Pocos títulos, pero cuidados

¿Necesita el mundo otro blog de cine? Pues seguramente no. Pero aquí está de todas formas. Bienvenidos a los que quieran quedarse. Lo principal que se debe saber es que este blog incluirá pocos títulos, pero tratados con espacio y cuidado (hasta donde llegan las luces de quien escribe), y que cada entrada consta de (1) presentación (sin spoilers) de cada título, para quien quiera pensarse si verlo o no, o recordar cuál era, (2) carátula, y (3) comentario/discusión de cierta extensión (con spoilers y sin avisar), para leer después de verlo.

Se buscan y aceptan colaboradores. Más información pulsando en 'Más sobre este blog', abajo a la derecha.
Mostrando entradas con la etiqueta 1970s. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1970s. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de enero de 2009

El golpe (1973)

Paul Newman y Robert Redford ya eran dos de los actores favoritos de la industria y del público en los 70, sobre todo gracias a su aparición juntos en ‘Dos hombres y un destino’, así que verlos hacer de timadores de alcurnia en los años 30, a la caza de un venenoso jefe de los bajos fondos que mata gente y hace trampas a las cartas es toda una delicia. El guión es una obra de relojería en busca del golpe perfecto que consiga a la vez dinero, venganza y libertad de sospechas, y la música ragtime garantiza animarle la velada a cualquiera.

Ganadora de 7 Oscars: Película (Tony Bill, Michael Phillips y Julia Phillips), Director (George Roy Hill), Dirección artística (Henry Bumstead y James W Payne), Vestuario (Edith Head), Música (Marvin Hamlisch) y Montaje (William Reynolds). Tres nominaciones más: Actor (Robert Redford), Fotografía (Robert Surtees) y Sonido (Ronald Pierce y Robert R Bertrand).


El guionista, David S Ward, estaba buscando información para una escena de otra película en la que había un robo, cuando se encontró al investigar con todo un submundo que sorprendentemente estaba sin tocar en el cine, lleno del tipo de timadores que en inglés se llaman "con artists", donde "con" es una abreviatura de "confidence" (confianza). Es decir, es un tipo de ladrones que no atracan a punta de navaja o pistola ni roban del bolsillo de uno, sino que se ganan la confianza de su objetivo ("the mark") para hacerle caer en una trampa más o menos elaborada, en la que éste cae debido a su credulidad y en muchos casos a su avaricia. Hacerlo creer que va a comprar la General Electric por cuatro duros, por ejemplo. No es un "golpe", como dice la traducción española, que sugiere algo grosero, soez, bruto, sino un "sting", un picotazo del que puede que el propio paciente ni se entere, o lo hará demasiado tarde. Es el caso del primer timo de la película, en el que Mottola (James J Sloyan), el correo de Lonnegan, se pasa de listo al pensar que en vez de entregar a su supuesto destinatario el dinero que Luther Coleman (Robert Earl Jones) le daba, no tenía más que quedárselo y salir pitando, a pesar de saber que según la historia que le habían contado, Luther estaba amenazado de muerte. Ahí es difícil no pensar "le está bien empleado por cabrito". Además, estamos en 1936, en plena depresión, y el mero hecho tener mucho dinero mientras hay tanta pobreza justifica por sí solo el atrevimiento de robar, y hasta casi se ha de agradecer que al menos no sea con violencia.

Obviamente, este tipo de trampita de guión hace que en mucha gente se produzca una reacción de cierta simpatía hacia los timadores (excepto entre quienes han sido víctimas de este tipo de cosas, supongo). Cuando luego nos enteramos de que Mottola ha acabado en un vertedero con un cuchillo en el ojo por haber perdido sus once mil dólares, la simpatía por los timadores quizá no baje mucho, pero ¿qué habría pasado si Mottola hubiera intentado ayudar de veras a Luther y por ser un alma caritativa se hubiera quedado sin dinero y sin vida?

Pero en fin, eso queda para otra película. Aquí todo queda aclarado con la risotada de Mottola en el taxi: es un cabrito y además trabaja para el malo más maloso de la peli, así que ya sabía que estas cosas iban en el sueldo. El espectador queda satisfecho y puede disfrutar de lo que viene. La película, en realidad, se anuncia claramente desde su cartel: ese dibujo un tanto pasado de moda en los hiperrealistas 70, donde vemos a Redford y Newman con sus mejores sonrisas, rodeados de botellas de ginebra, cartas y fichas de póker, fajos de dólares, la cabeza con su sombrero y su gorra, camisas con tirantes, y encendiendo un cigarro con un billete. Estamos ante una de chicos listos que roban a los ricos y les perdonamos que no se lo den a los pobres, porque se lo han currado. Quien quiera algo igual, parecen decir, que lo intente él. Ahí está el castillo, asaltadlo.

Esta película se suele calificar de "comedia", pero más que provocar risotadas, le tiene a uno con una sonrisilla cómplice en los labios. El tema podría ser serio y legítimo, pero las partes más desagradables aparecen maquilladas. De la muerte del pobre Mottola se nos informa oralmente, y tampoco vemos el asesinato de Luther, sino sólo su cuerpo en el suelo antes de salir de najas para Chicago. Los malos fallan sus tiros como manda el reglamento y Doyle Lonnegan da más miedo con la mirada asesina de Robert Shaw y la nariz chata de su guardaespaldas Floyd (Charles Dierkop) que con cualquier cosa desagradable que hagan. Por cierto, que la cojera de Lonnegan no estaba escrita en el guión, y la tiene sólo porque Shaw se había lesionado el tobillo antes de empezar a rodar.

Además, si uno se fija, la historia ha de tener una raíz un tanto seria para funcionar. Las ganas de venganza de Johnny Hooker (Robert Redford) no pueden dar lugar a comedia, tras la muerte de alguien querido, y su sentimiento de soledad en la gran urbe ha de ser lo que le haga caer en los brazos de Loretta (Dimitra Arliss). Sin esa tensión, y sin la duda de si Hooker traicionará a Henry Gondorff (Paul Newman), el excelente final no quedaría tan bien.

De modo que la seriedad la da el guión, pero el tono festivo y juguetón lo dan cosas como el cartel, como hemos visto, y la música. Lo de la música es curioso, porque Wark escribió el guión escuchando blues de la época, y por eso Luther es negro y Johnny lleva el nombre del legendario bluesman John Lee Hooker. Sin embargo, el director, George Roy Hill, oyó por casualidad ragtimes a piano de Scott Joplin y quedó convencido de que eran idóneos para la película, a pesar de ser de los años 10 y 20. Naturalmente, hubo críticos que lo criticaron, pero Hill tenía razón: el uso de la música en esta película resulta clarísimo hasta para los no expertos. Nunca hay música de fondo ("underscore") cuando hay diálogo, y cuando suena, la película prácticamente se para, recurriendo a tomas largas o hasta a montajes, como el de Johnny afeitándose y vistiéndose para la gran ciudad, hechas aposta para poder escucharla a gusto. La pieza ‘The entertainer’ fue rescatada del olvido para convertirse en una de las más conocidas y tarareables del cine de todos los tiempos.

¿Y qué decir de los créditos? Empiezan con las dos máscaras del teatro, la de comedia y la de tragedia, y no sé cuántas películas habrá con los actores presentados uno por uno con su nombre y el de su personaje, pero deben ser bien pocas, lo cual desde el principio nos dice que estamos ante una historieta que se ha de disfrutar. "The players", además, tiene el sentido múltiple de "los actores", "los jugadores" y "los estafadores", "los que se la juegan" a alguien. Por si fuera poco, cada capítulo de la historia aparece anunciado con un letrero y un dibujo que recuerda constantemente a quien se vea demasiado metido en el guión que lo que está viendo es un relato pre-preparado, pre-pensado y hasta pre-dibujado, ya que Hill era un gran aficionado a las tiras cómicas, capaces de contar una historia en cuatro o cinco viñetas.

La trama aquí es una especie de rito de paso mezclado con lección vital en el que Johnny pierde a quien es claramente su padre suplente, Luther, y se ve obligado a pasar a otra época de su vida, no sólo porque ésta pasa a estar en peligro de muerte, sino porque se ha de ir a la gran ciudad (el primer timo es en el pueblo de Joliet) y porque Johnny va a pasar de dar pequeños e ingeniosos timos a preparar el Santo Grial: un "Big Con". Una estafa que si sale mal no se resolverá con un par de carreras por las esquinas, sino que puede llevar a la muerte, pero que si sale bien, quedará en los anales del oficio y te llenará los bolsillos, por lo menos, por lo menos, durante una semana y todo antes de que se te acabe el whisky. Fíjate.

Para esto se necesita un maestro diferente. Luther ya le había hablado del tema, pero se necesita un experto. Y Henry, a pesar de su mejorable entrada en escena (roncando tras la cama, durmiendo la moña nariz contra el zócalo de la pared), aparece revigorizado por el reto, de la misma forma que se mueve lo más granado de la jacaranda chicaguense, deseosa de colaborar en la venganza tras la pérdida de un veterano tan querido. A partir de aquí, la cosa pasa de ser un tema personal entre dos o tres timadores a ser una auténtica pandilla de robinhoods. Tras la partida de póker en el tren, con una gloriosa actuación de Paul Newman, la decisión de ver cómo se va construyendo el local de apuestas falso es deliberada: se trata de mostrar que un timo de este tipo lleva trabajo, y que se va a conseguir a base de muchos granitos de arena. Vemos así a gente como el inglés falso de la perilla, el lector de las carreras o el organizador del asunto, Kid Twist (Harold Gould) que animan la historia, dan profundidad al mundillo, y proporcionan un sentido de gozo comunitario a la preparación del golpe. Los actores dijeron después que había sido un rodaje lleno de diversión y camaradería, y eso se ve en pantalla. Tanto los personajes con su estafa como los actores con su actuación se lo estaban pasando en grande, y se nota.

Por último, están las sorpresas del guión. Como ya vimos, esta es una película pionera en su subgénero, y deja sentada su convención principal: que el espectador debe saber los planes principales de los estafadores, y seguir al grupo en su minuciosa preparación, pero 1) habrá obstáculos imprevistos que salvar con inventiva rápida (los pintores en la oficina de la Western Union, el impedir que Lonnegan apueste la segunda vez), y 2) habrá sorpresas que cojan al espectador tan de improviso como a los personajes que sufren sus consecuencias. En nuestro caso, la sorpresa mayor seguramente no es la no-muerte de Henry y Johnny (aunque el hecho de que sea el FBI quien les dispare descoloca momentáneamente hasta que uno se da cuenta, justo antes de que Redford abra los ojos, de que son bravos disfrazados y parte del timo), sino lo de Salino. Loretta Salino. Qué capulla, casi caza a Hooker de día además de de noche. No me extraña que Ward tardara un año en refinar cada cabo suelto del guión.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

La vida de Brian (1979)

Nombrada en listas varias como la mejor comedia de la historia, el grupo británico de humoristas Monty Python se guardó muy mucho de dirigir su sátira directamente contra la figura de Jesucristo (en vez de eso el protagonista es el bebé que nació en el pesebre de al lado), pero aún así se tuvieron que enfrentar a protestas, censura y prohibiciones por todo el mundo, cosa que por otra parte les dio más publicidad de la que hubieran conseguido de otra forma. Por ejemplo, cuando se prohibió su exhibición en Oslo, en Suecia se anunciaba como "una película tan graciosa que la han prohibido en Noruega". Aparte de las sátiras más o menos afiladas sobre el cristianismo, el judaísmo y los revolucionarios políticos de boquilla, la película es una sucesión de gags tremendamente inspirados, cada uno de los cuales es por sí solo un capítulo ilustrado del gran libro de la vis cómica inglesa: los reyes magos, el ex leproso, la lapidación, la pintada en latín, el Frente Judaico Popular, un Poncio Pilatos gangoso, su amigo Pijus Magníficus, el amable funcionario de crucifixiones, el regateo en el mercado, el qué han hecho los romanos por nosotros… La lista es tan larga e hilarante como la propia película.


Analizar una comedia puede ser un poco como explicar un chiste: o lo pillas o no lo pillas, y si lo explicas se pierde la gracia. Aún así, en este ejemplo en concreto hay muchas cosas que saber y en las que fijarse.

Los Monty Python han pasado a la historia como la quintaesencia de lo que el resto del mundo llama "humor inglés", etiqueta que unas veces celebra la genialidad de encontrar comedia donde nadie más lo haría y otras constata la perplejidad de hallarse ante una colección de excentricidades sin gracia que vienen a demostrar aquello de que la insularidad británica (‘El continente, aislado’, decía un titular de periódico durante la Segunda Guerra Mundial) debe ser una filosofía de verdad existente. Y sin embargo, durante gran parte de su carrera, los Monty Python se esforzaron lo indecible por ir contra la corriente de la construcción clásica de chistes y sketches "a la inglesa", intentando evitar el eterno esquema de planteamiento + frase graciosa final ("punchline") con risa enlatada. El problema es que a veces la gracia de sus números, en búsqueda de esa renovación cómica, se acababa perdiendo, y lo que finalmente quedaba era un aire surrealista que a veces sí era gracioso y otras veces meramente una ida de olla. Así lo demostraron en su programa de televisión ‘Monty Python’s Flying Circus’ (1969-74), que tiene tantos momentos geniales como fallidos o simplemente bizarros.

Toda esta experimentación no aparece en ‘La vida de Brian’, que es una auténtica obra de relojería en cuanto a la construcción del guión y los gags. Claro que también se trataba de un proyecto muy caro y arriesgado, para el que costó encontrar dinero (lo acabó poniendo George Harrison, el componente de los Beatles) y para el que había que jugar sobre seguro cuanto se pudiera. Así, puede considerarse como la obra madura que un maestro artesano es capaz de hacer sólo tras unir a sus dotes naturales la experiencia de años y años. Los Monty ya habían parodiado con gran imaginación las tradiciones artúricas en ‘Los caballeros de la tabla cuadrada’, y el éxito de dicha película los llevó a intentar el más difícil todavía con el Nuevo Testamento. Incluso se usaron algunos de los decorados y lugares utilizados en Túnez por Franco Zeffirelli en el rodaje de su ‘Jesús de Nazaret’ el año antes.

Lo primero que se decidió tras una sesión de "brainstorming" fue no caricaturizar a Jesús directamente. A pesar de no ser religiosos, y por tanto no tener ningún problema ideológico con meterse con Jesucristo si así quisieran, el grupo decidió que las ideas básicas de Jesús eran positivas y decentes y que la parodia debía ir por otro lado. Y así queda demostrado en la película: las dos veces que Jesús aparece son en poses canónicas que cualquier iglesia cristiana bendeciría: la primera es recibiendo pleitesía en el pesebre, y la segunda pronunciando el sermón de las bienaventuranzas. La comedia en esos episodios no se cachondea de Jesús, sino de esos magos tan sabios que se equivocaron de pesebre ("Nos ha guiado una estrella". "Os ha guiado una botella", les responde la irreprimible madre de Brian), y de la gente que está lejos del sermón, no oye bien lo que dice Jesús, y al final acaba montando la bronca porque usted no sabe con quién está hablando.

La clave del humor de esta película (y de una gran parte de ese llamado "humor inglés", en cualquier otra serie o film) está en reírse de la autoridad. Los ingleses, por toda su imagen de estirados, son unos cachondos natos, y lo primero que les resbala es la gente que se toma demasiado en serio a sí misma: reyes, papas, ministros, policías, inquisidores españoles, burgueses, ricachones, quien sea. Y ‘La vida de Brian’ es un auténtico catálogo de gente estirada que cree que sabe lo que hace y que está por encima de los demás, y de quien el guión se ríe sin misericordia. Empezamos por ejemplo con los reyes magos, que con toda su sabiduría, van y se equivocan de pesebre. Seguimos con la pareja de judíos de clase alta que cuando alguien entiende mal la bienaventuranza de los pacíficos ("peace-makers") y cree haber oído "cheese-makers", hace saltar al marido: "Mujer, no hay que entenderlo literalmente: se refiere a cualquier fabricante de productos lácteos". La lapidación es el ejemplo extremo: se trata como si fuese algo entretenido con lo que matar (ejem) el aburrimiento, y la sátira sobre la prohibición de que puedan asistir mujeres es una auténtica mina. Hay toda una industria de barbas falsas alrededor de ella, y la coña suprema es ver a actores hombres haciendo de mujeres que se disfrazan de hombres para ir a tirarle unas piedras a alguien por decir "Jehová". Por cierto, ¿quién acaba lapidado? El rabino. Cuanto más arriba esté el receptor de la burla, más gracia hace.

Luego llegamos al ex leproso, que beneficiado por una curación milagrosa, todavía encuentra motivos de queja, y querría que Jesús le hiciera un poco cojo los fines de semana para poder seguir pidiendo. "Alguna gente nunca está contenta", suspira Brian. "Eso mismo me dijo Jesús", refunfuña el ex leproso, siguiendo a lo suyo. Y así podemos seguir, viendo caer de sus pedestales a los revolucionarios de pacotilla, defendiendo el derecho a parir de alguien que no puede parir y dividiéndose en grupúsculos cada vez más pequeños que acaban odiándose más entre sí que al enemigo común. En este caso, la bala va disparada hacia los grupos de izquierdas de los 70, que entre tanto debate interno dejaron que Margaret Thatcher llegara al poder en el Reino Unido, pero seguro que puede reconocerse este tipo de burocracia revolucionario-palabrera en muchos otros grupos políticos en cualquier país o momento histórico. La culminación de la sátira contra ellos es la inmortal secuencia de "qué han hecho los romanos por nosotros", donde al final no queda nada contra lo que quejarse, excepto las ganas de hacerlo: "¿La paz? ¡Que te folle un pez!" (Que conste que el original dice simplemente: "Peace? Shut up!")

Los romanos, que a menudo simplemente son testigos de las imbecilidades de los judíos, también se ven mordidos por la sátira. El centurión que corrige la pintada de Brian mete la pata debido a su afán de funcionario quisquilloso en vez de evitar el problema que debiera evitar, y su ineptitud al registrar el cuartel del FPJ es demencial ("Hemos encontrado esta cuchara". "Buen trabajo, sargento".) Sin embargo, esto es sólo los mandos intermedios. Subamos al escalón más alto, y veremos a un Poncio Pilatos a quien le patina la erre, causando el deshueve generalizado no ya entre el juderío hostil sino entre sus propios soldados cada vez que abre la boca. ¿Quién puede tomarlo en serio si no puede uno dejar de reírse? Y cuando llega Pijus Magníficus (genial traducción del mucho menos sutil "Biggus Dickus") y le patina la ese ("Zalomón y la reina de Zaba. Zezenta y ziete zediciozoz zaduceoz"), aquello es el acabose. Al final, se acaba perdonando la vida de Brian sólo porque su nombre tiene una erre en medio de la que cachondearse. Así se escribe la historia a veces.

Y sí, al final le acaba tocando el turno a los propios cristianos. O no tanto a los cristianos como a la gente que ve promesas y prodigios donde no los hay. La parte en la que Brian se convierte en Mesías es la más perfectamente construida e "ingenierizada" del film: huyendo del registro de los romanos, Brian cae sobre la peana de uno de los muchos profetas que predicen fuego y destrucción en medio de la calle. Para disimular, Brian empieza a soltar un par de las parábolas que usaba Jesús en la Biblia: la de que si las flores y los pájaros no se preocupan porque Dios proveerá, ¿por qué os preocupáis vosotros?, y la de los sirvientes y los talentos. De nuevo, el guión no se está metiendo con las enseñanzas de Jesús para nada, sino con las interpretaciones imbéciles que se hacen ("¿Qué tendrá en contra de los pájaros este tío?" "¿No sabe cómo se llamaban los criados de su historia? ¡Se lo está inventando sobre la marcha!").

Entonces, cuando se marchan los romanos, Brian se queda a media frase y se va. Pero la gente, que antes no le prestaba atención, o se mofaba de él, ahora tiene el antojo de oír el final de lo que decía. Brian no tiene nada que decir, porque sólo estaba disimulando, así que se pira. Y es entonces cuando no puede sacarse a la gente de encima, porque se acaban de encaprichar de él. Que si no habla por algo será, que si será un secreto, que si será el de la vida eterna… En éstas, se le cae la calabaza que le habían dado en el rastro y pierde una sandalia en la huida, y ambas cosas se toman como reliquias a las que seguir por sí mismas, ya que pertenecieron al maestro, sin siquiera ponerse de acuerdo sobre lo que pudieran significar. Acabamos de encontrar a un mesías decente ("y lo digo yo, que he seguido a varios") y ya hay herejes con opiniones distintas.

La bola es imparable ya. Brian se mete en el hoyo de un ermitaño con voto de silencio, le pisa el pie, el ermitaño habla, y cuando atrae a toda la multitud, ésta empieza a ver milagros por todas partes: el ermitaño "curado" de su mudez, la baya de enebro que lleva toda la vida ahí… Y empiezan a pedirle que les diga qué hacer. "Idos a hacer puñetas", les dice Brian, ya cabreado. Silencio asombrado (lógico: en la versión original les dice nada menos que "Fuck off!"). Pero ni eso funciona. "¿Cómo se hacen las puñetas?", pregunta la solícita muchedumbre (estaría bien saberlo, dicho sea de paso). Y así la cosa continúa hasta que a la mañana siguiente está media ciudad bajo su ventana. Y cuando Brian decide, ya para quitárselos de encima, darles unas enseñanzas valiosas cual rabbí bíblico, el gentío sigue en sus trece. "Debéis pensar por vosotros mismos, sois individuos", a lo que todos responden al unísono: "¡Sí, somos individuos!" "Sois todos diferentes". "¡Sí, somos diferentes!". Incluso cuando uno dice "yo no", lo mandan callar.

¿Todo esto es una parodia del cristianismo? Pues sólo si uno se da por aludido, la verdad. Lo que dice Brian es bien sensato (y hasta cristiano) y lo que se critica es la credulidad extrema, y más que eso, el retorcer la realidad hasta que esta diga lo que tú quieres oír, hasta que coincida con tus ideas preconcebidas. Esto se puede aplicar a movimientos religiosos, políticos, o a las relaciones con familia y allegados. El objeto en este caso es la religión, pero cualquiera que se comporte así y que crea que están satirizándolo en esta película, probablemente merezca creerse que sí, que aluden a él. O ella.

Al fin y al cabo, el tema central es el que recogía Umberto Eco en ‘El nombre de la rosa’, historia que se centraba en un supuesto libro donde Aristóteles elogiaba la comedia. Y como uno no se ríe de lo que teme, reírse de Dios es perderle miedo, y por tanto perderle respeto, y por tanto con una simple risa se inicia el camino que lleva al ateísmo. Y con él la pérdida de poder de la religión organizada. ¿Hay para tanto? Cada uno sabrá.

Y un detalle para terminar, de esos que hacen que la realidad sea más extraña que la ficción: uno de los pueblos británicos que prohibieron la exhibición de la película es Aberystwyth, en Gales, y su alcaldesa en 2008 no es otra que la actriz Sue Jones-Davies, la que interpreta a Judith, la novia de Brian. Bueno, pues ésta aún no ha logrado que se levante la prohibición sobre la película, casi 30 años después. Bondad graciosa.