeste', otro ingrediente de la serie es las relaciones amorosas, que también aparecen representadas como si fueran negociaciones para la firma de un tratado sobre entrega de armas, sobre todo la de Matt y Harriet, cuyos encuentros y desencuentros son aún más enervantes que los de Josh Lyman (¡Láiman!) y Donna en 'El ala oeste'. Fustigar a la derecha evangélica es una de las preocupaciones típicas de Sorkin (que además, es judío, si es que es algo), y la pobre Harriet tiene que aguantar carros y carretas de Matt. El acento en las relaciones personales se nota sobre todo en la segunda mitad de la temporada, y aunque Sorkin dice que ya estaban previstas y que no se metieron con calzador debido a la baja audiencia (9 millones, en el puesto 52, y bajando hasta 7.7), sí que añadió que tenía la esperanza de que atrajera a espectadores que de otra forma no estarían interesados en la serie. El presidente de la NBC, Kevin Reilly, llegó a decir que en realidad la serie debía verse principalmente como comedia romántica. Otra razón que Sorkin dio para que hubiera espectadores que no se engancharan es que habla de gente de la que se percibe que "no tiene un trabajo de verdad", que gana millones a base de disfrazarse, poner voces raras y cachondearse de políticos y actores mientras los curritos de verdad sufren para llegar a fin de mes. Esto le pasa por ejemplo a uno de los personajes, Tom Jeter (Nate Corddry), cuyos padres de la América profunda no ven este tipo de programas y no siguen su trabajo.

Me estoy refiriendo mucho a 'El ala oeste' y trabajos previos de Sorkin, pero es lo que tiene ser una personalidad con sello propio, que todas sus creaciones forman parte del mismo 'Territorio Sorkin', por así llamarlo, y unos explican y complementan a otros. Una de las frases más agudas que se dijeron sobre 'Studio 60' salió en el 'New York Times', afirmando que "está llena de ex-alumnos de 'El ala oeste' que aún parecen llevar las acreditaciones de la Casa Blanca alrededor del cuello". Y así es: uno de los personajes principales es el productor ejecutivo, Danny Tripp, interpretado por Bradley Whitford, que se acabó convirtiendo en el alma de 'El ala oeste' como Josh Lyman (¡Láiman!). Timothy Busfield, que hizo de sabueso reportero que sale con la portavoz del gobierno, pasa a ser Cal Shanley, el realizador del programa, y hasta Allison Janey, la mencionada portavoz, aparece como presentadora invitada de uno de los programas.

A pesar de todo, la crítica de la serie va dirigida, si es que va a alguna parte, al espectador en general. Ninguno de los ejecutivos de la cadena son mala gente, sino que tienen un trabajo que no termina con la redacción de guiones. Jordan McDeere resiste con todas sus fuerzas aprobar programas de tele-realidad y decide comprar una serie ambientada en la ONU. El presidente de la cadena, Jack Rudolph (Steven Weber), siempre protesta por todo, pero acaba demostrando su corazoncito. Sólo que a veces ese corazoncito está al borde del infarto por un porcentaje más bajo de lo normal, que a su vez significa millones perdidos en ingresos. Y aún en el escalón superior, Wilson White (Ed Asner), el jefe de la multinacional que a su vez posee la NBS, también se acaba poniendo de parte de los buenos cuando toca negociar con los chinos. Esto está hecho a propósito, y resulta más interesante el ver las razones por las que un presidente toma una decisión polémica que convertirlo en un capullo reaccionario sin más. Por eso digo que la crítica se centra en el espectador, que es quien tiene que responderse a sí mismo cosas como qué tipo de programas quiere ver o si le parece que es correcto hacer pagar a la NBS una multa millonaria por un "fuck" de un soldado filmado en directo al que le estaba cayendo un obús cerca. Y a raíz de ese incidente, ¿debería haber un retraso de unos segundos en la emisión de las noticias para poder "tapar" este tipo de cosas? ¿Eso no es censura informativa? Porque se empieza tapando un taco y se puede acabar tapando una crítica al gobierno hecha por un general, por ejemplo.

Al final, al igual que en 'El ala oeste' le entran a uno ganas de que ojalá todos tuviéramos a Bartlet de presidente, en 'Studio 60' acaba deseando uno que todos los programas pudieran estar llevados por gente como Matt y Danny. Y sobre todo, que todos pudiéramos tener de jefa a Amanda Peet, que está como un tren y que tiene una sonrisa y unos ojos que iluminan la pantalla. Hablando de su personaje, Jordan McDeere, es todo un prototipo de mujer moderna acosable y acosada por la mentalidad conservadora. Casada joven y divorciada, abortó, iba a clubes de sexo en grupo (aunque sólo de voyeur, y porque la llevó el marido), no quiere tener hijos (aunque esto se pondrá a prueba más tarde), le da un poco demasiado a la bebida, y triunfa como mujer en un mundo de hombres. Y por si fuera poco, el ex va a escribir un libro sobre ella contándolo todo, todo y todo, y en las entrevistas con la prensa ella dice lo que piensa y nada más. Toda una heroína liberal, que puede uno creerse o no, pero que arrastra si te dejas llevar, como el resto de la serie y sus altos ideales. El propio Sorkin dice que igual que 'El ala oeste' era una tarjeta de San Valentín dirigida al buen servicio público, 'Studio 60' lo es al mundo de la televisión. Y como en las tarjetas de San Valentín, uno se queda con lo mejor de la persona a quien se dirige, a pesar de sus defectos. Ese es el espíritu con el que disfrutar esta serie.

sábado, 4 de julio de 2009

House (2004)

Temporada 1 (2004-2005)

En cuestión de series de hospitales, yo soy "urgencista" hasta la médula ósea. De momento le he dado una oportunidad a 'House' porque gente que conozco la ve y porque Hugh Laurie siempre me ha caído bien. Como ya sabrá todo el mundo, en realidad antes era famoso por ser un cómico inglés alto, flacucho (zangolotino, que diría Fernando Fernán-Gómez) y con ojos saltones, y ahora gana votaciones sobre hombres más sexys (segundo, por cierto en doctores de la pantalla, tras George Clooney). Llegó a tener su serie propia, 'A bit of Fry and Laurie', con Stephen Fry, pero yo recomiendo 'Blackadder', una telecomedia histórica junto a Rowan Atkinson, más conocido como Mister Bean, en particular las dos últimas temporadas. De vuelta al siglo XXI, 'House' lleva cinco temporadas, está preparándose la sexta, y en el darwiniano mundo de las series de televisión, donde si no produces calidad o audiencia (o mejor aún las dos), se te cancela en un pispás, algo tendrá el agua cuando la bendicen, así que le he echado un ojo a ver.

Un detalle estadístico paradójico es que mientras que la quinta temporada (2008-2009) sólo quedó en el puesto 19 de audiencias en Estados Unidos, durante el año 2008 'House' fue el programa de ficción televisiva más visto en todo el mundo. Quiere esto decir que está pasando de ser una simple serie americana a un icono mundial. Lo cual no es necesariamente un halago: otra serie que fue lo más visto en el mundo en su momento fue, por ejemplo, 'Los vigilantes de la playa', que igualmente pasó a ser icónica.Icónica de silicona amenazando escaparse a botes de bañadores y bikinis en medio de veranos perpetuos de sol y playa, pero icónica al fin y al cabo. Todo el mundo sabe de qué iba y puede nombrar al menos a una de sus actrices y las razones de su éxito.

¿Cuál es la razón del éxito de 'House', entonces, y por qué cruza barreras de nacionalidad? Pues la primera es, por supuesto, su personaje principal, el doctor Gregory House, el médico que supuestamente dice las verdades como puños y que canta las cuarenta en bastos (y a veces en copas) a quien sea, desde pacientes a familiares, a administradores, a colegas, a enfermeras, a parejas, y exparejas y a todo el que se ponga por delante. Entre la comunidad médica de la vida real, según tengo oído, parece ser un ídolo: no existen doctores así, o si los hay los odia todo el mundo, pero todos disfrutan oyéndole decir a este especie de sustituto de sí mismos cosas que se han quedado con ganas de soltarle personalmente a pacientes, a familiares, a administradores, a colegas, etc. Es un tipo de comportamiento que por sí sólo no garantiza respeto ni afecto ni siquiera admiración (la capullez hay que acompañarla de competencia profesional, al menos), pero si que garantiza una cosa: atención, aunque sea a pesar propio. Uno puede incluso basar una carrera en este tipo de cosas, como Risto Mejide, Boris Izaguirre o varios famosos y grandes hermanos de pega. Incluso puede llegar a ser el momento más recordado de la vida entera de alguien. Piénsese por ejemplo en el ya mencionado Fernán-Gómez o en Francisco Umbral y seguro que nadie puede evitar oír las palabras "a la mierda" o "hablar de mi libro", como si no hubieran hecho otra cosa en su vida. Ojo, no estoy comparando a nadie con nadie, sino sólo señalando una de las razones del éxito internacional de 'House'. Se vaya donde se vaya, seguro que se puede encontrar una figura cuyo comportamiento llame la atención de esa manera y se le quede a uno en la memoria, en medio de la corrección política.


Sin embargo, la causticidad, incluso la bien medida y pulida de un guión, no es suficiente. House, el doctor, es todo un estudio de cómo equilibrar un personaje de cara al público, y esa es la ventaja que tiene que sea de ficción. House habla como habla, pero a cambio es un genio brillante que siempre acaba resolviendo el caso, e incluso cuando se equivoca no es grave y siempre había un motivo para equivocarse cuya culpa se encuentra en otra parte. Es decir, que la capullez se puede perdonar si a cambio el capullo de marras te salva la vida. Entonces bueno vale, le perdonaremos y le pondremos una X en la quiniela, pero sólo porque es un genio. Además, es que el prubín está cojo y tiene dolores crónicos y está medicado hasta las cejas, y claro, no se puede uno meter con él, porque está tullidito, y si a cualquiera de nosotros se nos hiciera pasar por la "muerte muscular" que le tocó a él en su pierna, seríamos iguales de capullos, y encima no seríamos unos genios médicos. Este detalle no es casual en absoluto (de hecho, al principio House iba a ser paralítico en silla de ruedas) y el encasquetarle una desgracia médica es una vía de escape esencial para que el espectador no lo mande donde Fernán-Gómez diga.

Además, por lo que se ve en esta primera temporada, House sufre las consecuencias de tratar así a la gente: no tiene pareja, ni la ha tenido en años, y sólo quien lo trata cada día puede acabar rascando un tanto la superficie y ver al ser humano que hay debajo. Y sí, a mí me parece totalmente creíble, porque ocurre en la realidad, que una colega guapa y veinteañera se prende de él. Siempre hay alguna, y además en este caso el affair está bien llevado, con la dosis de imposibilidad justa. En lo profesional, por su parte, todo el equipo le aguanta por su gran competencia, llegando incluso a casos de lealtad extrema, como demuestra la serie de episodios donde se juega con el despido de unos cuantos. A esto ayuda también la magia de la ficción, por la que todo el que se enfrenta a sus exabruptos pone cara de suspiro nopuedoconél o de tienerazónamipesarymelatengoqueenvainar. Esto pasa en la vida imaginada sólo: en la real, House habría pasado por unos ocho o nueve trasplantes de rostro ya.

Otro motivo más, y el más universal seguramente, es que las historias de hospitales funcionan, y han funcionado, siempre. Decía Benjamin Franklin que en la vida sólo hay dos cosas seguras: la muerte y los impuestos. Bueno, pues seguro que en algún sitio hay gente a quien no le preocupan los impuestos, por buenas o malas razones, pero incluso esos van a morirse alguna vez. Y muchos, pasando por enfermedades antes, así que no hay motivo más universal que encontrarse pueda que la mortalidad humana. Muy torpe habría que ser para hacer una mala serie de hospitales, al menos a nivel de guión, porque te ofrece todo tipo de posibilidades, desde las más trágicas a las más cómicas, pasando por reflexiones sobre el modo de vida de la gente, la caridad, la atención a la familia, los delitos, la violencia, los valores sociales y profesionales, y sobre todo el valor que se le da a la vida y a su dignidad. Y todo eso sin salirnos de lo estrictamente médico, porque tangencialmente podemos meternos en la vida personal de los profesionales y encontrar otro mundo de historias, reacciones, concepciones, valores, etc.

Por último, se ha de mencionar la propia calidad de la actuación de Hugh Laurie. El tío estaba en Namibia rodando 'El vuelo del Fénix' y se grabó a sí mismo en el baño del hotel una cinta de vídeo para el casting usando un paraguas a modo de bastón. El director del episodio piloto, Bryan Singer (sí, el de 'X-men' y 'Sospechosos habituales') quedó tan impresionado que ni se dio cuenta de que Laurie, imitando perfectamente el acento, no era norteamericano, y lo contrataron. Laurie dijo que al menos así ahora tenía sentido su juventud desaprovechada viendo demasiadas películas y series.

Una de las primeras sensaciones que se tiene al ver la serie es lo mucho que se parecen casi todos los episodios: se presenta un caso con una primera complicación, se averigua lo que puede ser, se trata, se falla, el paciente empeora, se descubre por qué, se vuelve a tratar, vuelve a empeorar y así hasta que se acaba descubriendo todo lo que le pasa, siempre con House descubriendo la pieza que falta, en ocasiones mientras habla de otra cosa con otra persona. A veces es un caso de esos de uno entre un millón, otras veces es que el paciente tiene más de una enfermedad a la vez, cuyos síntomas se mezclan entre sí y despistan. Y otras veces es que el paciente miente. "Everybody lies" es el lema del doctor House, e incluso de la serie. Hay hasta camisetas hechas con la frase. Sin embargo, eso no se sostiene, y menos en un contexto médico. Claro que puede haber un número de pacientes que mientan para evitar descubrir temas sexuales, delictivos o embarazosos, pero ¿todos? ¿Qué razón pueden tener TODOS los pacientes para mentir, cuando su salud se puede ver gravemente perjudicada, y además hay confidencialidad entre doctor y paciente? El motivo del motivo, valga la redundancia, es que el concepto de la serie nació de la investigación. No se trataba de una serie de médicos, uno de cuyos problemas fuera diagnosticar correctamente, sino que el "whodunit", (el "quién lo hizo") era la base central. Desde el principio el foco iba a estar sobre el elemento de la investigación, siguiendo la estela de 'CSI'. Con lo cual añadimos otro motivo más al éxito: si la salud, la enfermedad y la muerte son ganchos muy efectivos para un espectador, la curiosidad por saber qué demonios pasó algo y por qué es otro gancho casi infalible. El investigar lleva a menudo aparejado una parte de ocultación, y como los gérmenes no tienen motivos (según dijo uno de los creadores de la serie, David Shore), se llegó a que los propios humanos complicaran aún más los diagnósticos con sus subterfugios. Cosa que ocurre, por ejemplo y sobre todo, en la otra gran influencia de la serie: Sherlock Holmes. Al igual que Holmes, House acepta sólo de buena gana los casos que le suponen un reto mental. Ambos son adictos a drogas (cocaína uno, Vicodin el otro), y los dos son maestros del razonamiento deductivo en campos en los que tal cosa es esencial para resolver sus casos. Los dos son bastante misántropos, con una personalidad marcada e incapaz de aguantar la mediocridad ajena. Ambos tocan instrumentos (el violín uno y varios el otro), y hasta sus apellidos se parecen un tanto. Aún más se parecen los de sus mejores (o incluso únicos) amigos, ambos doctores, Watson y Wilson (Robert Sean Leonard). Incluso, para el friki total, ambos viven en un piso 221B y el apellido del primer paciente, Rebecca Adler, es el mismo que el del primer caso de Holmes, Irene Adler. Así que, como se ve, no es casual.

En muchos episodios se ve un cierto deseo de cambiar un poco el esquema para evitar lo repetitivo que resulta. Me gustó, por ejemplo, uno de los últimos, 'Three stories', donde House acaba contando su propio caso con la pierna durante una conferencia-castigo con estudiantes. Aparte de que sale Carmen Electra (una de las vigilantas de la playa mencionadas antes), la vuelta de tuerca es muy original y casi llega a ocultar que estamos ante el mismo estilo de prueba y falla hasta que aciertes, y esta vez por triplicado. Incluso se añaden a veces arcos narrativos de varios episodios de duración, como por ejemplo la llegada de un nuevo donante y patrocinador del hospital que se empeña en echar a House. Sin embargo, dado el título de la serie y la importancia del personaje (los demás la verdad es que son puro acompañamiento), estaba claro que el despido no se iba a producir. Y además, el público parecía estar contento con el esquema, que es lo más curioso. Un caso para resolver por medio del intento y el error, y varios pequeños donde House pudiera echar broncas sarcásticas a diversos pacientes de a medio minuto la consulta. Listo. Y a la semana siguiente, repetición de la jugada. Al fin y al cabo, 'Los Simpson' llevan haciéndolo 20 años, y el ser humano es una criatura de costumbres.

domingo, 3 de mayo de 2009

En terapia (2008)

Temporada 1

Esta es una estupenda serie, de nuevo de la HBO, sobre un psicoterapeuta y cuatro de sus pacientes. Y cuando digo que va de eso, es que va exactamente de eso: en cada episodio prácticamente lo único que vemos es la sesión de terapia del doctor Paul Weston (Gabriel Byrne) con quien le toque ese día. Es todo sentarse, hablar (o callar), sin música en absoluto más que cuando entran los créditos al final, y sin trucos de cámara ni efectos. En algunos episodios vemos también a la familia de Paul, que irá ganando en importancia más adelante (sobre todo su esposa), y también a la psiquiatra del propio psiquiatra. Eso promete y eso da.


Hace unos años, otra teleserie, '24', hizo del tiempo interno de la narración parte importante de su concepto: se supone que los hechos ocurren en tiempo real, y que por tanto, se puede coger los 24 capítulos de cada serie, verlos de un tirón durante un día entero y así recrear la sensación de vivir las aventuras de Jack Bauer al mismo ritmo que él (en realidad no funciona exactamente así, ya que son episodios de 40 minutos, no de 60, así que saldrían unas 17 horas, en vez de 24, pero al menos así uno tiene la posibilidad de ir al baño o comer algo, que al pobre Jack nunca le dejan). Bien, pues 'En terapia' también usa este concepto de tiempo interno como parte de sus guiones: en lugar de emitir un episodio a la semana, se emite uno cada día, de lunes a viernes, coincidiendo cada uno con el día en que le toca ver a cada paciente. Así, el lunes, Paul, que anda por los 50 años de edad, trata a Laura, una anestesista de 29 años, el martes a Alex, un piloto militar de 39, el miércoles a Sophie, una aspirante a gimnasta olímpica de 15, el jueves a Jake y Amy, una pareja de treintañeros embarazados, y el viernes es el propio Paul quien va a ver a una psicoterapeuta, Gina, de 60 años. El lunes siguiente volvemos a ver a Laura, el martes a Alex, y así sucesivamente semana tras semana. A cambio de emitir tantos episodios a la semana, éstos duran sólo entre 20 y 25 minutos cada uno (esta duración normalmente se reserva a telecomedias, no a series dramáticas), y la serie se termina en nueve semanas, en lugar de en 12-13 como las series típicas de pago, o veintitantos, como las de las cadenas en abierto. Aún así, cada semana acaba suponiendo producir una duración de unos 100-110 minutos netos, lo cual equivale a la de un largometraje convencional, y el número de capítulos llega a los 43. A pesar de que los requerimientos técnicos sean mínimos (el decorado es el mismo casi siempre, no hay efectos, ni casi música que añadir, y la mayoría de los enfoques son un plano-contraplano muy neutro), no deja de ser todo un esfuerzo impresionante.

La idea no es original de la televisión estadounidense, sino que es un remake de una serie israelí del mismo título ('Be'tipul', en hebreo), que según parece es un auténtico bombazo allí. Dejando aparte generalizaciones hechas por un extranjero, es cierto que el judaísmo es una religión de mucho leer, comentar y discutir sobre leyes y preceptos, que Israel es un país con una situación política donde es extremadamente importante lo que se piense sobre todos los temas posibles, y en fin, que en Estados Unidos hay una larguísima tradición de psicólogos y psiquiatras judíos, así que tiene sentido que sea algo que apele a la audiencia de ese país. A pesar de lo cual, y supongo que para distanciarse un tanto del original, el terapeuta protagonista en la versión americana es irlandés. En realidad, no se llega a decir nunca de dónde es Paul, pero Gabriel Byrne mantiene claramente su acento irlandés (de nativo, no de americano de segunda generación), y Alex en una ocasión le dice que tiene que hablar con "un compatriota suyo", sin mencionar qué patria es esa. Tampoco se nos dice nada sobre la religión de Paul, pero Byrne recibió la típica educación católica que se asocia con el país e incluso fue seminarista durante cinco años, hasta que lo dejó porque en realidad no tenía vocación y ni creía en Dios.

Ya de por sí la serie se centra puramente en las conversaciones entre el doctor y el (o la, o los) paciente(s), durante un tiempo extendido, casi exactamente como sería en el mundo real. El único ajuste es que una sesión de 50 mintos queda resumida en los 20-25 del episodio, así que a veces hay un poco de sobrecarga de información, pero por otra parte así vamos al grano y se aparta la parte aburrida que seguro que puede llegar a tener la vida profesional de un terapeuta, pasando una vez y otra sobre lo mismo. Si a eso añadimos el espacio temporal entre visita y visita (y capítulo y capítulo), es casi como ser terapeuta en la vida real: cada paciente desaparece de tu vida durante siete días, lo ves una hora, y cuando vuelva a la semana siguiente, puede ser el mismo o haberle pasado cosas importantísimas que afecten a la terapia. Si esto ocurre, entonces las reflexiones que el doctor haya hecho durante la semana pueden confirmarse, irse al traste, modificarse o dar un giro de 180 grados. Dependiendo de cuánto se meta uno en la serie o cuánto le molen las movidas estas, puede uno incluso a jugar a terapeuta: tomar un par de notas, conjeturar qué es lo que le pasa al paciente en realidad, cuál es su problema real aparte del que cuenta, o imaginar observaciones para hacerle. Ojo, observaciones, que no necesariamente preguntas, porque aunque Paul con frecuencia pregunta cosas, se supone que entre sus reglas está que es el paciente quien elige de qué hablar, sin ningún tipo de dirección por parte del terapeuta. Si hay preguntas, la mayoría, cuando no todas, deben recoger algo que el paciente está diciendo y ampliarlo y aclararlo, y sólo de vez en cuando ofrecer una impresión u observación que a su vez el paciente recibe e interpreta, y así seguir tirando del ovillo. Por ejemplo: "Es interesante que hayas usado la misma palabra para describir a tu padre y a tu esposa". Puede incluso uno llegar al punto de analizar al propio Paul como terapeuta, y ponerse en el lugar tanto del paciente como del doctor. ¿Qué respondería yo a eso? ¿Qué le diría yo a esta persona? Porque demás, he leído que en Israel se pueden comprar los dvds separados sólo con las visitas de cada paciente, de forma que si uno quiere se puede ver sólo los episodios de los lunes, o de los jueves, y seguir un caso en concreto, ignorando los demás. Creo que es posible, pero yo recomendaría verla en orden cronológico, porque lo que pasa en el resto de días ayuda a entender a Paul como terapeuta, y además hay algún momento en el que es importante haber visto episodios de otros casos. A esto también ayuda el hecho de que Paul vaya a terapia también, idea muy ingeniosa, porque así podemos saber lo que piensa de verdad de sus pacientes y no puede decirles a la cara. Y por supuesto, aunque Paul se aparezca a sus pacientes como pozo de sabiduría (o capullo integral, según los casos) no deja de ser humano, y sus problemas, que los tiene, influyen en su eficacia como terapeuta.

Tras haber acabado la primera temporada, además, la impresión que deja la serie es aún más brillante, porque consigue sortear varios peligros en los que podía haber pinchado. Uno es que el avance de cada caso resultara inverosímilmente rápido. El propio Paul, al hablar con Gina, le recrimina que vaya demasiado rápido en una dirección que según él, debería tardar semanas o hasta meses en alcanzarse. Es lógico que lo diga, y así el espectador aprende aún más sobre el proceso, pero también hay que darse cuenta de que la serie no se puede convertir en una retransmisión en directo de terapias en tiempo real. Resultaría tremendamente lento y tedioso, y el ritmo aligerado está muy bien conseguido, sin dar la impresión de prisa, ni tampoco de demasiada pausa, ni de alargue artificial: los guiones están escritos desde el principio, y no hay SSTP (Síndrome de la Segunda Temporada de 'Perdidos'). Aparte, mientras que unos pacientes acaban de empezar su tratamiento, otros llevan ya semanas con Paul, y en un caso un año entero. Otro peligro era hacer los casos excesivamente cargados para evitar la monotonía: que cada paciente tuviera un aluvión de cosas que le pasaran para así no dejar de contar cosas supuestamente tensas e interesantes. También se evita. Cada caso es lo suficientemente distinto, y lo que pasa cada semana lo hace avanzar en direcciones a veces lógicas y a veces inesperadas, pero sin resultar forzado. Y por último, otro peligro gordo era ponerse melodramático o culebrónico, sacándose de la manga cosas como que a alguien le aparezca un padre que nunca supo que tenía, o que otro rompa a llorar confesando que de adolescente mató a su novia y nunca se lo había dicho a nadie. En alguno de los casos sí que hay resoluciones muy dramáticas, pero cada paso se lo va ganando el guión a fuerza de haber elaborado los personajes. Aparte, las actuaciones de todos los actores es espléndida. Se trata de guiones con muchísimo que expresar, todo con palabras y gestos en primer plano, sin poder esconderse en escenas de acción o caras bonitas. Si alguien chirriara, se llevaría por delante la mitad del minutaje del episodio, nada menos. Y todos cumplen a la perfección.

Por eso, no voy a decir nada spoilerante sobre la serie, a la espera de ver si alguien más la ve y me cuenta lo que le parece. Estoy seguro de que a varios de los lectores habituales de este blog les resultará apasionante, y espero que les resulte otra 'Roma', 'Perdidos', 'The wire' o 'Ala oeste' en términos de descubrimiento agradable.