Pocos títulos, pero cuidados

¿Necesita el mundo otro blog de cine? Pues seguramente no. Pero aquí está de todas formas. Bienvenidos a los que quieran quedarse. Lo principal que se debe saber es que este blog incluirá pocos títulos, pero tratados con espacio y cuidado (hasta donde llegan las luces de quien escribe), y que cada entrada consta de (1) presentación (sin spoilers) de cada título, para quien quiera pensarse si verlo o no, o recordar cuál era, (2) carátula, y (3) comentario/discusión de cierta extensión (con spoilers y sin avisar), para leer después de verlo.

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sábado 12 de diciembre de 2009

Sons of anarchy (2008- )

'Sons of anarchy' es una estupenda serie sobre un club de moteros (de Harleys, especifico) en un pueblecito del norte de California. Creado hace una generación por un grupo de idealistas del anarquismo, a principios del siglo XXI demuestran que los ideales siempre salen perdiendo cuando se dan de bruces con la realidad. Hay motos, chalecos de cuero, chicas con mucho escote y poca ropa, armas, drogas, bandas rivales, borracheras y reuniones de moteros cincuentones que parecen consejos de administración con mucha mala leche, donde en vez de agua mineral corre Jack Daniels.

"La primera vez que leí a Emma Goldman no fue en un libro. Yo tenía dieciséis años y estaba de autostopista cerca de la frontera con Nevada. La cita estaba pintada en un muro en rojo. Cuando vi esas palabras, fue como si alguien me las hubiera arrancado de dentro de la cabeza: "El anarquismo defiende la liberación de la mente humana del dominio de la religión, la liberación del cuerpo humano del dominio de la propiedad, y de las cadenas y el control del gobierno. Defiende el orden social basado en la agrupación libre de individuos." El concepto era puro, simple y auténtico. Fue una inspiración para mí. Encendió un fuego de rebeldía. Pero al final, aprendí la lección que Goldman, Proudhon y los otros también aprendieron: que la verdadera libertad requiere sacrificio y dolor. La mayoría de los seres humanos sólo creen que quieren libertad. En realidad, desean las ataduras del orden social, las leyes rígidas y el materialismo. La única libertad que el hombre quiere es la libertad de estar cómodo."

Los 'Hijos de la anarquía' son una banda de moteros (o mejor, un 'club', como ellos se llaman) que al lado de un par de negocios legales, como talleres mecánicos o bares, complementan sus ingresos con actividades fuera de la ley como el contrabando o el tráfico de armas. Dependiendo del estado del país en que se encuentren, también andan en prostitución, juego y pornografía. Si John Teller, uno de los nueve fundadores de los SoA, viviera hoy, ¿qué pensaría sobre en qué se ha convertido su club?

Su hijo, Jackson 'Jax' Teller (Charlie Hunnam), rubito, guapito y vicepresidente del club que fundó su padre, recién cumplidos los 30, acaba de descubrirlo. Entre un montón de trastos viejos, acaba de encontrar una especie de diario/manifiesto escrito por John donde éste escribió a máquina (estábamos en el siglo XX) lo que él creía que se estaba torciendo. Se titula 'The life and death of Sam Crow: How the Sons of anarchy lost their way'. La cita copiada arriba es lo que Jax lee en el episodio 4, cuando ya se nos ha establecido que el romanticismo de la moto y la libertad llega hasta donde llega, y que cuando hay que comer, tres veces al día a ser posible, la libertad y la moto tienen muy pocas calorías. 'Sam Crow', por cierto, es un apodo que se da el club a sí mismo, producto del acrónimo 'Sons of Anarchy Motorcycle Club, Redwood Original', o sea, SAMCRO, que se pronuncia como Sam Crow, Sam Cuervo, que suena irresistiblemente motero, con sus ecos de negrura, independencia, muerte, peligro, hado y leyenda.

Lo que más llama la atención es que partiendo de lo que parece ser un acuerdo de lobos solitarios para juntarse y separarse cuando quieran, sin ataduras ni deudas mutuas, el resultado final es una de las sociedades con más reglas, más o menos escritas o (sobre)entendidas que se pueda encontrar. Todos los miembros llevan el mismo chaleco de cuero negro con el logotipo del club, una figura de la muerte que blande una guadaña cuyo mango es un AK-47. Aunque no se ha visto a todos sin ropa, algunos lo llevan tatuado también en la espalda, con lo cual tienen la misma pinta con chaleco que sin él. Parece que una vez que se ejerce la libertad de entrar, queda uno marcado para los restos. Además, cada uno de ellos lleva una serie de parches cosidos sobre él que distinguen a unos de otros de una forma casi militar: Jax, como hemos dicho, lleva el de 'Vice-president'. Clay Morrow (Ron Perlman) lleva el de 'President'. Bobby Munson lleva el de 'Secretary'. Alex 'Tig' Trager (Kim Coates) lleva el de 'Sergeant at arms' (sargento de armas). Clay y Piney Winston (William Lucking), los dos únicos fundadores que quedan, llevan el de 'First 9'. Jax y otros llevan el de 'Men of mayhem' (hombres del caos), que no se explica mucho, pero que suena ominoso de por sí. Incluso Kip 'Half-sack' Epps (llamado 'medio-saco' porque le volaron un testículo en Iraq), que es candidato a prueba durante un año para ingresar en el club, lleva un chaleco sin parches ni siquiera logo, con la palabra 'Prospect' en la espalda. Al pobre lo tienen de semiesclavo haciendo todo lo que los demás no quieren (como por ejemplo desenterrar mexicanos muertos -no preguntéis-) hasta que pase su añito en el infierno, como si fuera del Atleti.
Aunque hay presidente y vicepresidente y todo lo demás, las decisiones se toman por votación igualitaria, con todos los votos valiendo lo mismo. Dado que uno de los miembros, Otto Delaney (interpretado por Kurt Sutter, el creador de la serie, con inigualable pinta de motero veterano), está en la cárcel, a veces hay empates a 4, y no parece haber voto de calidad, sino que la moción (que así lo llaman y todo) queda rechazada por no lograr mayoría. Las reuniones tienen lugar en el bar del club, en torno a una mesa de sequoia Redwood, con el logo del club elaboradamente tallado en el centro. Los miembros se sientan a su alrededor (a esto lo llaman a veces 'ir a misa') en escrupuloso orden de una jerarquía que como hemos visto a veces no usan. Igualito que un consejo de administración, sólo que con en botas y gafas oscuras, maría en una mano y copazo bourbon en la otra. Al tomar la decisión, el presidente golpea un mazo de juez sobre la mesa.

El grupo protagonista es el Redwood Original, el fundador del club, cuyos parches llevan también, pero tienen sucursales ('charters') en otros lugares del país, incluso uno en Belfast. Y no, no es 'Belfast, Texas' o nada así: Belfast, Irlanda del Norte, Europa. Por ley, cuando cualquier grupo necesita ayuda, se llama a los clubes más cercanos y aparece al momento un ejército de Harleys. En la segunda temporada se ve que además hay 'Nomads', que son parte del club, pero tan aversos al resto de reglas que vagabundean por aquí y allá, sin club fijo, echando una mano o lo que sea, pero sin derecho obligatorio de llamar a un club en su ayuda. Es el precio de la libertad.

La cosa se complica al respecto del tema de las mujeres. Que se haya visto, ningún miembro del club ha sido nunca una miembra, y el trato que las féminas reciben es un tanto peculiar. Por un lado, cuando hay un compromiso serio entre un miembro y una mujer, ésta es intocable para los demás: es más, es motivo de agravio serio que no se arregla con tribunales de por medio. Por otra parte, el que sea esposa legal o simplemente novia, churri o similar es lo de menos: en cuanto quede designada, pasa a ser 'old lady' ('la vieja', 'la parienta', aunque con lo de 'lady' queda más respetuoso en inglés, quizá 'la doña' sería lo apropiado) y por lo tanto monógama forzosa. Sin embargo, antes de eso, las chicas que revolotean por los bares del club son de todos y de nadie. No es ya solo que las que sean prostitutas contratadas en aquellos clubes que tengan tal negocio sean propiedad común: es que las camareras, allegadas, admiradoras, groupies y demás han de saber que así es, y que cualquiera de los (ejem) miembros que se les acerquen han de ser tratados a gusto del (ejem) miembro. Son las normas del club. Otro par de cláusulas son que si el miembro está en la cárcel parece ser aceptable mantenerle el rancho caliente a su old lady, y que si algo pasa 'on the road', se queda 'on the road'. Aunque claro, el derecho a cabrearse a cada una no se lo quitan si se entera, pero la que se meta en esto ha de saber dónde se mete. Cuando el motero molón te monta (en la moto) y son todo sonrisas y halagos, la muchacha se puede sentir como una princesa elegida entre ciento, arrastrada a aventuras con su caballero andante, pero claro, la que pretenda ser la única porque ella lo vale, y que el chico malo va a ser malo con todos menos con ella, se ha equivocado de club. Aceptar esto o no, y tolerarlo hasta que te hagan old lady es el precio de admisión.

Metidos en el tema de las mujeres, hay que destacar a Gemma Morrow, antes Gemma Teller. Fue esposa de John, el fundador, madre de Jax, y ahora esposa del actual presidente, Clay. Es la hembra alfa, la reina del club, superviviente nata, y en interpretación de Katey Sagal, la esposa real del creador de la serie, es todo un personaje. No está metida en las movidas, no va a las reuniones, se le cuenta lo justo y menos, y se queda en su curro legal en el taller, pero tiene un acceso al poder en la persona de Clay que usa sin recato. Aparte, con sus tejanos prietos y su cicatriz en el escote, producto de un ataque al corazón resultado de la mala vida, tiene una pinta de cincuentona cañera y calavera que le va muy bien al papel. Es la tigresa de la manada y la que defiende la unidad del club sobre todo. Además, en calidad de realeza perpetua, va preparando el camino para que tras tener dos maridos como presidentes, llegue al cargo su hijo Jax, a pesar de que más de la mitad del club son mayores que él. Porque otra regla que va apareciendo es que "if you can't ride, you can't reign": si no puedes montar, no puedes reinar. Piney, el otro fundador, tiene que soportar la ignominia de andar por ahí con la bombona de oxígeno en la moto (o mejor, en el triciclón ese que le hacen llevar), y Clay va sufriendo de artritis, lo cual es muy jodido a la hora de pegar puñetazos. El jefe de la manada no puede ser débil.

No está claro cómo un grupo de moteros contraculturales, varios de los cuales fueron veteranos de Vietnam (John entre ellos) llegaron a dedicarse al tráfico de armas, pero este vacío ideológico se puede llenar con sorprendente facilidad. Anarquía no significa desorden, ni violencia, ni caos, sino, etimológicamente, 'ausencia de poder'. Nada de gobiernos ni de leyes salvo las que cada individuo decida formarse para sí y para el grupo con quien decida estar. Esto significa que a la hora de organizar una sociedad donde unos necesitan lo que fabrican, construyen o plantan otros, no debe haber ningún gobierno que controle el asunto. Si alguien quiere motos, por ejemplo, ya habrá quien las haga y arregle. Si alguien quiere carreteras, alguien las construirá. Si alguien quiere pagar por sexo, juego, alcohol, ya habrá quien lo provea. Hace dos siglos, si alguien quería oro, había multitud de parias de la tierra, famélicas legiones, dispuestos a dejarse la salud, la familia, los ahorros y la vida para arrancarlo de las entrañas de la tierra. Eran tiempos de pioneros, donde no había ley ni patria ni amo, donde nadie cobraba impuestos, porque si hacía falta algo, ya habría quien lo hiciera y vendiera, y donde el espíritu indomable y los arrestos de cada uno era lo que le sacaba a uno adelante, si tenía lo que hay que tener. Que por una parte era valentía, sacrificio y trabajo duro y por otra podía ser crueldad, maldad y falta de escrúpulos.

Heredero de aquel espíritu pionero es este ideario anarquista típicamente norteamericano que empieza por un ideal de a mí no me controla nadie y acaba justificando la venta de armas porque la vida es muy dura. Sam Crow sólo vende de A a B, y no importa si quien vende es el IRA Auténtico o Al-Qaeda y quien compra son bandas urbanas de negros en Los Angeles que defienden sus drogas. Sam Crow es simpemente el Pony Express que cumple su cometido y su palabra como mercenario cualificado y luego desaparece en el horizonte. Esta desconfianza del gobierno como gente inútil y sin arrestos que sólo sabe pedir dinero es muy común aún en Estados Unidos, sobre todo en lugares pequeños y menos urbanos. Es un país donde hay políticos republicanos que dicen abiertamente que su objetivo principal en Washington es que el gobierno apruebe las menos leyes posibles, dejando al empresario emprendedor encargarse de todo, aunque eso incluya esquilmar Texas o Alaska. En esto los extremos, el motero de la marihuana y el senador republicano, se tocan.

Esto nos lleva a otro de los elementos importantes del club, que es mantener su pueblo alejado del progreso. La historia tiene lugar en el pueblo ficticio de Charming ("El nombre lo dice todo"), población: 15.000 habitantes, muerto arriba, muerto abajo. Mientras que todos los demás centros urbanos de su área van creciendo, Sam Crow está cerrando el paso a cualquier expansión económica, y no simplemente con pancartas y manifas sino llegando incluso a la extorsión. Uno de los primeros conflictos entre Clay y Jax es sobre el tema de la familia Oswald, a cuyo patriarca Clay hace caer en una trampa para tenerlo temeroso de incriminarlo en un asesinato. Su objetivo es que Oswald no venda unos terrenos a 'land developers' que conviertan aquello en lo que Clay llama Disneylandia: el enésimo centro urbano todo igual, todo dominado por franquicias, donde la gente sea un simple rebaño de consumidores de las mismas marcas que en todas partes. Cuando llega el pueblo el agente Josh Kohn (Jay Karnes) procedente de Chicago, lo primero que nota es que no hay Starbucks. Aparte, a pueblo más grande, más policía. Y también más rivales. Ahora mismo no hay sitio en Charming para más de uno de nosotros, forastero, y el resto de bandas de fueras de la ley que pululan por California se quedan por los alrededores, porque con quince mil personas no hay ni para empezar. Mantener el pueblo pequeño es una forma muy efectiva de que no haya siquiera ni rivales con los que pelear. Además, en una población tan reducida, el grupo de nueve moteros tiene su encanto, y son los reyes del lugar. Cuando Jax pasa con su moto por delante del insti, las mocitas del lugar se lo quedan mirando arrobadas, todos les llevan sus coches para arreglar al taller, todos van a las barbacoas que montan, y en suma, ven de cerca el peligrito de lo prohibido y lo transgresor, pero sin necesariamente caer en él. Sólo estar cerca de ellos ya mola. Pero en un sitio mayor de tamaño, la cosa ya igual no tiene la misma gracia.

El club también hace por merecerse su papel. Por ejemplo, aunque se den al alcohol, el tabaco y la maría, tienen prohibida la venta de drogas en el pueblo, y cuando se produce una violación de una adolescente, la familia no duda en acudir a ellos además de a la poli, esperando que la guadaña de Sam Crow sea la que encuentre antes al autor. En este sentido aquí somos todos Amerigo Bonasera, pidiéndole a Don Corleone que haga justicia por nosotros. Justicia de la de antes. Hay quien ha dicho que en el fondo ésta en una serie de mafiosos, con chupa de cuero en vez de trajes, y en este sentido así es, así como en el de las normas de un grupo muy cerrado. Pero si nos ponemos a comparar cosas con cosas, una vez oí de un estudio que comparaba a 'Los Soprano' con las novelas de Jane Austen: en el fondo son las dos una comedia de modales, donde cada persona ha de tener una manera de comportarse previamente determinada, sea romper rótulas o sacar a bailar a la señorita Bennet, y donde quien no se porta como se espera de él (o ella) sufrirá las consecuencias, sea una bala en la sesera o no volver a tomar el te juntas. Podemos estar así hasta el infinito y más allá.

En común con las bandas de mafiosos está el tema de la lealtad y del silencio. Parte de lo que hacemos es ilegal, majete, y a quien pille la pasma, se calla, se aguanta y se come los años de trena que le pongan. Más que nada porque una vez dentro de la trena te vas a encontrar con miembros de bandas rivales, y como no tengas aliados, hasta ahí llegaste. Nuevamente, se trata de la supervivencia, la individual y la de la manada que te la garantiza.

El creador de los Hijos, Kurt Sutter, trabajó antes en otro pedazo de serie que tengo que hacer aparecer por aquí un día de estos, que es 'The shield'. En ella se siguen las aventuras de un poli corrupto, y a pesar de que esto se sabe desde el capítulo 1, el espectador se pone de parte de él continuamente. El jefe de esa otra serie, Shawn Ryan, dijo que le había sorprendido en este sentido la importancia del punto de vista, es decir, que no importa que el prota sea malo: si es el prota, y se lo presenta como tal, el público enseguida admite que es a ese a quien tiene que seguir e incluso 'apoyar' moralmente, mientras que sus antagonistas pasan a ser los malos, aunque representen a su vez a la ley y el orden. Dice Ryan que siempre le preguntaban en mitad de cada temporada: "¿Cómo se va a librar Vic esta vez? ¿Cómo va a patearle el culo al que le está tocando la moral?" Nunca le preguntaban cuándo va ese capullo de Vic a recibir su merecido.

Obviamente, una manera de hacer parecer algo malo bueno, o al menos menos malo, es que aparezca al lado de algo peor todavía, de igual forma que cuando alguien se pinta la cara de blanco sus dientes parecen amarillos. Vic Mackey era corrupto, pero era el único que podía con las bandas de criminales de Farmington, y además muchos de los otros polis que iban a por él eran igual de corruptos o peores que él mismo. Algo así pasa en 'SoA', y el tono gris de malos/buenos que tiene la serie, aparte de ser una característica muy moderna, está heredado de 'The shield'. ¿Es Sam Crow bueno o malo? La pregunta no tiene respuesta positiva posible. Incluso en su tratamiento de otros delincuentes, como violadores y pandilleros, son ellos mismos unos criminales, pero al final el espectador acaba 'rooting for' ellos: deseando en su raíz que ganen, que se libren, que arreglen sus desaguisados, y que al final, quizá, puedan volver a las enseñanzas de John Teller y vivir sus ideales. Mientras, para ayudar a la estima del espectador, tenemos a una banda de nazis (miento, dos bandas de nazis), otra de mexicanos, otra de negros, otra de irlandeses del IRA, y a la propia poli incapaz y corrupta. Así, los Hijos son un tanto insensibles al feminismo, como se ha visto, pero no son racistas: uno de sus miembros, Juice, es hispano (nombre real: Juan Carlos Ortiz (Theo Rossi)), otro es judío, (Bobby, cuyo hobby es imitar a Elvis), y la propia Gemma dice tener antecedentes judíos "de la rama rusa cabreada". Venden armas a todos, o a nadie, y si han de cortar con unos para vender a otros, es por necesidades de mercado, no prejuicios raciales. Obviamente, no se cortan en su vocabulario colorista, pero tampoco se pican con quien se mete con ellos. Por contra, los Nords son nazis de los de cruz gamada tatuada en el gaznate, para que no haya dudas, y cuecen drogas a las puertas del pueblo. Luego llega la Liga de Nacionalistas Americanos, que van de traje y tal, y no son nazis, no, son separatistas. Quieren separarse de todos los que no sean blancos. Los negros son los One-Niners, que aparecían también en 'The shield', y son los que compran rifles de asalto para usar en medio de Los Angeles u Oakland. Y por último están los Mayans, la banda de mexicanos que vaya por Dios, son también moteros. Me parece lógico que Sam Crow tenga antagonistas mexicanos, dado que estamos en California, pero que sean moteros también es un poco demasiada coincidencia, ¿no? Hasta los chalecos son iguales, y sólo cambian el logo y los parches. Los de los Mayas dicen 'Asesinos de Dios', en español en el original. Toma ya (lo que no queda claro es si lo de 'asesinos de Dios' significa que matan en nombre de Dios o que han matado a Dios). En medio de todos estos, ¿qué es lo peor que hacen los Hijos? Vender de unos a otros. Y eso si, tomarse venganza física sobre quien les hace algo. Pero así es la calle, bro. Se llaman a sí mismos outlaws. Atento a las pistas.

Otra cosa curiosa es la influencia shakespeariana. Pues sí, como lo oyen. Las figuras principales tienen un tanto de Hamlet y de Macbeth que está metido ahí a propósito. El padre muerto de Hamlet se le presenta como fantasma, y el de Jax se comunica con él por medio de su manuscrito. Los dos son herederos al trono (Clay incluso llama a Jax así), y a Gemma se la llama la Reina de los Moteros, o la Reina de Charming regularmente. Gemma, con su pinta de poder en la sombra, es más Lady Macbeth, incluyendo el justificar 'actos de estado' como hacer desaparecer a tal o cual rival. Aún no sabemos la verdad de cómo murió John, y Ron Perlman ha dicho que está seguro que la historia va a acabar a lo Hamlet. Sólo que en medio de una lluvia de balas de AK. Pues ahí queda eso, para los intelectuales. Que a nadie le sorprenda encontrar algo así en medio de una historia de moteros. Los hay que son una panda burros, pero hay muchos que son muy cultos y leídos, y se supone, por las referencias que hace John, que inicialmente el club era así. De hecho, me gustaría ver un poco del lado político e intelectual del club, o al menos de los más mayores. Estoy seguro de que hace años citaban a Marx, Kerouac, Rousseau o Sartre como quien recita una alineación. Vaya punto que va a ser escuchar a Tig hacer algo parecido.

En fin, se me queda un montón de gente en el teclado, como las churris de Jax, los polis locales, la Federal cachonda, Chibs el escocés, que fue criado de Rusell Crowe en 'Gladiator', y cuyo acento es la caña ("Jauli mádaracraaaist"), y sobre todo Opie y Donna, que viven el lado menos glamuroso del tema, que es cuando se baja uno de la moto y tiene que apartar una montaña de facturas para entrar en casa, esperando que su old lady y sus dos críos, niño y niña, recuerden su cara barbuda. Sólo puedo decir que esta serie hace un uso extremadamente efectivo de las dos cosas que tienen las series a su favor sobre el cine, que son el tiempo de que disponen y la capacidad de usar repartos amplios. Al principio claro que hay topicazos sobre el motero de peli de toda la vida, pero luego se va matizando quién es cada uno y la persona y los motivos que hay debajo, cosa que no hay tiempo de tratar en cine. Aparte, el número de personajes es enorme, desde los 9 moteros del club y el candidato, pasando por familias varias, enemigos, polis, políticos y demás, que ofrecen la posibilidad de refinar cada personalidad en función de lealtades a unos y a otros. ¿Podrá dejar Opie el club? ¿Qué hará Donna si no? ¿Qué debe hacer un miembro cuando otro se salta la disciplina de partido? ¿Se va a chivar alguien de algo alguna vez y acabar con esta vida? ¿Qué va a pasar cuando el jefe de policía a quien tenemos en el bolsillo se retire por edad y por cáncer? ¿A quién acudirá la ex de Jax cuando la persigan?

Suficiente para mantener intrigados a todos. Recomendada sin reservas.

domingo 25 de octubre de 2009

Le llaman Bodhi (1991)

Ocho años antes de aprender kung-fu para 'Matrix', Keanu Reeves aprendió a hacer surf para esta gran película de acción que aun teniendo escenas espectaculares y fotografía de postal, está por encima del blockbuster de verano típico de los 90. Ese algo es el recientemente fallecido Patrick Swayze, un diablo con quien uno se iría hasta el fin del mundo antes de darte cuenta de que ya le has vendido tu alma. Hay quien la llama película de culto, pero me cabe la duda de cómo de conocida o apreciada es casi dos décadas después. Todo el mundo tiene debilidades más o menos justificables, y ésta es una de las que recomiendo ver o revisitar.

Hay un episodio de ‘Friends’ en el que la pareja formada por Ross y Rachel discute sobre sus mitos eróticos, y medio en serio medio en broma acaban haciendo una lista de cinco nombres cada uno que el otro les perdonaría si se acostaran con ellos o ellas. Porque claro, poder hacerse un cortao con Viggo Mortensen, o Angelina Jolie, o quien elija cada uno en plan aquí te pillo aquí te mato, y luego volver a la normalidad, eso debería poder perdonarse. Que los mortales normales no tienen ocasión de cosas así a menudo.

Bueno, pues mi ex y yo no llegamos a tanto, pero nos perdonábamos un par de babeos mutuos sin poner cara de vinagre. Ella me perdonaba a Kim Basinger y yo a Patrick Swayze. Por coincidencia, ambos pensábamos ya de antes que los dos eran gente guapa más allá de lo común. Swayze era un tío muy guapo de cara, pero no en plan relamido adolescente que se lleva ahora, sino guapo de postal pero con consistencia. Nada que ver con John Wayne o Gary Cooper, pero con su punto. Antes de que se llevara lo del metrosexual, él ya lucía pómulos altos y además tenía una gran elegancia al moverse, producto de haber hecho ballet clásico y patinaje (era hijo de coreógrafa), pero sin ir de blandengue para nada. En 1987, tiempos donde lo que mandaba en las carteleras eran los musculazos de culturista de Stallone y Schwarzenegger, él provocaba agua de limón a base de enseñar a bailar en ‘Dirty dancing’. Años más tarde, no se le cayeron los anillos por hacer de travesti en ‘A Wong Foo: gracias por todo’. Eso es un hombre seguro de sí mismo.

Swayze (pronúnciese Suéisi) murió el 14 de septiembre de 2009, a los 57 años. Y a pesar de que es más conocido por ‘Dirty dancing’, ‘Ghost’ y la serie ‘Norte y sur’, a mí siempre me ha parecido que su mejor papel es éste de Bodhi, el surfero veterano y peligroso que arrastra a jóvenes, jóvenas y agentes del FBI al lado kamikaze de la vida.

En cualquier película que protagonizara, a mí siempre me daba la impresión de que se tomaba sus papeles extremadamente en serio, y que el film (nunca llegó a protagonizar grandes obras de arte, por otro lado) salía mejor de lo que hubiera podido en su ausencia. ‘Dirty dancing’, por ejemplo, estaba planeada para irse casi directa al videoclub tras una semanita o dos en los cines. En vez de eso, fue un pelotazo por todo el mundo, Swayze fue nominado al Globo de Oro, y la película se convirtió en la primera en la historia en vender un millón de cintas de vídeo. Su frase “Nobody puts Baby in a corner”, con la que ‘rescata’ cual caballero andante a la adolescente sobreprotegida por sus padres se convirtió en el sueño ideal de la muerte de púberes y prepúberes por todas partes, deseosas de que las dejaran llegar media hora más tarde a casa. Y de sus madres, deseosas de un guapetón que las saque a bailar y luego un revolcón a la luz de las velas.

Lo mismo puede decirse de ‘Norte y Sur’ y ‘Ghost’. La primera intenta ser un 'Lo que el viento se llevó' para la pequeña pantalla, con pasiones desatadas, bellos traumas guerreros, bailes entre cañones y galantes caballeros sureños (Swayze era de Texas) que sacan a la señorita Calata a marcarse un vals antes de partir a cumplir con su deber por la patria, a pesar de no compartir sus equivocados ideales. Su papel, el de atormentado gentilhombre del Sur, pleno de ardor guerrero, anticuado sentido del honor y perfectos modales sobre todo para con las mujeres, era el más lleno de tópicos, pero él lo convierte en creíble, a base de mandíbula prieta y mirada de azul acero. ‘Ghost’, por su parte, es una historieta romántica de fantasmas y amor tras la muerte y la desgracia, donde de nuevo él se apaña para sacar metal valioso donde no lo hay, pasando por encima de Demi Moore y de Whoopi Goldberg sin problemas. Y bueno, lo de moldear barro, convirtiendo materia blanda en (ejem) dura, a base de humedecerla y manejarla, pues que cada uno lo valore e interprete como quiera, si es que tiene más de una lectura.

Y por fin, esto mismo pasa en ‘Le llaman Bodhi’. Puede quedarse en una simple historia medio tonta de balas, surferos, paisajes exóticos y deportes semi-extremos (y se disfruta mucho viéndola sólo como tal, por cierto), pero la presencia de Swayze electriza cada escena en la que sale. Bodhi es un surfero adicto a la adrenalina que atrae a su alrededor una corte de jóvenes en busca de diversión a base de testosterona: sol, playa, tías buenas, fiestorras en casas enormes donde todo es de todos y todos son de todos, hogueras en la arena, partidos de fútbol americano nocturnos a la luz de jeeps… La cumbre de lo ‘cool’. No ‘guay’, ni ‘molón’, ni ‘prestosu’, ni ningún otro adjetivo español vale. Bodhi es cool, y quien lo ve, de mayor quiere ser como él. Owen Gleiberman, crítico de ‘Entertainment Weekly’, escribió en su reseña: “Esta película hace que los que no nos pasamos la vida buscando el subidón definitivo nos sintamos como ciudadanos de segunda clase. Convierte la temeridad atlética en una nueva forma de aristocracia.”

Eso es exactamente lo que Bodhi encarna. Quien mola es él, y los demás son muerto vivientes. Aunque no se menciona en ningún momento las edades de ninguno de los personajes, está claro que la intención es que Bodhi sea década y media, al menos, mayor que la pandi que lo rodea. Como curiosidad, Swayze tenía 39 años cuando se rodó el film, y es la edad perfecta para Bodhi. Todos los veinteañeros que lo rodean, y que podrían estar pensando que lo del surf, las hogueritas y las fiestuquis es una fase pasajera para veranos y fines de semana, fase que se les acabará pasando en cuanto papá corte la paga y mamá llame a cenar, tienen un atrayente ejemplo de cómo la fiesta puede durar toda la vida. Grommet (Bojesse Christopher), uno de sus acólitos, resume lo que la ex de Bodhi, Tyler (Lori Petty), define como “esa mierda banzai que predica”: “No voy a vivir para llegar a los treinta”. Pues Bodhi lo ha hecho. Ha encontrado la manera de alargar el orgasmo, y la gente se le pega, preguntándole, como Marcos Mundstock de Les Luthiers: “¿Nos puede decir cómo hace?”

La cita de Gleiberman puede ser una exageración (y que quede claro que se refiere a la vida vista desde el punto de vista de Bodhi, no a que él apoye tal idea), pero por ejemplo, cuando la banda de Bodhi se tira en paracaídas arrastrando con ellos al agente Johnny Utah (Keanu Reeves), no es difícil que te entren unas ganas tremendas de buscar por internet a ver dónde hay agencias de deportes de naturaleza con las que darse un homenaje similar, tras sentirse como un idiota por no haber probado nunca a hacerlo, aunque sea sin haber robado unos cuantos bancos antes. Ese tipo de sentimiento que provoca pensamientos de “quién pudiera ser así y disfrutar de estas cosas” es lo cool. Luego lees que ninguno de los tres protagonistas sabía surfear (Swayze había subido a una tabla “un par de veces”, Reeves nunca, a pesar de ser hawaiano, y Petty nunca se había metido siquiera en el mar), y que Swayze saltó 55 veces en paracaídas para la filmación, y te entran ganas de dejarlo todo y planear una secuela pa rodarla durante el puente del Pilar con cuatro colegas y una videocámara del Media Markt. Luego te llega la hipoteca y te acoquinas.

Sin embargo, dentro del círculo de iniciados de Bodhi hay un círculo aún más exclusivo, y “aristocrático”, por usar la frase de Gleiberman, que es el de los que están dispuestos a hacer algo drástico para alargar ese estilo de vida: asaltar bancos para pagarse los viajes alrededor del mundo en pos del verano eterno, donde éste vaya yendo, y añadir además otra fuente de adrenalina, ésta no de quita y pon. Esto va en serio, y como no pilles la ola bien, te vas a la cárcel, y se acabó el verano, y el otoño, y la primavera y todo. El papel de Bodhi aquí es el de reconocer a quién puede llevar ese gen extremo dentro y explotarlo. Así se ha hecho su banda.

La filosofía de Bodhi es mantener vivo una especie de espíritu humano primigenio basado en la excitación permanente, espíritu que está quedando arruinado por toda esa gente metida en sus “ataúdes de metal” en el atasco de tráfico de cada mañana camino del trabajo. El hecho de que la banda se llame ‘de los ex presidentes’, usando máscaras de Reagan, Carter, Johnson y Nixon, no es casual. Es una rebeldía contra los políticos, los que ordenan la sociedad. Rebeldía siempre muy popular, como prueba el mero hecho de que existan máscaras de ex presidentes, para empezar, pero que rara vez va más allá. Todos los políticos son caricaturizados en viñetas y televisión, pero el sistema no cambia. Unos cuantos chistes más menos crueles y ya está. Por otra parte, los bancos son fuente de dinero, pero más fácil sería quizá robar otros sitios de menos riesgo. Aunque no hay ninguna diatriba explícita anti bancaria (que sería fácil hoy, pero inexistente en unos 80 alargados, que es cuando estamos), los bancos no dejan de ser parte del status quo, y los atracos reflejan la ideología inconformista, aunque limitada, de Bodhi, cuya contestación no se dirige a querer mejorar la sociedad, sino a buscar una forma de alimentar su hedonismo, burlándose brevemente de su enemigo ideológico, y luego saliendo por piernas, a la vez que disfruta de sus beneficios, en forma de dinero, viajes y tecnología. La admiración que despierta Bodhi está muy lejos de ser la de Gandhi o incluso Robin Hood.

No obstante, esta banda no está a su altura, ni mucho menos. Ninguno de sus componentes, tres surferos y un matarife de cuchillo fácil, parecen demasiado interesados en filosofías, y cuando las cosas se empiezan a torcer, se convierten en marionetas en manos del gurú. El principio del fin de Bodhi viene por no darse cuenta de lo lejos que está yendo, y de ignorar que no lleva compañeros de viaje adecuados.

El agente Johnny Utah sí que tiene este gen, y Bodhi se lo encuentra enseguida. Utah, obviamente, sigue a Bodhi sin chistar, ya que está buscando infiltrarse entre la tribu de surferos para descubrir cuáles de ellos están robando los bancos, pero su experiencia va más allá del encontrar un simple disfraz. Utah disfruta de todos los elementos de la vida surfera, como la actividad física, el sexo y las noches sin dormir, pero a ello añade su propia capa de adrenalina extra: la incertidumbre, el conseguir engañar a un montón de personas, el riesgo de ser descubierto, el vivir una doble vida, el aprender a dominar a la naturaleza, en forma de las olas y la tabla de surf, e incluso el ligar a base de mentiras. Un detalle que puede pasar desapercibido es que Bodhi reconoce a Johnny como antigua estrella de fútbol americano universitario, y por una gloriosa noche, Johnny vuelve a estar bajo unos focos nocturnos lanzando pases, tirando blocajes y marcando touchdowns. Revive sus sueños de juventud, la carrera deportiva que no pudo tener, y la excitación de ser admirado por sus proezas deportivas. Mientras que para el grupo de surferos la cosa acaba al salir del mar, Johnny vive un chute permanente, pasando de surfear en plena noche a acostarse con Tyler en la playa a irse a toda prisa a una redada a la mañana siguiente y a luego aguantar el chorreo del jefe. Total, tío.

Supongo que no faltará quien vea en Bodhi y Johnny la típica lectura homoerótica. Que en el fondo éstos lo que quieren es desayunar los fluidos corporales del otro. Pues allá cada cual, pero me parece una postura (juas) tremendamente decepcionante, limitadora y hasta castrante. Si cada vez que una persona se lleva bien con alguien de su mismo sexo significa que desea meter la cabeza entre sus piernas, la gente no haría otra cosa en la vida. Aquí se trata de cosas como el aprendizaje, la admiración, el descubrimiento de cosas que no habías sentido antes, cosas que apelan a centros de placer de todo tipo (intelectual, emotivo, sensorial, vital, etc), porque significan hacer progresar tu personalidad y hasta tu ego, pero no tienen por qué manifestarse en lo sexual. Puede ser quien sepa hablarte de filosofía, o quien te sepa contar cuentos, o cantar, o ir en moto, o contarte cosas que no sabías. Puede ser de tu misma preferencia sexual o no. Puedes ser mayor o de tu edad, pero no tienes por qué desear compartir experiencias sexuales con esa persona. Johnny piensa que Bodhi es la caña, pero luego se va a tirarse a Tyler concienzudamente. Normal. Por su parte, Bodhi lo que busca no son efebos a los que manosear, sino ser el centro de atención: ser admirado, incluso idolatrado, que es una de sus drogas. La falta de mujeres en la banda probablemente sea una simple señal de que Bodhi aplica su personal sistema de selección natural: aquí no vale cualquiera para esto, y si las tías no valen, no vienen.

Lo cual me parece otro acierto, la verdad. Porque la película, a todo esto, está dirigida por una mujer, Kathryn Bigelow, que de aquélla estaba casada con James Cameron, y lo más elogioso que se puede decir (y en ese sentido lo digo) es que no se nota que la directora sea mujer. Nada de convertir la peli en un estudio subliminal en temas de feminismo y denuncia social: es un grupo machista y basado en la testosterona, y así se refleja, pero sin tijeras de capar. Tampoco se convierte en una excusa para mostrar a superwomen de diseño, rollo ángeles de Charlie, que lo mismo te montan una moto que te roban un banco sin despeinarse, en escorzo y con el culo en pompa. La única chica de la historia es Tyler, que es pequeñita, menudita, avispada, respondona, y cuando un tío la rapta, no puede con el tío, lo cual es normal. Nada de derribar tíos como castillos con un tacón en el ojo y cara de mala leche de diseño. Y por último, tampoco es un documental intimista, a ratos agónico, a ratos modoso, sobre la soledad, y el abandono, y la adaptación a una sociedad que blablablá en medio de música emo. Nada de eso. Es un pedazo película de acción con unas secuencias de acción, valga la redundancia, cojunudas, valga el taco. La persecución a pie de Bodhi y Johnny es una pasada, y un curso de cómo usar una steadycam para que se vean las cosas, no como se hace ahora, que no se ve un pimiento. Los saltos en paracaídas son visualmente impresionantes, y las escenas de surf están filmadas con gran belleza. Todos los efectos, hechos antes del ordenador para todo, aguantan perfectamente y no dan cantes en absoluto.

El final también está muy bien, que es donde patinan mucha pelis de buenos y malos. Obviamente, no se puede condonar lo que hace Bodhi dejándolo librarse, pero la forma en que se le aplica su castigo resulta muy apropiada. Parecerá hasta ñoña, según se mire, pero muestra hasta qué punto a Johnny se le ha metido la droga de Bodhi en el cuerpo: lo ha perseguido por medio mundo, sin dejar de surfear. Sabía dónde iba a acabar su viaje, porque Bodhi ya le había dicho dónde estaría ese otoño, en esa apocalíptica tormenta de los 50 años que producirá “the biggest surf the world has ever seen – and I will be there”. A pesar de todo, ambos llegan allí, y muestran las peculiares reglas que se han hecho los dos, aisladas de las leyes del mundo que les rodea: Johnny miente a la policía australiana y no detiene a Bodhi, dejándolo que se mate de la forma que siempre quiso, terminando sus días siguiendo su propio código. Llegados a este punto de la historia, Bodhi ha creado tal mística en torno a sí mismo que aunque nos dice que “hay acantilados por los dos lados, y no me voy a ir nadando hasta Nueva Zelanda”, acabamos pensando que quizá encontrará una forma de librarse. O mejor no, porque ¿cómo va a encontrar una manera mejor de cerrar su leyenda?

viernes 2 de octubre de 2009

V (1983-85)

'V' fue una miniserie seguida de otra miniserie seguida de una serie propiamente dicha sobre visitantes alienígenas que primero vienen a la Tierra en son de paz, a sentarse a cenar con nosotros, por así decir, y luego a cenarnos a nosotros. Pero no todo está perdido, probos terrícolas, porque, de consonancia con una gran tradición ochentera, sólo hacen falta cuatro americanos, unas metralletas de mano, unos enemigos sin puntería ninguna, un chicle, unos polvos mágicos, unas chupas de cuero y un Commodore 64 para salvar el planeta.


'V' es televisión de los 80 en estado puro, y eso tanto para lo bueno como para lo malo. De lo bueno, en realidad, no sé si habrá mucho, pero la gran mayoría, por no decir todas las reseñas que se pueden encontrar colgadas en internet hoy día tienen en común estar hechas por gente que vio la serie de pequeñito, se la guardó en la mollera con el afecto que todos tenemos por esa tiempo de nuestra vida (si se tiene una niñez medianamente normal, por supuesto) y, dado que la patria de una persona es su infancia, al volver a verla ahora que ha salido en dvd (superelegante, con su V roja sobre fondo negro), por un lado se ríe de lo cutre que en el fondo era, de lo viejos que se han quedado los efectos y de los fallos sin cuento que tiene, pero rehúsa hablar mal de ella. Qué se le va a hacer. No todos tuvieron la suerte de crecer con mitos como Errol Flynn, John Wayne o incluso ahora con el presi Bartlet o Tony Soprano. 'V' va en el archivo de la cinta de cassette junto al 23-F, el Spectrum 48K, el Naranjito, el 12-1 a Malta, las camisetas del Osito Misha del Cola-cao, el Pac-man (vulgo Comecocos), McGyver, JR, Duran Duran, los 99 red balloons de Nena y Kim Basinger como chica Bond, entre otros engendros / genialidades de lo que algunos llaman la Década Que el Buen Gusto Olvidó.

La serie, o conjunto de series, consta de una primera miniserie de tres horas en dos episodios emitidos en días consecutivos (el 1 y 2 de mayo de 1983), una segunda miniserie llamada 'The final battle' de tres episodios y cuatro horas y media de duración, emitidos justo un año después (el 6, 7 y 8 de mayo de 1984), y finalmente una serie convencional de 19 episodios de 47 minutos que se emitieron entre octubre de 1984 y marzo de 1985, terminando justo cuando Mijaíl Gorbachov era nombrado presidente de la URSS. En España se ha emitido varias veces, a menudo cortando los episodios más largos en rodajas de una hora, para que pareciera todo la misma serie, con lo cual a veces faltaban créditos o salían en mitad de la emisión. En una época en que sólo había una cadena de televisión, la serie fue un pelotazo, y los trajes de los visitantes, que aún hoy tienen su punto disfracesco-nazi-sadomaso-misterioso hicieron furor en los carnavales. Además, las pegatinas de la TeleIndiscreta, que era lo que había en vez de spoilers, estaban por las carpetas, semáforos, pizarras y espaldas de las chavalas (para así poder decir tranquilamente "mira, una lagarta") de toda España.

Las dos miniseries son bastante superiores a la teleserie última, que se vio afectada por bastantes cortes de presupuesto y por la obligación de estirar la historia reduciéndola a misiones de quita y pon donde la Resistencia entraba como Pedro por su casa en cualquier nave, cuartel, campo militar o fábrica visitante sin mayor plan que robar un uniforme y correr entre balas (perdón, láseres, o lo que demonios fuera aquello que hacía fshwumm) que nunca te daban, y vuelta a empezar la semana siguiente.

Nada más verla resultaba claro que aquello estaba basado en los Nazis: los visitantes vienen todos de uniforme, con sus brazaletes y botas negras, y con un símbolo que, como leí por ahí, "parece una esvástica que ha estado al sol demasiado rato". Tras conseguir la buena voluntad del pueblo con promesas de progresos inimaginables, se descubren sus verdaderas intenciones, que incluyen el exterminio y sometimiento de sus invadidos enemigos. Además, por si alguien no lo pillaba, una de las familias protagonistas es judía, con un abuelo superviviente de campos de concentración, cuyo nieto acaba metido en un grupo llamado 'Amigos de los Visitantes' que son unas Juventudes Hitlerianas en marrón y todo. Ese anciano es quien enseña a los jóvenes protestones a pintar una V roja sobre los pósters de liberté, egalité y fraternité intergalactique. Lo reseñable también es que, a pesar de la Guerra Fría es la que se estaba, no hay en realidad puyas contra el comunismo, como no sea ponerse paranoicos con que los uniformes de los visitantes son rojos.

El creador de la serie, Kenneth Johnson, dijo que la idea original era hacer una serie sobre un movimiento fascista en Estados Unidos, pero que no encontró comprador y entonces decidió reciclar la idea usando alienígenas, que recién aterrizado 'ET' y todo el mundo esperando 'El retorno del Jedi' eran la moda del momento. Lo único que había que hacer era cambiar la persecución a los judíos por una persecución a los científicos, y listo. ¿Por qué los científicos? Porque como los visitantes vienen caracterizados cubriendo su aspecto de lagartos (no se les puede llamar reptiles, porque no reptan, sino que andan sobre dos patas -o piernas-), creen que quienes primero pueden pillarles son los que tienen conocimientos de biología, medicina y demás. Además, en lo dramático así se replica el motivo de la persecución contra un determinado grupo al que uno pertenece sin poder remediarlo. No es una lucha contra un enemigo que decide pelear contra ti, sino contra quienes tienen el infortunio de tener una etiqueta colgada, decidan ellos resistirse o no. Bertolt Brecht fue una de las influencias reconocidas por Johnson. Así, vemos cómo el hijo del abuelo judío, americano burgués de segunda generación, no quiere ofrecer escondite a su vecino paleontólogo, mientras que el abuelo no duda en ayudarlos. En tres generaciones tenemos al resistente desconfiado, al crédulo avestruz y al joven desencantado que se une a los visitantes simplemente porque no le va bien en el colegio, los padres lo abroncan (sin demasiada severidad tampoco) y quiere impresionar a la vecina que le mola con el uniforme, la pistola y la gorra de plato.

Las miniseries tienen un gran número de personajes, algo bastante difícil de mantener para una historia de sólo unas pocas horas. Aparte de la familia judía, está el cámara de televisión Mike Donovan (Marc Singer), que será quien descubra las verdaderas intenciones y apariencia de los visitantes. Este tiene un hijo de 12 años, que prácticamente vale sólo para que lo capturen, lo rescaten y lo usen de chantaje, y una madre que, para mayor conflicto de personajes, se convierte en la principal colaboradora de los visitantes, porque cree que no pueden perder. El segundo marido de ésta tiene una fábrica, que ella le insta a ofrecerla a los visitantes para que fabriquen el compuesto químico que dicen que necesitan para su planeta. En esa fábrica trabaja un obrero negro y xenófobo que se pone en contra de los visitantes no por sus planes, que no se conocen, sino porque son de fuera, y raros, y vienen a quitarles el trabajo. Este obrero tiene dos hijos, uno de los cuales es médico de bien y el otro ladrón de poca monta (de nuevo, extremos en la misma familia), y los tres acabarán juntos en la Resistencia, cada uno con sus motivos y capacidades. Con este médico trabaja Julie Parrish (Faye Grant), una rubia muy mona, estudiante de medicina, que se encargará de curar gente (sean humanos o visitantes), preparar pócimas, venenos y antídotos, hackear ordenadores (es todo ciencia, qué más da) y de vez en cuando pegar cuatro tiros, y ser raptada y torturada y secuestrada.

A todo esto, el paleontólogo tiene una hija, Robin (Blair Tefkin), que va y se enamora de un visitante, porque es guapo y tal, cosa que aprovecha la oficial científico de los visitantes, Diana (Jane Badler, espléndidamente venenosa y desdeñosa, de lo mejor de la serie) para conseguir el primer bebé intergaláctico de la historia (otro recuerdo a las atrocidades nazis). Bueno, dos bebés, porque la gran sorpesa es que serán dos, gemelos, uno con apariencia humana y otro (shock, horror) con pinta de lagarto, pero que muere a las pocas horas. De todas formas, el muñeco debió de molar tanto que lo volvieron a sacar en la teleserie más tarde en un 'parto lagarto' de verdad.

Cómo es posible que dos especies de planetas, y hasta de galaxias distintas, puedan tener descendencia podemos dejarlo un poco al margen (junto a cómo es posible hackear los ordenadores visitantes desde la tierra con una máquina de escribir eléctrica -si al menos los visitantes usaran Windows, sería comprensible, pero ni siquiera-), pero uno de los puntos interesantes con que a veces sorprende la serie aparece en esta trama:cuando Robin sabe que está embarazada del visitante, decide abortar, y cuando se ponen a ello tras una reunión trascendental, donde hasta hay un cura, resulta que el aborto es imposible, porque la muerte del feto mataría a la madre. Es una pena que se salieran por lo fácil, pero es comprensible que quisieran mantenerse dentro de los cauces del entretenimiento y no quisieran meterse en política.

Entre algún que otro punto interesante, como en el de unirse por encima de las diferencias contra eun enemigo común, hay muchas más veces en las que se ve que es una historia de juguete, como por ejemplo en que la Resistencia siempre se sale con la suya: siempre destruyen el peligro inmediato, siempre son rescatados, y cuando se ven en una disyuntiva, como entregar a alguien a cambio de otra persona, se las arreglan para liberar a los dos sin sufrir consecuencis, con lo cual no hay conflicto ninguno. Donovan aprende a volar en naves visitantes con la gorra (literalmente), y cuando alguno de los resistentes acaba muriendo, más parece un recorte de presupuesto que un momento emotivo. Así, poco a poco vamos entrando en ese tipo de territorio en el que el espectador ha de decidir si se deja llevar y disfruta o se queja de todo y se va, territorio en el que se pueden considerar las cosas como motivos consagrados de un género establecido o como convenciones gastadas, aburridas y que hasta insultan la inteligencia del espectador. Otros ejemplos, aparte de los tiros fallados y los ordenadores superinteligentes son que los aposentos de los jefazos visitantes en la nave nodriza tengan ventanucos que dan a unos conductos de ventilación por los que pueden infiltrarse los resistentes tranquilamente, y que cuando éstos lo hagan siempre los pillen en una conversación crucial. O que los visitantes hablen en inglés incluso cuando están solos (una simple explicación que se podría dar es que en el planeta de origen también hay idiomas diferentes, y por lo tanto a veces lo único que saben en común es el idioma del país terrícola donde están destinados, pero ni se molestan). O que incluso tras saberse su aspecto real, sigan gastando recursos en ponerse apariencia humana. O que la táctica de asalto de la Resistencia sea entrar a lo loco en una furgoneta, bajarse todos y ponerse a disparar desde DELANTE de ella hacia posiciones elevadas y parapetadas, sin cubrirse si nada. O que los centinelas siempre estén mirando para otro lado. O que a pesar de la suprema incompetencia de los jefes para acabar con los resistentes, nunca los ejecuten primero y luego los juzguen al amanecer.

Pero en fin, al final, uno, quizá para no quedar como un idiota a quien camelaron de crío, se queda con momentos y detalles tontos y para toda la vida. Ese Willy, el lagarto bueno que luego resulta que era Robert Englund, alias Freddy Kruger. Esos vaqueros ajustados con zapatillas de deporte que llevaba Donovan. Esas melenonas de videoclip que se gastaban las lagartas Diana y Lydia, una morena y una rubia. Ese Michael Ironside, otro icono de los 80, que en la segunda miniserie vino a darles caña a los amateurs de la Resistencia. Esas naves sobre los cielos de todo el mundo, que luego copió 'Independence day'. Esas secuencias repetidas varias veces, como la del piloto de nave visitante que se la pega, y que es la misma en cuatro episodios distintos. Esas rayas a modo de galones sobre el pecho, que te colocaban en seguida cómo de malo era el visitante. Ese Martin quintacolumnista, que cuando vino su hermano gemelo resulta que tenía la misma cara humana y todo. Ese polvo rojo venenoso, que seguro que lo hicieron rojo para poder usar pimentón sin más y dejarse de gaitas. Esas noticias semanales de la Resistencia del resto del mundo, donde una vez salió Córdoba, con un tipo que decía "España por los españoules". Y el momento icónico, esa Diana de mentira comiéndose un bicho entero y que parecía el no va más de los efectos especiales.


En noviembre de 2009 se estrena una nueva versión de la serie. Puede que resulte como 'Galactica' y que sea mucho mejor, más compleja y menos de evasión, dentro de lo que cabe. Pero ya no será 1984. Ni siquiera será el siglo XX. Por no ser, ni el milenio es el mismo.

martes 22 de septiembre de 2009

LA Confidential (1997)

'LA Confidential' es una demostración de que no hay que tener miedo a los clásicos del pasado y que cualquier género puede revisitarse con éxito, incluso cuando parece que las películas definitivas sobre el tema ya están hechas. Pues ya se ve: se puede hacer gran cine negro en color y sin sombreros. Guión complicado, bajas pasiones, héroes imperfectos… Todos los tópicos del género están aquí. Y llevado con tanto brío que cuando Russell Crowe le dice a Kim Basinger que es más guapa que Veronica Lake, es difícil no compartir tamaña osadía.

Dos Oscars, a actriz secundaria (Kim Basinger) y guión adaptado (Curtis Hanson y Brian Helgeland). Otras siete nominaciones, a película (Arnon Milchan, Curtis Hanson, Michael G Nathanson), director (Curtis Hanson), dirección artística (Jeannine Claudia Oppewall, Jay Hart), fotografía (Dante Spinotti), música (Jerry Goldsmith), sonido (Andy Nelson, Anna Behlmer, Kirk Francis) y montaje (Peter Honess)


La película tiene dos influencias principales. Una es, obviamente, la novela original de James Ellroy, publicada en 1990 y definida como de género 'neo-noir' (neo-negro). Es mucho más amplia que el film, ya que si éste sigue la pista a tres personajes principalmente, la novela tiene hasta ocho tramas entrelazadas a lo largo de una década. Ellroy, un tipo que no tiene problemas en soltar tacos cuando lo entrevistan, cual si fuera uno de sus propios personajes, dijo que tras haber planes para una serie de televisión, la historia se había tachado de inadaptable debido a que no tiene personajes 'sympathetic', que no significa 'simpáticos', sino con los que el público se pudiera identificar. Este es uno de los eternos conflictos entre productores y cineastas. Al parecer, los productores piensan que una historia necesita tener personajes 'buenos' con quienes el público pueda simpatizar a cambio de aguantar a los 'malos', y que si no los hay, la historia resultará desagradable y no recomendarán la peli a sus conocidos, lo cual llevará a pérdidas económicas. Y lo peor de todo es que cuando se hacen encuestas en pases previos, resulta que los productores tienen razón: este tipo de cosas aparecen con frecuencia reflejadas en las opiniones de los espectadores, así que se puede considerar que no estarían haciendo bien su trabajo si ignoraran estos datos.

Afortunadamente, uno de los mayores aciertos de esta película es que tira esta teoría por los suelos, aunque tampoco cae en el feísmo de ensuciar cuanto más mejor a los personajes en busca de demostrar cómo de rompedora es. Si es cierto que se mantienen los defectos de todos los personajes, también lo es que la mayoría de ellos se redimen y acaban haciendo lo correcto cuando se enfrentan a un enemigo común y mayor. Porque lo que tiene el papel del capitán de policía Dudley Smith (James Cromwell) es que es tan sucio que acaba haciendo parecer a los meramente grises como casi blancos. Smith empieza advocando la mano dura contra el crimen organizado para limpiar Los Angeles de delincuentes, y se lo explica claramente al detective Ed Exley (Guy Pearce) en la famosa Nochebuena del 53: ¿serías capaz de apalizar a un sospechoso que sabes que es culpable para arrancarle una confesión? ¿Serías capaz de plantar pruebas falsas en la escena de un crimen para lograr una condena que de otro modo no se produciría? Smith no cree que Exley esté hecho de esa pasta, y se lo dice claramente. Es muy arriesgado decir si este tipo de conversaciones hoy en día tienen lugar aún en comisarías de todo el mundo, pero la naturalidad con la que tiene lugar en el film ya nos dice que estamos en otro mundo, a pesar de que sólo hace medio siglo de aquellos tiempos. En 1991, un año después de publicarse la novela, y seis antes de hacerse la película ocurrió el famoso episodio de la paliza de un grupo de policías blancos al negro Rodney King que fue grabada en vídeo en la propia Los Angeles. Y hoy en día, con el tema del terrorismo internacional, se plantean dudas morales semejantes. ¿Hasta dónde debe llegar una fuerza policial para evitar delitos a gran escala? Y aún más, ¿hasta dónde queremos dejarlos llegar, o deseamos dejarlos llegar en nuestro asustado fuero interno?

Más tarde vemos a Smith haciendo exactamente lo que predica. Al menos dos veces lo vemos ante un delincuente atado a una silla siendo machacado a puñetazos para que se las pire por la vereda. "Esto es la ciudad de Los Angeles, y tú no tienes alas". Objetivo cumplido, seguridad lograda. Claro que la gran revelación final es que Smith está haciendo todo esto no para limpiar Los Angeles, sino para quedarse él con los negocios ilegales. Son sus hombres quienes ametrallan a los esbirros del mafioso Mickey Cohen y quienes dominan los bajos fondos de la ciudad amparados en sus placas. La actuación de James Cromwell es espléndida, y más si se lo recuerda en un papel anterior suyo como el granjero bonachón de 'Babe, el cerdito valiente'. Ese tono bondadoso, campechano, de abuelo sabio, con un toque de irlandés bebedor, pero firme en sus decisiones esconde una mente criminal de primer orden, como vemos.

La otra influencia de la película (allá por la primera línea habíamos dicho que había dos) es la tradición del cine negro norteamericano y en especial de la Warner Brothers. El guionista, productor y director del film, Curtis Hanson, estaba encantado de rodar para la Warners, viendo su proyecto como la continuación de una saga por la que habían pasado Humphrey Bogart, James Cagney y hasta Warren Beatty en 'Bonnie y Clyde'. Sin embargo, este gusto por y conocimiento de toda esta tradición anterior no se tradujo en un seguimiento esclavizante de su estética. Más bien al contrario, la imagen visual del film carece de dos elementos importantísimos de la tradición del cine negro de los 30-50: las sombras y los sombreros. Los sombreros eran parte de la vestimenta habitual de la gente de aquel tiempo, tanto hombres como mujeres. Al sacarlos como parte natural del vestuario en las películas rodadas en esos mismos años, los cineastas de entonces no hacían más que replicar en la pantalla lo que veían en la calle. Ciertamente, también se le sacaba partido estético, ya que un buen sombrero da a la figura una cualidad elegante, amenazadora, bella, malévola, alegre. sombría o lo que se desee. En cuanto a las sombras, a pesar de que ya existía el color, el cine negro se destaca por su uso de la media luz, el contraste de sombras, los rostros medio ocultos, los decorados con escondrijos, la nocturnidad... toda una estética que luego llevaba a lecturas sobre lo blanco, lo negro y lo gris de la existencia humana.

Bien, pues en 'LA Confidential' no aparecen ninguno de estos elementos, y es por decisión deliberada. Hanson y su director de fotografía, el nominado Dante Spinotti, filmaron con una luz natural (o mejor dicho, que pareciera natural), que iluminara bien visiblemente unos rostros en cabezas carentes de sombreros. Además, hay muchas secuencias diurnas, e incluso en interiores nocturnos la luz es abundante. Esto se hizo con el objetivo de acercar a los personajes al momento actual. No se buscaba una fiesta de disfraces ni un ejercicio de nostalgia, ni mucho menos un gesto que recordara a Bogart o Cagney. Se buscaba una historia que hubiera ocurrido en un pasado con fecha (1953-54), pero que no fuera una pieza de museo. El efecto, junto con el del propio guión, es el de lograr un heredero, digno, imcomparable y con personalidad propia, de la tradición desde la que se empezó.

Hanson nació en Nevada, pero creció en Los Angeles y se considera un angelino de pro. La presentación del proyecto a los posibles productores (lo que se llama el 'pitch') consistía en una simple serie de 15 fotografías antiguas de la ciudad en los 50. Se trataba de ilustrar que estábamos hablando del nacimiento de varias cosas importantes en el futuro de Los Angeles. Una de ellas es la influencia del cercano Hollywood, con el apetito por el glamour de las estrellas a las que podías encontrarte por la calle (genial el chiste a costa de Lana Turner), y las historias sórdidas de un entorno que mezclaba estrecha moralidad calvinista, espíritu emprendedor, desarrollo de un arte que estaba en su infancia, venta de sueños y pesadillas, riqueza casi ilimitada de la noche a la mañana, caídas en desgracia de la mañana a la noche y pasiones humanas desatadas que quedan resumidas en el lema de Fleur-de-lis, el lujoso burdel de Pierce Patchett (David Strathairn): "Whatever you desire". Cualquier cosa que desees. Ojo, no 'want', 'quieras', sino 'desire', 'tengas deseos de'. 'Desear' en español está un tanto rebajado por expresiones como '¿qué desean los señores?' para pedir una simple cerveza. 'Desire' se usa mucho menos en inglés, y va más por el sentido de deseo ardiente, como por ejemplo el de poseer bellezas únicas e inalcanzables como las estrellas de cine del momento, pulidas y milimetradas por los estudios para provocar precisamente el máximo deseo posible. Patchett ha tenido el ojo de ver una oportunidad de mercado, y se dedica a vender sexo con prostitutas que se parecen a actrices famosas, llegando al extremo de operarlas para que se parezcan aún más (aquí aprovecho para babear sobre Amber Smith, el pedazo doble de Rita Hayworth, que toda la vida me ha parecido un pibón del quince largo, y que acercándose ya a los 40, no ha logrado salir de la serie B, del cameo de chica mona y de las pelis medio eróticas copias de 'Nueve semanas y media'). La nariz de la Hayworth (a la que en la vida real también retocaron un poco su rostro natural) es un simple precursor de la amplia panoplia de posibilidades de cirugía estética de hoy. Incluso, en un momento que puede pasar inadvertido, se ve que Patchett tiene en su establo hasta una Shirley Temple de diez añitos, con rizos y todo, sentada en la rodilla de un anciano contentísimo con su juguete de carne y hueso. Whatever you desire.

Sin embargo, Patchett no llegaría a tal grado de lujo con un simple burdel, y otra de las referencias que se cuelan es a la construcción de la autopista a Santa Mónica, en la que tanto Patchett como Smith han invertido y chanchullado. Es un tema muy prosaico, y Sid Hudgens (Danny De Vito) no lo considera digno de su revista de cotilleos y amarillismo 'Hush hush'. Es otro tema precursor y profético, el de la obsesión por preferir saberlo todo de los famosos y pasar por completo de los temas económicos y políticos, a no ser que incluyan actividades gays. Hudgens debería investigar este tipo de cosas, pero no tendrían público, y además, no es lo mismo tender una cobarde trampa a un par de actores novatos dándole a la marihuana con la complicidad de un poli que meterse con peces gordos. Y ya se ve cómo acaba Hudgens también, asesinado por Smith cuando ya no le sirve de nada. La conversión definitiva de Los Angeles en una ciudad horizontal, extensísima, donde sin coche no eres nadie, tuvo lugar en estos momentos, hizo muchas fortunas, y Hanson recuerda este instante también. Uno de los temas principales del film es, pues, volver al momento donde empezó lo que hoy tenemos.

Otro de los temas, según el propio Hanson, es el de la diferencia entre la realidad y la imagen. Ya hemos visto parte de esto, con las referencias a Los Angeles, Hollywood y los dobles de estrellas de cine, pero la cosa va mucho más allá. La propia policía ha de parecer una cosa mientras hace otra más siniestra por debajo. Por encima es el garante de la seguridad local, pero por debajo es totalmente corrupta y racista. Sin llegar a los extremos de Smith y sus esbirros, podemos ver cómo se trata a negros e hispanos en episodios como el de los mexicanos en los calabozos en Nochebuena o la investigación por la matanza del Nite Owl, donde Smith hace asesinar a uno de sus hombres, Dick Stensland (Graham Beckel) que empezaba a sisar del negocio, y no tiene inconveniente en cargarle los muertos a unos negros que pasaban por allí.

También los propios policías parecen una cosa y son otra, o al menos tienen temas importantes de imagen con los que lidiar, en especial los tres protagonistas. Exley, para empezar, tiene un problema de imagen externa, que es el llevar gafas, cosa que, se supone, los hombres de pelo en pecho no hacen, y que inmediatamente te venden como un burócrata de despacho, no como un hombre de fiar que se viste por los pies. En principio aparece como el recto baluarte, en contra de palizas, amenazas y pruebas falsas para obtener condenas, pero luego vemos que para lograr resultados sin usar estos métodos ha de ser un consumado y sibilino político. Primero negocia el resultado del affair de los mexicanos con destreza, mínimo escándalo y un ascenso para sí mismo. Luego, la escena de su interrogatorio a los negros es magistral, aunque queda interrumpida por el inimitable estilo Bud White, que consigue el dato definitivo a base de revólver en la boca. Es decir, Exley es un trepa, pero porque cree tener los méritos para ello, incluida una moralidad que si no es del todo blanca, al menos al lado de los demás lo parece. Más tarde, cuando las cosas se pongan feas de verdad, Exley se verá obligado a usar rifles e intimidación como en la vieja escuela, y no lo hará mal.

White (Russell Crowe) es la bestia sin cerebro, un tío sin doblez, lo cual es a la vez virtud y defecto. Por un lado, no tiene inconveniente en usar los puños para arreglar extraoficialmente cosas que van desde abusos contra las mujeres (es lo primero que le vemos hacer) hasta ayudar en las actividades ilegales de Smith. No todas, sin embargo. Smith no las tiene todas consigo sobre White, y aún no lo ha metido en lo peor de sus manejos de droga y crímenes, donde sí estaba Stensland, el compañero de White. Smith demuestra buen ojo ahí, porque White tiene un límite y es un tío decente que arregla las cosas a lo antiguo, pero al menos en la dirección digamos correcta, la de hacer sufrir al delincuente las consecuencias que la ley no le hace llegar. Más sobre Russell Crowe como Bud White, al alimón entre Arturo Pérez-Reverte y un servidor, aquí:

El tercer poli de las tramas es Jack Vincennes (Kevin Spacey), seguramente el que más de entre todos se ve afectado por el tema de la imagen y la realidad. Trabaja como asesor de una teleserie llamada 'Badge of honor', calco de 'Dragnet' y otras pioneras del mundo policiaco de la pequeña pantalla (no contento con las referencias al mundo del cine, también vemos el nacimiento de la influencia de la televisión en la vida de la gente, y eso que cuando se hizo 'La Confidential' aún estaban muy lejos cosas como 'The wire' o 'The shield'). Por lo poco que vemos, la serie parece tener un poli de esos de una sola pieza cuya frase favorita es "just the facts" (los hechos nada más), que le repiten a Vincennes como coña privada. Vincennes, pues, vive en una especie de realidad paralela, en la cual se codea con estrellas famosas (Hanson le sugirió a Spacey inspirarse en Dean Martin, vividor, cantador, vestidor y mujerizador cool por antonomasia), y tanto le ha llegado a molar este curro extra que cuando hay que buscar un testigo interno para solucionar el tema de la pelea de Nochebuena, Exley inmediatamente da en el clavo al identificar que la pasión de Vincennes por ese mundo de policía irreal será lo que le convenza para chivarse. Una simple mención a que el trabajito podría aparcarse durante unos meses y Vincennes se chiva hasta de su madre si hace falta.

Desde ese momento, sin embargo, algo parece cambiar en él. Al principio de la peli lo vemos sin ningún pudor destrozando las carreras de un actor y una actriz novatos al pillarlos en bolas fumando marihuana, rodeado de cámaras, luz y taquígrafos, con el neón del cine bien visible al fondo. Vincennes vende exclusivas a Hudgens, pero poco a poco Vincennes parece empezar a pensar que no está vendiendo, sino que está siendo comprado. Más tarde el mismo actorcillo de antes ha de vender lo poco que le queda de su dignidad haciendo de prostituto para pescarlo a él y al fiscal in fraganti a cambio de un papel en la teleserie que nunca llegará ("como si se fueran siquiera a acercar a él tras haber sido portada de 'Hush hush' dos veces en un año", se refocila Hudgens), y aquí Vincennes reacciona con disgusto. ¿Hundir al pobre chaval otra vez? ¿Y al fiscal también, sólo porque es homosexual? Si fuera un cabrito pederasta o racista, todavía, pero aquí está ayudando a vender prensa amarilla nada más. Esto y la conversación sobre 'Rollo Tommasi' que tiene Vincennes con Exley, donde el segundo le pregunta al primero por qué se hizo poli, y Vincennes se ve obligado a responder que no lo recuerda, espolean a éste a dejar a un lado todo esa capa espesa de imagen irreal en la que vive y ponerse manos a la obra para encontrar al asesino del actor, sacando de dentro el poli que aún lleva. Coa que por otra parte le costará la vida.

Por último en el asunto de la imagen y la realidad hemos de referirnos a Lynn Bracken (Kim Basinger), en la que el tema aparece cubierto de capa tras capa de mentiras, verdades, realidades e imágenes. Para empezar, es bella y prostituta, con lo que esto conlleva de imagen contra realidad. Para seguir, se especializa en parecerse a Veronica Lake, lo cual aumenta la imagen que de ella se hacen los clientes (White se encuentra con ella a un concejal incluso), que ni siquiera buscan en ella a la tía buena esa de Lynn, sabes cuál te digo, sino a una estrella de cine inacanzable. Es decir, que ni siquiera se la tiran por ser ella, sino por ser como otra. Sin embargo, a diferencia de casi todas las demás, a las que se define como "cut to look like movie stars" (cortadas, o sea, por un bisturí, operadas, para parecer estrellas de cine), Lynn es natural, excepto por el tinte de cabello. Es decir, que bajo el disfraz de Veronica Lake, se encuentra un asomo de autenticidad que no llega a la cirugía estética por la que otras pasan. White se la gana cuando no le menciona el parecido, como hacen todos, lo cual lo marca como alguien distinto. Y también, obviamente cuando él le dice que es más guapa que Veronica Lake, que eso siempre licúa las cosas. A pesar de eso, tampoco hay que llegar al punto de ver a Lynn como pobrecita muñeca rota, aunque es cierto que no sabemos mucho más de su vida, y simplemente deducimos un sueño roto, convertido en pesadilla. Pero Lynn no deja de haberse prestado, suponemos que voluntariamente al empleo en que la tiene Patchett. "Gracias a él", llega a decir, "así llegamos a actuar un poco también". Sólo que entre luces rojas, en vez de luces de colores.

Lynn es el desencadenante de la alianza contra natura de Exley y White, en un espectacular tiro por la culata de Smith. Smith contrata a Lynn y a Hudgens para cazar a Exley acostándose con ella, y montando una pantomima por la que White descubre las fotos, se supone que accidentalmente, para entonces irse a por Exley con furia asesina. Este se libra por los pelos y por sus propios reflejos al lograr colar un atisbo de reflexión en la dura mollera de White, aunque sin dejar de llevarse una buena tunda. Como se la lleva, en plan de par de bofetadas muy al uso, la propia Lynn.

Para acabar de enredar la madeja, está la propia Kim Basinger, a la cual el tema de la imagen la ha perseguido toda su vida. Dotada de una belleza espectacular, pasó por ser chica Playboy y chica Bond a icono erótico de los 80, y justo cuando los papeles de tía buena empezaban a escasear le llegó esta Lynn Bracken que le trajo un Oscar con berrido incluido tipo Stellaaaargh de su entonces marido Alec Baldwin, desde el público. Ella misma define el personaje de Lynn como "una fachada". Hanson es más caritativo y dice de ella que es el único personaje de todos los de la historia que se conoce a sí mismo, y esto, como vemos, a pesar de ser el más complejo.

miércoles 26 de agosto de 2009

Studio 60 (2006-2007)

(Agradecimientos a JackRackham)

'Studio 60 on the Sunset Strip', por citar el título original completo, fue una serie esperadísima en el momento de su estreno ('eagerly anticipated'), debido sobre todo al nombre de su creador: Aaron Sorkin, el mismo que puso en pie 'El ala oeste de la Casa Blanca'. Mientras que en el mundo del cine es más frecuente encontrar proyectos nuevos que produzcan tanta anticipación debido a la fama de su director o actores principales, en la televisión no ocurre tanto, aunque eso está empezando a cambiar, ahora que las audiencias de teleseries norteamericanas suben como la espuma, y lo nuevo del que hizo 'The wire' o 'Los Soprano' o 'Buffy' ahora va a ser noticia instantánea. O mejor dicho, 'el visionado' de series, en vez de 'la audiencia', porque debido a internet la gente cada vez ve menos televisión en televisión a la antigua usanza, y muchos espectadores no salen en las cifras oficiales. 'Studio 60', sin embargo, pasó de un debut prometedor, con 13 millones de espectadores en la NBC, a ir perdiendo progresivamante audiencia, teniendo problemas para ser renovada tras las navidades (el estreno fue en septiembre) y consiguiendo acabar sólo una temporada de 22 episodios.

El tema de esta serie de televisión es... una serie de televisión. Está ambientada entre los guionistas y actores de un programa de sketches humorísticos al estilo del famoso 'Saturday night live', aunque tanto el programa en sí (el 'Studio 60' del título) como la cadena que la emite (NBS) son ficticios. Es decir, que sigue el modelo de basarse muy de cerca en algo auténtico, pero llamarlo de otra forma para poder dar una sensación fiel de realidad y a la vez no quedar encorsetado por nombres, cadenas o programas verdaderos.


Alguno de los personajes o situaciones sí que están basados en acontecimientos reales, pero sólo como punto de partida. Según dijo el propio Sorkin, "a partir de la página cuatro, ya es todo ficción". Entre estos motivos reales está el de la adicción a la cocaína que viene de sufrir el productor ejecutivo del programa, problema por el que pasó el propio Sorkin, o el hecho de que la actriz principal del show sea una rubia cristiana practicante, cosa que también le pasó al propio Sorkin con una novia que tuvo, Kristin Chenoweth, que se incorporó como actriz a 'El ala oeste' justo cuando Sorkin dejó dicha serie. Es decir, que a diferencia de lo que ocurre en 'Studio 60', donde Matt Albie (Matthew Perry) se hace famoso como guionista a base de escribir material para su churri, Harriet Hayes (Sarah Paulson), Chenoweth nunca llegó a interpretar diálogo escrito para ella por Sorkin. También se ha dicho que el personaje de la productora Jordan McDeere (Amanda Peet), está basado en una ejecutiva real, Jamie Tarses, la primera mujer de la historia en llegar a ese puesto en una de las grandes cadenas estadounidenses.

Quienes hayan visto (y rendido la pleitesía que se le debe a) 'El ala oeste' quizá les sorprenda saber que Aaron Sorkin es uno de los guionistas más criticados de Norteamérica. Mientras que su maestría en el uso de un diálogo rápido, inteligente, chispeante, ingenioso y hasta educativo no está en duda, y es su sello inconfundible, se le suele tachar de arrogante, inmodesto, petulante, elitista y (hablamos de los EE.UU. de A., no olvidemos) ultraliberal. O sea, lo que le achacaban al presidente Bartlet (Martin Sheen) en 'El ala oeste'. Será por eso, pues, por lo que ambos me caen bien: valen, y saben que valen, y lo que valen. Este tono se ve principalmente en la escena marca de la casa de Sorkin, y de su director de cabecera, Thomas Schlamme: el ver a dos o más personajes 'power-walking', o sea, hablando a toda leche y con gran elocuencia de Temas Muy Serios Y Urgentes Y Mayúsculos mientras caminan decididos, arremangados, apresurados y tensos hacia una u otra oficina donde van a salvar a la civilización occidental de una crisis de misiles, una ley demasiado conservadora o un falso y calumniante rumor. Es todo un ballet coreografiado, con tomas que a menudo duran minutos en vez de segundos y que hay que repetir decenas de veces hasta que salen clavadas. Ahora, cuando salen, son una maravilla. Además, incluso cuando no se trata de escenas de una sola toma, el diálogo no deja de ser nunca igual de denso, cargado, veloz y hasta agotador en su brillantez analítica. Si alguna vez a alguien le falta un café para espabilar y no lo tiene a mano, que se ponga una escena de estas y le entrarán ganas de invadir Polonia.

El problema es que mientras en un presidente de los Estados Unidos esas características se pueden aguantar a cambio de presenciar altos ideales, honradez sin tacha, patriotismo patente y gran capacidad intelectual, en una serie sobre un programa de sketches tal 'self-importance' ('auto-importancia', digamos) puede llegar a estomagar a la gente con mucha facilidad. Cuando Bartlet se pone elocuente y tajante a la hora de rechazar ataques de la derechona cristiana, de justificar actuaciones de su ejército en el extranjero o de proteger a sus hijas del terrorismo, es difícil aplicar el mismo tono a la calidad de la programación televisiva, a si alguien ha plagiado un chiste, a si faltan 37 segundos de diálogo, o a la injerencia de los ejecutivos en un programa de humor y sketches irreverentes. La brillantez de Sorkin está en que llega a conseguir ese mismo tono de Cosa Importante, a pesar de esta gran diferencia en los temas de ambas series. Sorkin no se disculpa en absoluto por este estilo: "Exige atención del espectador, no es música de fondo, y no está hecha para verse mientras se hojea una revista o se acuesta a los niños. Hay que verla atentamente de principio a fin".

Y de hecho, a menudo 'Studio 60' trata muy poco del día a día de un programa de televisión (que también se ve), sino de temas de ideología aplicada a la actualidad nacional: racismo, censura, derecho a la intimidad cuando se es famoso, calidad de la programación, creatividad versus intereses económicos, adicciones a las drogas y el castigo que merecen, si es que merecen alguno... Esto se ve clarísimo en los cinco últimos episodios, que ocurren en el espacio de un día o dos, donde la guerra de Afganistán invade la actualidad del programa, al afectar de cerca a uno de sus componentes. En ese momento, y ante algo tan importante, la profesión de los afectados da igual cuál sea: ya no es una serie sobre televisiones, sino una serie sobre terroristas y soldados, territorio familiar para alguien que fue autor no sólo de 'El ala oeste', sino también de 'Algunos hombres buenos', 'La guerra de Charlie Wilson' y 'El presidente y Miss Wade'. Parece que con la temporada ya condenada, la única manera de intentar elevar los índices de audiencia era una gran crisis, en la que por si fuera poco también hay una preñez dificultosa por el medio. Hay incluso una frase en el diálogo que viene a decir algo así como que un embarazo complicado es el 'manipulador de emociones' número uno para enganchar a la gente (sobre todo a las mujeres en edad de ello) al guión de una serie. En un rizar el rizo de la metatelevisión, aquí no sólo se dice, sino que además se hace.

Es por ahí por donde se le han metido a Sorkin a la hora de criticarlo: que esos diálogos entre gente tan brillante y siempre tan capaz de encontrar la frase justa que decir casi sin pensarla suenan a falso, casi tanto como ver a dos rudas bandas callejeras peleándose... con pasos de baile en 'West Side story'. Es algo a lo que hay que acostumbrarse, lo mismo que cuando se ven musicales u obras en verso. Ya sabemos que nadie expresa sus sentimientos bailando o declamando, pero esta obra en concreto sí. Si aceptas la estructura formal, disfrutarás la obra mucho más que si te empeñas en tratarla como un fallo irremediable, y en este caso ese 'rapid-fire dialogue' es parte del estilo externo. No en vano el primer amor de Sorkin fue el teatro y su capacidad para desarrollar diálogos, y allí estrenó 'Algunos hombres buenos' a los 28 años de edad. Quien recuerde la versión cinematográfica con Tom Cruise, Jack Nicholson, Demi Moore y Kevin Bacon se puede dar cuenta de cómo de fácil se podría montar en teatro con tres o cuatro decorados. El éxito fue tan grande que Sorkin se pasó en seguida al mucho más lucrativo (y popular) mundo del cine y la televisión. En 2007, tras el cierre de 'Studio 60', volvió a los escenarios con una obra de teatro... sobre el inventor de la televisión.

Al igual que pasaba en 'El ala oeste', otro ingrediente de la serie es las relaciones amorosas, que también aparecen representadas como si fueran negociaciones para la firma de un tratado sobre entrega de armas, sobre todo la de Matt y Harriet, cuyos encuentros y desencuentros son aún más enervantes que los de Josh Lyman (¡Láiman!) y Donna en 'El ala oeste'. Fustigar a la derecha evangélica es una de las preocupaciones típicas de Sorkin (que además, es judío, si es que es algo), y la pobre Harriet tiene que aguantar carros y carretas de Matt. El acento en las relaciones personales se nota sobre todo en la segunda mitad de la temporada, y aunque Sorkin dice que ya estaban previstas y que no se metieron con calzador debido a la baja audiencia (9 millones, en el puesto 52, y bajando hasta 7.7), sí que añadió que tenía la esperanza de que atrajera a espectadores que de otra forma no estarían interesados en la serie. El presidente de la NBC, Kevin Reilly, llegó a decir que en realidad la serie debía verse principalmente como comedia romántica. Otra razón que Sorkin dio para que hubiera gente que no se enganchara es que habla de gente de la que se percibe que "no tiene un trabajo de verdad", que gana millones a base de disfrazarse, poner voces raras y cachondearse de políticos y actores mientras los curritos de verdad sufren para llegar a fin de mes. Esto le pasa por ejemplo a uno de los personajes, Tom Jeter (Nate Corddry), cuyos padres de la América profunda no ven este tipo de programas y no siguen su trabajo.

Me estoy refiriendo mucho a 'El ala oeste' y trabajos previos de Sorkin, pero es lo que tiene ser una personalidad con sello propio, que todas sus creaciones forman parte del mismo 'Territorio Sorkin', por así llamarlo, y unos explican y complementan a otros. Una de las frases más agudas que se dijeron sobre 'Studio 60' salió en el New York Times, afirmando que "está llena de ex-alumnos de 'El ala oeste' que aún parecen llevar las acreditaciones de la Casa Blanca alrededor del cuello". Y así es: uno de los personajes principales es el productor ejecutivo, Danny Tripp, interpretado por Bradley Whitford, que se acabó convirtiendo en el alma de 'El ala oeste' como Josh Lyman (¡Láiman!). Timothy Busfield, que hizo de sabueso reportero que sale con la portavoz del gobierno, pasa a ser Cal Shanley, el realizador del programa, y hasta Allison Janey, la mencionada portavoz, aparece como presentadora de uno de los programas.

A pesar de todo, la crítica de la serie va dirigida, si es que va a alguna parte, al espectador en general. Ninguno de los ejecutivos de la cadena son mala gente, sino que tienen un trabajo que no termina con la redacción de guiones. Jordan McDeere resiste con todas sus fuerzas aprobar programas de tele-realidad y decide comprar una serie ambientada en la ONU. El presidente de la cadena, Jack Rudolph (Steven Weber), siempre protesta por todo, pero acaba demostrando su corazoncito. Sólo que a veces ese corazoncito está al borde del infarto por un porcentaje más bajo de lo normal, que a su vez significa millones perdidos en ingresos. Y aún en el escalón superior, Wilson White (Ed Asner), el jefe de la multinacional que a su vez posee la NBS, también se acaba poniendo de parte de los buenos cuando toca negociar con los chinos. Esto está hecho a propósito, y resulta más interesante el ver las razones por las que un presidente toma una decisión polémica que convertirlo en un capullo reaccionario sin más. Por eso digo que la crítica se centra en el espectador, que es quien tiene que responderse a sí mismo cosas como qué tipo de programas quiere ver o si le parece que es correcto hacer pagar a la NBS una multa millonaria por un 'fuck' de un soldado filmado en directo al que le estaba cayendo un obús cerca. Y a raíz de ese incidente, ¿debería haber un retraso de unos segundos en la emisión de las noticias para poder 'tapar' este tipo de cosas? ¿Eso no es censura informativa? Porque se empieza tapando un taco y se puede acabar tapando una crítica al gobierno de un general, por ejemplo.

Al final, al igual que en 'El ala oeste' le entran a uno ganas de que ojalá todos tuviéramos a Bartlet de presidente, en 'Studio 60' acaba deseando uno que todos los programas pudieran estar llevados por gente como Matt y Danny. Y sobre todo, que todos pudiéramos tener de jefa a Amanda Peet, que está como un tren y que tiene una sonrisa y unos ojos que iluminan la pantalla. Hablando de su personaje, Jordan McDeere, es todo un prototipo de mujer moderna acosable y acosada por la mentalidad conservadora. Casada joven y divorciada, abortó, iba a clubes de sexo en grupo (aunque sólo de voyeur, y porque la llevó el marido), no quiere tener hijos (aunque esto se pondrá a prueba más tarde), le da un poco demasiado a la bebida, y triunfa como mujer en un mundo de hombres. Y por si fuera poco, el ex va a escribir un libro sobre ella contándolo todo, todo y todo, y en las entrevistas con la prensa ella dice lo que piensa y nada más. Toda una heroína liberal, que puede uno creerse o no, pero que arrastra si te dejas llevar, como el resto de la serie y sus altos ideales. El propio Sorkin dice que igual que 'El ala oeste' era una tarjeta de San Valentín dirigida al buen servicio público, 'Studio 60' lo es al mundo de la televisión. Y como en las tarjetas de San Valentín, uno se queda con lo mejor de la persona a quien se dirige, a pesar de sus defectos. Ése es el espíritu con el que disfrutar esta serie.

viernes 7 de agosto de 2009

Bonnie y Clyde (1967)

Normalmente iría al grano y me dejaría de experiencias personales, pero creo que a muchos les puede pasar con esta película, lo mismo que a mí, así que aquí va un rollo primero por delante:

La primera vez que vi 'Bonnie y Clyde' fue como treinta años después de su estreno, por la tele y con la vaga idea de que era un película famosa, probablemente porque sus protagonistas principales, Warren Beatty y Faye Dunaway, lo eran, y también porque era muy sesentera, con aquello de la rebeldía contra lo establecido y tal. Era antes de internet y de que hubiera información abundante e instantánea sobre cualquier cosa, y la vi, y me pareció un poco una bacalá, la verdad. Estaba bien y tal, pero me decepcionó que hubiera determinadas secuencias que estaban, según me parecía, mal montadas, hasta con fallos, y con trucos supercutres como acelerar la cámara para que parezca que un coche va más rápido, por ejemplo. Luego supe que el 'choppy editing' era aposta y muy fashion y muy francés nuevaola. Ah, bueno.

Luego después, uno empieza a ver que la tal película aparece en todas partes en las listas de las mejores de siempre, y citada como una de las más importantes de su época, y uno de los puntos de inflexión de la historia del cine, y tal y cual, y entonces se dice uno. "Demonio, ¿será para tanto? ¿Qué me he perdido? Habrá que enterarse." Y bueno, mi impresión general tras haberme informado es que es una de esas películas cuya grandeza, si es que la tiene, hay que explicarla, y que se beneficia de saber algo más de ella. Yo tengo la teoría, que igual da para un artículo separado, de que las películas grandes de verdad tienen que parecerlo décadas más tarde, y que se les tiene que notar a simple vista, a primera impresión, sin que hagan falta glosas. Porque está muy bien que tal director inventara el travelling, o que tal otro film fuera el primero en hacer tal o cual cosa, pero eso por sí mismo, aunque deba anotarse y agradecerse, no garantiza la grandeza. Por ejemplo 'El cantor de jazz' introdujo la innovación más importante probablemente de la historia, que fue el sonido, y hoy en día la deben haber visto cuatro gatos.

Pero en fin, de vuelta a 'Bonnie y Clyde', lo que hace falta saber de ella es que se la considera la primera película de lo que luego se llamó el 'nuevo Hollywood', que engloba desde 1967 hasta 1980, según el interesantísimo libro de Peter Biskind 'Easy riders, raging bulls' (traducido al español como 'Moteros tranquilos, toros salvajes'). Este nuevo Hollywood, influido por la 'nouvelle vague' francesa, arrasó con la manera de hacer cine existente hasta entonces, y si a los 70 se les nota una forma peculiar de rodar y contar historias, es debido a este cambio generacional. Hollywood estaba dominado por filmes épicos o musicales como 'Cleopatra' o 'Hello, Dolly', que empezaban a no interesar a una generación nacida tras el final de la II Guerra Mundial, y que costaban un pastón de hacer. Además, esta generación, la de los llamados 'baby boomers', fue la primera que fue a la universidad en masa, y allí empezó a interesarse por sensaciones nuevas, provenientes de Italia, Francia o Japón. Y de México también. Con lo cual no me refiero al cine, sino a las drogas: varios de los nombres más importantes de este periodo admitían sin complejos usar LSD o marihuana, incluso mientras se rodaba o interpretaba música en público. El acento pasó de estar en la figura del productor y las compañías productoras a estar en la del director, no como asalariado, sino como genio creador. Las cámaras se sacaron de los carísimos decorados al aire libre, intentando rodar donde se desarrollaba la historia si era posible, lo cual abarataba los costes y reducía la dependencia de dinero ajeno. Los nuevos valores no eran ya la familia y el mantenimiento del status quo, sino la frescura, la sexualidad, la energía y la pasión por hacer del cine una forma de arte, no de entretenimiento. Además, en plena guerra de Vietnam, el gobierno había pasado de ser una figura heroica que había salvado al mundo del nazismo a considerarse una banda de oligarcas paranoicos con el comunismo que enviaban a la muerte y la mutilación a los adolescentes del país. La contestación no sólo hacia esta injusticia sino a toda forma de autoridad se convirtió así también en elemento clave del movimiento.

¿Y qué mejor figura para representar todo esto, pues, que una pareja que roba bancos mientras escapa de una policía un tanto incompetente? Aunque rodada en 1967, está ambientada en 1932-34, en medio de la Gran Depresión que se produjo tras el crack de la bolsa de Nueva York en 1929 (por lo cual podría ser una historia muy popular hoy en día también, y de hecho se está preparando un remake), y tiene unas cuantas escenas tremendamente robinhoodianas.


En una, Clyde, en pleno atraco, permite a un granjero quedarse con su dinero, que aún no había depositado en el banco, y en otra el mismo Clyde le pasa un revólver a otro granjero con cuya casa otro banco se ha quedado para que se dé el gusto de pegarle unos cuantos tiros al cartel de venta y a la propia casa que ya no es suya. Ninguna de las dos cosas, por cierto, fueron verdad. El primer episodio ocurrió, pero se atribuye a otro ladrón, y el segundo es invención del guionista.

Y ya que nos metemos en esto, uno de los temas importantes con los que hay que enfrentarse al respecto de esta película es su reflejo de la realidad. O sea, cuánto hay de verdad en lo que cuenta, y cuánto importa que se desvíe o no.Tras mucho pelear y debatirme con este asunto (como le pasa a cualquier cinéfilo, supongo), he llegado al apaño de que a cambio de informarme, si es posible, de cómo fue de verdad el episodio histórico que se cuenta en cualquier película, más que nada para luego no tragarse ruedas de molino, voy a aceptar que la peli me trampee un poco y verla por sí misma, como si fuera de ficción por completo. Y la verdad es que al menos a mí el truco me va funcionando, y se cabrea uno bastante menos. De todas formas, dentro de lo que tiene que ver con esta película, no hay que dejar que reseñar que dos personajes reales que estaban vivos cuando se estrenó (el compinche y el ranger de Texas) se querellaron por difamación. Uno no consiguió nada y el otro logró un acuerdo fuera de juicio en 1971. Y es que su caso no era para menos, porque lejos de ser el inútil que se ve capturado y humillado por la banda de los Barrow (que así se los llamaba en los periódicos), el ranger Frank Hamer (pronunciado 'Héimer', no 'Hámer'), fue quien, estudiando el caso, llegó a poder predecir dónde iba a ir lo que quedaba de la banda aquel fatídico mayo del 34. Descubrió que se movían en una especie de círculos para sacar máximo provecho de las leyes anteriores al FBI que impedían perseguir a un delicuente en un estado distinto a donde cometió un delito, y siempre repetían el camino. De hecho, Hamer nunca vio a Bonnie y Clyde hasta que tuvo sus cadáveres delante, tras haberlos acribillado a balazos junto a otros cinco representantes de la ley (o "laws", como los llama Clyde todo el tiempo). Por su parte, la cuñada de Clyde, que también vivía, y que se hizo muy amiga de Warren Beatty, aceptó el guión, pero luego se quejó de que la oscarizada interpretación de Estelle Parsons la hacía parecer una "screaming horse's ass" (algo así como 'una culocaballo histérica').

Otros detalles sí son auténticos, y yo creo que una de las marcas de un buen director de películas históricas o basadas en hechos reales es captar cuándo uno de estos detalles verdaderos daría bien en pantalla, y aprovecharlo. Por ejemplo, es cierto que fue el padre de uno de los miembros de la banda (en la película los varios que había se concentran en uno sólo, el no muy listo CW Moss) quien se conchabó con la policía para capturar a Bonnie y Clyde, y también es cierto que la trampa consistió en fingir una avería mecánica. En la película este detalle funciona de maravilla, ya que el último acto de la pareja es uno de decencia humana, consistente en pararse a ayudar. En la vida real, sin embargo, no se los dejó ni bajar del coche, y les pegaron 130 tiros entre los seis agentes. Clyde iba conduciendo en calcetines, debido al calor, y Bonnie iba comiendo un sandwich. Otra cosa que no se cuenta es que Bonnie estaba casada desde los quince años (su nombre oficial era "señora de Roy Thornton"), y aunque se separó tres años después, nunca llegó a divorciarse ni a dejar de llevar el anillo de casada. Sí es verdad que fue buena estudiante, que escribía poemas, y que su 'The trail's end' se publicó en los periódicos con el nombre de 'The story of Bonnie and Clyde'. Otros detalles reales se quedan por el camino, tristemente desaprovechados. Por ejemplo, que la verdadera obsesión de Clyde era vengarse del sistema penal texano, por lo que le hizo sufrir antes de conocer a Bonnie, y que lo consiguió provocando la fuga de dos miembros de la banda y varios otros presos de la cárcel de Eastham. De hecho, la mala publicidad a nivel nacional que recibió departamento de correccionales texano a raíz de este suceso fue lo que desencadenó de manera definitiva la caza a muerte de la banda, y en menos de seis meses todos estaban muertos o capturados.

La historia en sí, a pesar de venderse como romántica (y de que fue percibida como tal en su momento) es bastante violenta. La banda mató hasta a nueve agentes de la ley y se vio involucrada en varios tiroteos. Y los creadores de la película querían reflejar esta violencia como nunca antes se había visto en una pantalla. Hoy en día es normal que si a alguien le pegan un tiro, se vea un roto en su ropa y una salpicadura de sangre, pero en aquel entonces no se filmaba así, por censura. El director, Arthur Penn, dijo en una entrevista que esta película es la primera vez que un disparo y sus consecuencias se ven en la misma imagen. Ocurre cuando en la huida en la que CW ha metido la pata al aparcar el coche durante el atraco, alguien se sube a la ventanilla del coche y Clyde le pega un tiro en la cabeza, de la que instantánemente brota un chorro de sangre. Antes habría un tiro, un corte y luego un cuerpo inmóvil e impoluto, sin siquiera agujero. Toda esta escena es notable no sólo por eso, sino también por la mezcla de comedia y shock trágico. Clyde ya ha metido la pata una vez en un robo, y ahora la estupidez de CW al intentar aparcar tan bien el coche que luego no sabe salir rápido ya ha vuelto a mover al espectador a risa, cuando la risa de repente se congela con ese disparo tan brutal. Esos cambios repentinos de registro eran una de las señas de identidad que el nuevo Hollywood admiraba en los cineastas europeos, y es una de las razones de la fama de esta película, fama que como vemos necesita explicarse en este caso.

Prometo que en algún momento llegaremos a hablar de la peli en sí. Antes de nada, decir que la última vez que la he visto, he encontrado el enfoque personal que ha hecho que me guste en cierta forma, y es el verla como la historia de 'Bonnie la Desaprovechada'. Recomiendo verla fijándose en el personaje de ella, ya que me parece que es quien le da a cada momento del film su "mood", su tono, su atmósfera, y desde ahí la voy a comentar, porque es precisamente esos cambios de humor lo que le dan un toque diferente, más artístico, que es lo que se buscaba.

Todo empieza con ella aburrida, acalorada y desnuda en su aburrida, acalorada y desnuda habitación en Texas. Ve a alguien sospechoso merodeando cerca del coche de su madre, lo llama (aún desnuda), baja a toda prisa, se lía a hablar con él, él le enseña su pistola, ella la acaricia (muy poco sutil y muy hecho aposta), él roba una tienda, se suben en un coche y se las piran por la vereda mientras se besan, todo ello en cuestión de minutos. A todo esto, es entonces cuando se dicen sus nombres. Es un comienzo que resume muchas de las cosas que representa ese 'new Hollywood', y no todas positivas. Al deseo de hacer algo más con la vida de uno que ser una camarera y un ex presidiario marcado por el sistema se le añade el aburrimiento, la espontaneidad (¿o el capricho?), la sexualidad (¿o el desenfreno?) y la marginalidad en parte provocada por el propio sistema con su crash bancario (aunque la justicia no se aplica contra el sistema, sino contra un pobre vendedor que también curra para comer. De hecho, la banda robó bastantes más tiendas que bancos durante su carrera, detalle importante). La escena culmina con algo incluso más sorprendente: en lugar del polvo del siglo, en medio del calor, el peligro, la juventud y la excitación del aquí te pillo aquí te mato, nos encontramos con que el prota de la peli... es impotente. El clímax de la escena es un anticlímax. Que conste que nunca se dice la palabra 'impotente', pero aquello no se consuma, el propio Clyde dice 'I'm not much of a loverboy', y enseguida aclara 'I don't like boys or anything'. O sea, que no es un amante, pero ojito, que no le van los tíos, ¿eh? Y seguramente más que la violencia explícita, o que la sensualidad de Bonnie, cosas que han hecho famosa a la película pero que hoy son corrientes y superadas, esto es lo verdaderamente rompedor del guión aún hoy en día, este 'castrar' al macho americano, y nada menos que en la persona de uno de sus grandes donjuanes (recuerdo haber leído en alguna parte que Beatty era de los de cuatro o cinco al día de media -y no me refiero a partidas de mus-, y se sabe fijo que su caravana durante el rodaje se bamboleaba visiblemente). Parece un gran atrevimiento por parte de Beatty, y de todos es conocido que fue uno de los grandes liberales e izquierdistas del mundo del cine, antes de que tal cosa estuviera de moda, pero a pesar de aceptar papeles menos convencionales, nunca quiso pasar por hacer de homosexual. Contestatario sí, pero que circule el aire, al parecer. Incluso una escena original del guión donde había una especie de ménage à trois donde Clyde lograba superar su problemilla desapareció de la versión final. Y bueno, hacia el final de la película Clyde al final lo logra, así que quizá la reputación de Beatty no salió tan dañada, y encima quedó como galán rompedor de tópicos. A Bonnie, mientras, se le nota más que nunca hasta entonces en la historia del cine la decepción sexual. No se aparta comprensiva y dulce, sino con una pinta de cabreo frustrado que poco a poco va calmando hasta decidir continuar con Clyde, aunque sea de una forma más platónica. Lo cual quizá resulta más romántico que una pasión consumada a todas horas, por lo menos frecuente, y porque indica que hay algo más que deseo físico.

Bonnie sigue dando la nota dominante en cada escena de la película, con su marcada personalidad. Cuando el primer atraco de ellos juntos tiene lugar en una sucursal vacía que acaba de cerrar, se parte de risa. Cuando se encuentran con CW Moss (Michael J Pollard) en la gasolinera, ella se encapricha de él (y él queda claramente prendado de ella), y se lo llevan puesto como primer miembro de la banda. Cuando empiezan a ser famosos, ella se convierte en el alma de la imagen pública, posando seductoramente con armas, cigarros, boinas francesas o rangers de Texas en fotos que salían, tras idea de ella, en los periódicos a los pocos días (en la vida real, una vez durante una emboscada el grupo se dejó olvidada una cámara con un rollo entero de fotos hechas, que fueron reveladas y que hoy son muy famosas). Cuando a la banda se unen el garrulo de Buck y la modoso-histérica de Blanche, la vemos tensa, a punto de gritarles a ambos (y a veces haciéndolo). Y se muestra diferente a todos por el mero hecho de saber escribir, pasando los ratos muertos con sus poemas que los otros ignoran y que Clyde sólo aprecia cuando hablan de él: "You've told my story right there!"

El momento más claro de la influencia de Bonnie sobre todo el tono de la película es probablemente el episodio en el que se llevan de juerga a una pareja de novios cuyo coche acaban de robar. Está toda la banda de jarana, disfrutando con el tema que se han montado de medio divertir medio asustar a aquellos tortolitos tan formales, y cuando están todos echándose unas risas, ella le pregunta al novio (Gene Wilder, en su debut en el cine) que en qué trabaja. "Sepulturero", dice él. A ella se le corta el rollo inmediatamente y les ordena bajar del coche a la voz de ya. Porque a todo esto, y el espectador puede que se haya hecho partícipe de ello hasta ahora, se lo están todos pasando tan bien que casi nos hemos olvidado de que la historia, y eso lo sabe todo el mundo que empieza a ver la peli, acabará con 130 balazos en un coche. Son una banda de fugados y su pellejo corre peligro. Seguramente, cuando Bonnie se quiso sacar el aburrimiento de encima aquel día caluroso en Texas, no esperaba estar temiendo por su vida a cada momento, y tal como nos la han vendido hasta ahora de espontánea, vividora, caprichosa y deseosa de alegrías, es normal que se le venga un nubarrón encima de repente cuando le mencionan al de la guadaña. Aquí hay que contar un detalle real de esos que parecen mentira, y es que es cierto que una vez la banda raptó a un enterrador y la novia, pero cuando él reveló su profesión, Bonnie se rio y dijo: "Igual un día tenéis que trabajar sobre nosotros". Y así fue: el sepulturero que embalsamó los cadáveres de ambos, HD Darby, fue el mismo que compartió aquel día con ellos. Otro detalle que no se usó en el film.

Esta escena al principio estaba situada en el guión después de la visita de Bonnie a su madre, pero se cambió a antes precisamente para cambiarle el tono a la historia desde entonces. Así, la visita a la madre, en lugar de ser un momento alegre, viene teñido con la inquietud previa de Bonnie, que por fin se da cuanta de que algún día los pillarán y de que con su desgracia hará sufrir a su familia. La conversación que ambas tienen con Clyde aumenta el sentimiento de fatalidad: Clyde, bastante torpemente, dice que la policía les atribuye delitos que no han cometido para así hacerlos parecer más importantes cuando los pillen. Bonnie pega un bote, y aunque no dice nada, se le ve en la cara. ¿'Cuando' nos pillen? Y la madre lo remata todo diciéndole a su hija que como se le ocurra vivir a menos de tres millas de ella, palmará seguro. Tenga uno familia para esto.

En fin, todo esto, y la breve mirada final entre ella y Clyde antes de que los maten, demuestra que Bonnie es la verdadera alma sentimental de la película, y si el guión entero se interpreta como la historia de una nadie que quiso ser alguien, y que vio cómo todos los sueños se acaban transformando en pesadillas, puede sacársele mucho disfrute. Luego, su historia a su vez se convertirá en el sueño romántico de otros. Porque hay que hacer una observación importante: esta película será muy contracultural, y muy comprometida y muy innovadora y muy llena de ideas de cambio, pero el único gran efecto real que tuvo fue el de vender miles de boinas francesas por todo el mundo occidental, en imitación de la Dunaway. O sea, lo mismo que pasó con la foto del Che o los pañuelos palestinos: la contestación como prenda de moda, y luego, vuelta al conformismo. Sólo 10 años después de 'Bonnie y Clyde' vino 'La guerra de las galaxias', y las energías y el dinero de la juventud empezaron a usarse en aprender trucos jedi y comprar chewbaccas de juguete, en vez de en cambiar el mundo.

sábado 18 de julio de 2009

Una historia del Bronx (1993)

por Lenka

Siempre me han gustado las pelis de gangsters. No sé muy bien por qué, la verdad. No me entusiasma la violencia, los métodos de los clanes me horrorizan, detesto la prepotencia y el abuso al débil, la extorsión y la corrupción me parecen repugnantes, y, básicamente, me asquean el machismo, la horterez manifiesta, la ostentación descarada y la escandalosa hipocresía tan típicas todas ellas de este mundillo. Desapasionadamente, el mafioso (sea matoncete de tres al cuarto o Don) me da un cierto tufo a papagayo presumido, a soberbio insufrible, a cabrón sin entraña, a impenitente avaro, a chulo putas. Y hasta a medio analfabeto, a paletazo con pasta. Un capullo integral, pero con armas y con pasta. Un imbécil con ejército. Un gilipollas peligroso al que se teme y se odia.

Y, sin embargo, el asunto me fascina. Me fascinan sus historias, sus lealtades (o intereses), sus traiciones, sus chanchullos, su curiosísimo sentido del honor (para lo que les conviene, claro), y también, debo confesarlo, su inteligencia. Porque quiero creer que ningún mindundi llega a manejar hilos en semejante guiñol. Se queda de recadero o de matón de tres al cuarto. Mal que me pese, he de admitir que quien manda sabe usar la cabeza. Dónde estaría la mafia si no? En el imaginario, en las pelis, en las novelas. Poco más.

Pero no pretendo hacer una tesis sobre el tema. Por ignorancia y por pereza. Lo poco que sé se me antoja demasiado complejo de explicar. Lo único que pretendía, en realidad, era confesar mi sorpresa ante una pequeña historia del Bronx. Compré el libro no hace mucho (para algo tiene que servir la Semana Negra de las narices. Cuatro puestos de libros, un par de exposiciones fotográficas, charlas con escaso público y diez mil casetas de fritangas, bisutería, cacharros y coches de choque. Pura cultura). Lo dicho, que me hice con el libro. Un guión de Chazz Palminteri. Eso me llamó la atención, así, de repente. He visto la peli varias veces y no se me escapa que el susodicho no sólo interpreta a Sonny, sino que es el culpable del guión. De la historia. Y de repente (no se me había ocurrido hasta hace unos días, justo al terminar el libro) me pregunté si esa C de Chazz no sería de otra cosa. Si Chazz no sería un mote nacido a raíz de otro más escueto. "C". La edad coincidía también. Es decir, era mera imaginación? O era autobiográfico? Y resulta que sí. Calogero Lorenzo Palminteri, más conocido como "C". O Chazz. Ese niño, ese chaval, es Chazz. Ese Lorenzo, ese chofer de autobús honrado, era su padre. Y esa historia del Bronx era la suya.

O no. Quizá hay mucho de invención en ella. Quizá Chazz no vio morir a un hombre a sus nueve años ni encubrió a un mafiosillo de barrio al que interpretaría años más tarde. Quizá no vio morir a sus amigos de la infancia, esos que de repente le parecían tan simples y estúpidos, pero que eran sus amigos, al fin y al cabo. Quizá no protagonizó una imposible historia de amor entre el Romeo italoamericano y la Julieta afroamericana, escandalizando ambos a sendos barrios, a sendos ghettos, a sendas culturas enfrentadas. No lo sé, pero es curioso de todos modos. De alguna manera existió ese Calogero. Existe, de hecho. Se llama Chazz Palminteri. Y, vaya usted a saber, lo mismo fue aspirante a mafioso, dividido entre la honradez de un padre pobre y la fascinación por el capo que le apadrinó. Lo mismo es verdad (o no) que logró sacar lo mejor de ambas escuelas. El instituto y la Universidad de la Avenida Belmont.

sábado 4 de julio de 2009

House (2004- )

Temporada 1 (2004-2005)

En cuestión de series de hospitales, yo soy 'urgencista' hasta la médula ósea, pero como sólo voy por la 12 de 15 temporadas que tiene, ya escribiré sobre ella otro rato. De momento le he dado una oportunidad a 'House' porque gente que conozco la ve y porque Hugh Laurie siempre me ha caído bien. Como ya sabrá todo el mundo, en realidad antes era famoso por ser un cómico inglés alto, flacucho (zangolotino, que diría Fernando Fernán-Gómez) y con ojos saltones, y ahora gana votaciones sobre hombres más sexys (segundo, por cierto en doctores de la pantalla, tras George Clooney). Llegó a tener su serie propia, 'A bit of Fry and Laurie', con Stephen Fry, pero yo recomiendo 'Blackadder', una telecomedia histórica junto a Rowan Atkinson, más conocido como Mister Bean, en particular las dos últimas temporadas. De vuelta al siglo XXI, 'House' lleva cinco temporadas, está preparándose la sexta, y en el darwiniano mundo de las series de televisión, donde si no produces calidad o audiencia (o mejor aún las dos), se te cancela en un pispás, algo tendrá el agua cuando la bendicen, así que le he echado un ojo a ver.

Un detalle estadístico paradójico es que mientras que la quinta temporada (2008-2009) sólo quedó en el puesto 19 de audiencias en Estados Unidos, durante el año 2008 'House' fue el programa de ficción televisiva más visto en todo el mundo. Quiere esto decir que está pasando de ser una simple serie americana a un icono mundial. Lo cual no es necesariamente un halago: otra serie que fue lo más visto en el mundo en su momento fue, por ejemplo, 'Los vigilantes de la playa', que igualmente pasó a ser icónica.Icónica de la atracción de la silicona amenazando escaparse a botes de bañadores y bikinis en medio de veranos perpetuos de sol y playa, pero icónica al fin y al cabo. Todo el mundo sabe de qué iba y puede nombrar al menos a una de sus actrices y las razones de su éxito.

¿Cuál es la razón del éxito de 'House', entonces, y por qué cruza barreras de nacionalidad? Pues la primera es, por supuesto, su personaje principal, el doctor Gregory House, el médico que supuestamente dice las verdades como puños y que canta las cuarenta en bastos (y a veces en copas) a quien sea, desde pacientes a familiares, a administradores, a colegas, a enfermeras, a parejas, y exparejas y a todo el que se ponga por delante. Entre la comunidad médica de la vida real, según tengo oído, parece ser un ídolo: no existen doctores así, o si los hay los odia todo el mundo, pero todos disfrutan de oírle decir a este especie de sustituto cosas que se han quedado con ganas de soltarle personalmente a pacientes, a familiares, a administradores, a colegas, etc. Es un tipo de comportamiento que por sí sólo no garantiza respeto ni afecto ni siquiera admiración (la capullez hay que acompañarla de competencia profesional, al menos), pero si que garantiza una cosa: atención, aunque sea a pesar propio. Uno puede incluso basar una carrera en este tipo de cosas, como Risto Mejide, Boris Izaguirre o varios famosos y grandes hermanos de pega. Incluso puede llegar a ser el momento más recordado de la vida entera de alguien. Piénsese por ejemplo en el ya mencionado Fernán-Gómez o en Francisco Umbral y seguro que nadie puede evitar oír las palabras 'a la mierda' o 'mi libro', como si no hubieran hecho otra cosa en su vida. Ojo, no estoy comparando a nadie con nadie, sino sólo señalando una de las razones del éxito internacional de 'House'. Se vaya donde se vaya, seguro que se puede encontrar una figura cuyo comportamiento llame la atención de esa manera y se le quede a uno en la memoria, en medio de la corrección política.


Sin embargo, la causticidad, incluso la bien medida y pulida de un guión, no es suficiente. House, el doctor, es todo un estudio de cómo equilibrar un personaje de cara al público, y esa es la ventaja que tiene que sea de ficción. House habla como habla, pero a cambio es un genio brillante que siempre acaba resolviendo el caso, e incluso cuando se equivoca no es grave y siempre había un motivo para equivocarse cuya culpa se encuentra en otra parte. Es decir, que la capullez se puede perdonar si a cambio el capullo de marras te salva la vida. Entonces bueno vale, le perdonaremos y le pondremos una X, pero sólo porque es un genio. Además, es que el prubín está cojo y tiene dolores crónicos y está medicado hasta las cejas, y claro, no se puede uno meter con él, porque está tullidito, y si a cualquiera de nosotros se nos hiciera pasar por la 'muerte muscular' que le tocó a él, seríamos iguales de capullos, y encima no seríamos unos genios médicos. Este detalle no es casual en absoluto (de hecho, al principio House iba a ser paralítico en silla de ruedas) y el encasquetarle una desgracia médica es una vía de escape esencial para que el espectador no lo mande donde Fernán-Gómez diga.

Además, por lo que se ve en esta primera temporada, House sufre las consecuencias de tratar así a la gente: no tiene pareja, ni la ha tenido en años, y sólo quien lo trata cada día puede acabar rascando un tanto la superficie y ver al ser humano que hay debajo. Y sí, a mí me parece totalmente creíble, porque ocurre, que una colega guapa y veinteañera se prende de él. Siempre hay alguna, y además en este caso el affair está bien llevado, con la dosis de imposibilidad justa. En lo profesional, por su parte, todo el equipo le aguanta por su gran competencia, llegando incluso a casos de lealtad extrema, como demuestra la serie de episodios donde se juega con el despido de unos cuantos. A esto ayuda también la magia de la ficción, por la que todo el que se enfrenta a sus exabruptos pone cara de suspiro nopuedoconél o de tienerazónamipesarymelatengoqueenvainar. Esto pasa en la vida imaginada sólo: en la real, House habría pasado por unos ocho o nueve trasplantes de rostro ya.

Otro motivo más, y el más universal seguramente, es que las historias de hospitales funcionan, y han funcionado, siempre. Decía Benjamin Franklin que en la vida sólo hay dos cosas seguras: la muerte y los impuestos. Bueno, pues seguro que en algún sitio hay gente a quien no le preocupan los impuestos, por buenas o malas razones, pero incluso esos van a morirse alguna vez. Y muchos, pasando por enfermedades antes, así que no hay más motivo más universal que encontrarse pueda que la mortalidad humana. Muy torpe habría que ser para hacer una mala serie de hospitales, al menos a nivel de guión, porque te ofrece todo tipo de posibilidades, desde las más trágicas a las más cómicas, pasando por reflexiones sobre el modo de vida de la gente, la caridad, la atención a la familia, los delitos, la violencia, los valores sociales y profesionales, y sobre todo el valor que se le da a la vida y a su dignidad. Y todo eso sin salirnos de lo estrictamente médico, porque tangencialmente podemos meternos en la vida personal de los profesionales y encontrar otro mundo de historias, reacciones, concepciones, valores, etc.

Por último, se ha de mencionar la propia calidad de la actuación de Hugh Laurie. El tío estaba en Namibia rodando 'El vuelo del Fénix' y se grabó a sí mismo en el baño del hotel una cinta de vídeo para el casting usando un paraguas a modo de bastón. El director del episodio piloto, Bryan Singer (sí, el de 'X-men' y 'Sospechosos habituales') quedó tan impresionado que ni se dio cuenta de que Laurie, imitando perfectamente el acento, no era norteamericano, y lo contrataron. Laurie dijo que al menos así ahora tenía sentido su juventud desaprovechada viendo demasiadas películas y series.

Una de las primeras sensaciones que se tiene al ver la serie es lo mucho que se parecen casi todos los episodios: se presenta un caso con una primera complicación, se averigua lo que puede ser, se trata, se falla, el paciente empeora, se descubre por qué, se vuelve a tratar, vuelve a empeorar y así hasta que se acaba descubriendo todo lo que le pasa, siempre con House descubriendo la pieza que falta, en ocasiones mientras habla de otra cosa con otra persona. A veces es un caso de esos de uno entre un millón, otras veces es que el paciente tiene más de una enfermedad cuyos síntomas se mezclan entre sí y despistan. Y otras veces es que el paciente miente. 'Everybody lies' es el lema del doctor House, e incluso de la serie. Hay hasta camisetas hechas con la frase. Sin embargo, eso no se sostiene, y menos en un contexto médico. Claro que puede haber un número de pacientes que mientan para evitar descubrir temas sexuales, delictivos o embarazosos, pero ¿todos? ¿Qué razón pueden tener TODOS los pacientes para mentir, cuando su salud se puede ver gravemente perjudicada, y además hay confidencialidad entre doctor y paciente? El motivo del motivo, valga la redundancia, es que el concepto de la serie nació de la investigación. No se trataba de una serie de médicos uno de cuyos problemas fuera diagnosticar correctamente, sino que el 'whodunit', (el 'quién lo hizo') era la base central. Desde el principio el foco iba a estar sobre el elemento de la investigación, siguiendo la estela de CSI. Con lo cual añadimos otro motivo más al éxito: si la salud, la enfermedad y la muerte son ganchos muy efectivos para un espectador, la curiosidad por saber qué demonios pasó algo y por qué es otro casi infalible. El investigar lleva a menudo aparejado una parte de ocultación, y como los gérmenes no tienen motivos (según dijo uno de los creadores de la serie, David Shore), se llegó a que los propios humanos complicaran aún más los diagnósticos con sus subterfugios. Cosa que ocurre, por ejemplo y sobre todo, en la otra gran influencia de la serie: Sherlock Holmes. Al igual que Holmes, House acepta sólo de buena gana los casos que le suponen un reto mental. Ambos son adictos a drogas (cocaína uno, Vicodin el otro), y los dos son maestros del razonamiento deductivo en campos en los que tal cosa es esencial para resolver sus casos. Los dos son bastante misántropos, con una personalidad marcada e incapaz de aguantar la mediocridad ajena. Ambos tocan instrumentos (el violín uno y varios el otro), y hasta sus apellidos se parecen un tanto. Aún más se parecen los de sus mejores (o incluso únicos) amigos, ambos doctores, Watson y Wilson (Robert Sean Leonard). Incluso, para el friki total, ambos viven en un piso 221B y el apellido del primer paciente, Rebecca Adler, es el mismo que el del primer caso de Holmes, Irene Adler. Así que, como se ve, no es casual.

En muchos episodios se ve un cierto deseo de cambiar un poco el esquema para evitar lo repetitivo que resulta. Me gustó, por ejemplo, uno de los últimos, 'Three stories', donde House acaba contando su propio caso con la pierna durante una conferencia-castigo con estudiantes. Aparte de que sale Carmen Electra (una de las vigilantas de la playa mencionadas antes), la vuelta de tuerca es muy original y casi llega a ocultar que estamos ante el mismo estilo de prueba y falla hasta que aciertes, y esta vez por triplicado. Incluso se añaden a veces 'arcos narrativos' de varios episodios de duración, como por ejemplo la llegada de un nuevo donante y patrocinador del hospital que se empeña en echar a House. Sin embargo, dado el título de la serie y la importancia del personaje (los demás la verdad es que son puro acompañamiento), estaba claro que el despido no se iba a producir. Y además, el público parecía estar contento con el esquema, que es lo más curioso. Un caso para resolver por medio del intento y el error, y varios pequeños donde House pudiera echar broncas sarcásticas a diversos pacientes de a medio minuto la consulta. Listo. Y a la semana siguiente, repetición de la jugada. Al fin y al cabo, 'Los Simpson' llevan haciéndolo 20 años, y el ser humano es una criatura de costumbres.

sábado 27 de junio de 2009

Memorias de África (1985)

Hay dos tipos de películas basadas en hechos reales. Un tipo es sobre hechos que son en general desconocidos para el público, y por lo tanto la película es más famosa, e incluso hace a éstos más famosos. Ejemplos podrían ser ‘Una mente maravillosa’ o ‘Gorilas en la niebla’. El otro tipo es al revés, cuando el tema o personaje del que se habla es muy conocido, por ejemplo ‘JFK’ o ‘Gandhi’, y hay que andar con mucho cuidado con qué se cuenta y cómo, ya que no van a ser los herederos directos los únicos que se cabreen si el guión no gusta. ‘Memorias de África’ es un poco de ambas, dependiendo de cuánto conociera uno antes la figura de Isak Dinesen. Supongo que la película será cada vez más famosa que la historia real, en especial en este mundo cada vez más audiovisual, aunque al menos ha servido para que (algunos) descubran sus libros.

Ganadora de siete Oscars: Mejor película (Sydney Pollack), guión adaptado (Kurt Luedtke), dirección (Sydney Pollack), dirección artística (Stephen B Grimes, Josie MacAvin), fotografía (David Watkin), sonido (Chris Jenkins, Gary Alexander, Larry Stevensvold, Peter Handford), música (John Barry). Otras cuatro nominaciones: Actriz (Meryl Streep), actor secundario (Klaus Maria Brandauer), vestuario (Milena Canonero), montaje (Fredric Steinkamp, William Steinkamp, Pembroke J Herring, Sheldon Kahn). Entre otros comentarios que he leído se mencionaban como razones para que al público le gustara que es una película ‘de sabor clásico’, o que es ‘muy romántica’. No estoy muy de acuerdo con ninguna de las dos cosas, la verdad, aunque entiendo por qué se dicen. Para empezar, lo del sabor clásico supongo que viene por recordar títulos como ‘Mogambo’ o ‘La reina de África’, pero salvo el continente no veo que tengan tanto en común. Quizá sea la emoción de ver a dos grandes figuras como Robert Redford y Meryl Streep al frente de una historia sin persecuciones ni explosiones ni policías, hablando de temas humanos como el amor, la pérdida, la búsqueda, la soledad, etc. En este caso lo que se echa de menos es este tipo de cine, sea cual sea la época, más que porque fuera dominante ‘antaño’, cosa que nunca fue. Es curioso cómo la gente puede llegar a añorar algo que en realidad nunca ocurrió.

En cuanto a lo de que es muy romántica, depende de cómo se defina esta palabra. En el sentido amoroso, sensitivo (que no sensiblero) del término, ‘Memorias de África’ contiene dos o tres de los momentos más románticos de la historia del cine. Uno es Robert Redford lavándole el pelo a Meryl Streep. A la orilla de un río. En medio de hipopótamos y leones. De safari. En África. En 1920. Mientras él le recita ‘La canción del viejo marinero’ de Samuel Coleridge. ¿Qué mujer puede resistirse a algo así? La otra es cuando él aparece a la puerta de la casa de ella en una avioneta que aprendió a pilotar el día antes, la sube a bordo y se la lleva a dar un paseo por cráteres, selvas y cataratas.

Y no es como montar a caballito, no. Es como ‘ver el mundo desde los ojos de Dios’. Aparte, esta escena contiene uno de los usos de la música más efectivos que se pueden encontrar. Yo nunca presto mucha atención a la música de las películas, pero entre los 10-15 momentos que puedo recordar en que resulta sublime es en este paseo aéreo. Tras haber introducido el famoso tema principal ya anteriormente, el vuelo empieza con una música parecida, pero que no llega a arrancarse con ese tema en concreto, mostrando el avión como algo diminuto en el vasto cielo africano. Pero luego, al llegar al lago con los flamencos, el plano se acorta hasta casi poder ver lo mismo que ven los pasajeros del avión, la melodía principal entra con fuerza, y como uno ya se la sabe, hasta la canta dentro de su cabeza, compartiendo el goce de la experiencia. Magnífico.

Otro momento romántico puede ser cuando ella les inventa a él y a un amigo una historia tras una cena en su casa, partiendo del comienzo que le da él: ‘Había un chino llamado Cheng Huan y una chica llamada Shirley…’. Una vela entera más tarde, la historia termina bebiendo coñac en copas de verdad, sobre las alfombras de delante de la chimenea de una mansión africana. Son tres escenas ‘románticas’ de las buenas, fetén, de las de verdad, de las que hasta a los tíos se lo parece.

Sin embargo, la historia completa es muy poco romántica en este sentido. Sí puede serlo en el sentido original, decimonónico, del término, ligado a la desgracia, al sufrimiento y a los sinsabores, sin momentos de cuento de hadas. Y no es sólo por la manera en que acaba la historia, sino que comienza mucho antes. Denys Finch-Hatton y la baronesa Karen Blixen sintieron una gran fascinación el uno por el otro, debido a que compartían destino como blancos en África, educación con gusto por los libros y la cultura (‘nunca hablábamos de nada ordinario’, dice ella), y arrestos para vivir una vida difícil, él como cazador, soldado y guía, y ella intentando sacar adelante una imposible plantación de café (Kenya está demasiado alta para que fructifique) y organizar la vida de los kikuyu que allí viven, tanto trayéndoles cosas europeas que probablemente no necesiten como defendiéndolos ante los que quieren colonizarlos sin miramientos. Sin embargo, esto sólo funciona a ratos. Denys va y viene porque no quiere atarse a ninguna mujer. Frecuenta a Karen porque le fascina, pero no desea que lo domestiquen, mientras que en ella este deseo crece cada vez más. Y este es el verdadero punto central de la historia. El propio director, Sydney Pollack, lo dice: ‘El tema de la película es el de la libertad contra la posesión’. Karen tiene SU casa, SU plantación, SUS copas de cristal y porcelana, SUS kikuyu, y también quiere tener a SU hombre, y las cosas empiezan a torcerse cuando este conflicto empieza a hacerse evidente. Meryl Streep, que es una cachonda mental ella, lo resume diciendo: ‘Es una historia que trata de que él es más guapo que ella’. Y al fin, cuando él dice: ‘Me lo has arruinado’ ‘¿El qué?’ ‘El gusto por estar solo’, ya es demasiado tarde. Y si no lo fuera por decisión de los dos, ya viene el destino a encargarse de que no se pueda.

Así que bueno, romántico según como se mire. Pero no cabe duda de que es una película inspirada, hecha para durar, y que algún día será citada como un ‘clásico de esos que antes se hacían tanto’ (aunque no sea verdad) y ahora no.

martes 16 de junio de 2009

Blade runner (1982)

Numerosas películas pueden variar mucho en la huella que dejan dependiendo de cuándo se vean, y este puede ser uno de los casos más claros. Hoy puede no asombrar tanto, pero en 1982 era algo absolutamente rompedor en cuanto a estética y en cuanto a manera de vender la ciencia ficción. Aunque la saga de 'La guerra de las galaxias', a pesar de su mayor contenido de entretenimiento, ya había abierto la senda de que las máquinas del futuro no serían perfectas y asépticas, sino usadas, viejas y parcheadas, el concepto llega aquí a su máxima expresión. Y no tanto por hacerlo todo más cutre, sino (y yo creo que este es y será el gran acierto) por contraponer un mundo de lujo, rascacielos y tecnología flamante, nueva y costosa, con otro submundo a nivel de suelo donde la tecnología sólo vale si te ilumina la calle, te calienta la comida y te lleva de A a B, es decir, las necesidades más básicas. Son las favelas vistas desde el ático de la multinacional.

Dos nominaciones a los Oscar: Dirección artística (Lawrence G Paull, David L Snyder, Linda DeScenna) y efectos visuales (Douglas Trumbull, Richard Yuricich, David Dryer)


'Blade runner' es una película fascinante por muchas razones, y entre ellas está el ser un film tan complejo que su propio director, Ridley Scott, ha publicado hasta cinco montajes diferentes en un cuarto de siglo. A esto hay que acotar, sin embargo, que Scott es un auténtico adicto al director's cut (así, de memoria, creo que además ha re-montado versiones de 'Alien', 'Gladiator', 'El reino de los cielos' y 'American gangster'), de forma que seguramente este deseo de retocar continuamente viene más del tener una mente controladora e hipercreativa (sobre todo en lo visual) que de la propia dificultad de la película. No tengo vistas las cinco versiones (creo además que una de ellas es poco más que un montaje de trabajo para verlo todo junto, o algo así), así que no voy a entrar en las pequeñas diferencias entre todas. Lo útil y necesario en este respecto es centrarse en la primera y en la última. Dicho rápidamente, la original de 1982 tenía voz en off y final feliz, y la de 2007, que el propio Scott certifica en el dvd como 'mi versión favorita', elimina ambas cosas. Lo cual de por sí es cosa que subrayar, ya que normalmente los montajes nuevos se hacen para alargar, no para acortar, pero Scott aquí en vez de meter lo que no le dejaron poner, saca lo que le obligaron a meter. Y bueno, 'obligaron' tampoco, porque más fascinante todavía es saber que cuando los visionados previos empezaron a mostrar públicos confusos con partes de la historia y reacciones de decepción mayoritaria, Scott fue de los primeros que dijo que aquello lo había que arreglar como fuera. Obviamente, no sería plato de gusto, pero si algo se trajo Scott de sus tiempos de realizador publicitario es que con el dinero del productor, las amenazas de quiebra y la reputación de uno no se juega, porque un fiasco que además de ser fiasco sea fiasco costoso puede acabar con la 'empleabilidad' de un director de manera fulminante. Adiós carrera, y vuelta a anunciar detergentes. A ello se puso -como un solo hombre, que dirían los clásicos-, y resultó. La película no fue un exitazo (y mucho menos estrenada al lado de E.T.), pero en la época del inicio del vídeo era de las que casi siempre estaba en exhibición en tal o cual cineclub o círculo cultural o grupejo universitario reivindicativo. Una peli de culto, que se llama.

Ciertamente, el final feliz es absolutamente deleznado por todos: es un pegote que hasta el más adicto a la sacarina ve que queda falso, con esa salida de la urbe que ha sido centro de la historia y ese meterse con el coche en un bosque solitario de esos que salen en los anuncios de automóviles (y que por cierto, son tomas sobrantes de 'El resplandor' que Stanley Kubrick le dejó usar a Scott), pero lo curioso (palabra que saldrá mucho al hablar de esta película) es que la voz en off gusta bastante. Por ejemplo, a gente como Guillermo del Toro. Y muchos de los que dicen que está mejor sin ella, lo hacen sabiendo ya lo que explica por haberla visto, lo cual es un poco trampa. Siguiendo con las curiosidades, yo, que soy un gran defensor de la voz en off en el cine, en este caso, mira por dónde, no me da más: creo que sí que clarifica cosas, y que sobre todo evita la distracción de que uno se pase la peli preguntándose de qué demonios va el tipo raro este de Gaff, por ejemplo, pero me parece que hoy en día el público está bastante más acostumbrado que antes a no necesitar que le cuenten todo para entender las cosas. Sin embargo, en unos años 80 que iban a pasar a la historia como la década del entretenimiento yuppy, las explicaciones se hacían necesarias. Así que insto a quien no haya visto esa versión 'explicada' a que la vea, que debe de estar por ahí en dvd en el estuche ese réplica del maletín de investigador que mola tanto.

Inicialmente, el guión de Hampton Fancher, basado en la historia de uno de los grandes de la ciencia ficción, Philip K Dick, iba a ser una película de interiores, con un par de viviendas, una oficina y alguna que otra calle para pegar tiros y perseguirse. Iba a ser una historia 'de mirarse a la cara y hablar'. En éstas llegó Scott y preguntó qué había fuera. Y la idea que traía en la cabeza es lo que reflejó finalmente: una Los Ángeles superpoblada al estilo de las macrourbes japonesas o de Hong Kong, donde se cocina, se camina y hasta se duerme en cualquier sitio, y donde el espacio es un bien escaso. No es casualidad que haya multitud de referencias orientales, desde los comederos de puntapié que hay por las calles hasta el gran anuncio con la geisha en pantalla grande, pasando por los múltiples letreros comerciales, el ingeniero de ojos, o el personaje de Gaff, que pese a estar interpretado por un latino (Edward James Olmos), está construido como una mezcla de culturas, que podría ser de todas las razas y de ninguna, y que habla su propio idioma, mezcla de todos (de hecho, Olmos se curró sus propias frases yendo a escuelas de idiomas y usando cosas como el esperanto y el húngaro para componer ese Cityspeak que es de todos y de nadie). A mí no me acaba de resultar convincente que Los Ángeles pueda acabar así, para empezar porque no tiene el problema de espacio que hay en Japón: si hace falta sitio, siempre puede crecer hacia dentro del continente, y de hecho así ha ocurrido siempre con esta ciudad. Y aparte, aunque tiene una numerosa comunidad asiática, la hispanoparlante es aún más grande, y no es fácil que se vaya a diluir. En esta Los Ángeles faltan mexicanos. Sí que podría ocurrir, sin embargo, que la influencia oriental se deje sentir desde las multinacionales: se lleva prediciendo desde hace años que Asia es el gigante dormido de la economía mundial, y que cuando despierte podría dominar la cultura incluso en sus manifestaciones externas.

Esa es precisamente una de las ideas centrales de la estética de la película: que el futuro no será de las naciones, sino de las multinacionales, y en concreto que habrá dos o tres gigacorporaciones que lo dominarán todo, en especial si se llega a empezar a explotar mundos exteriores, como pasa en el guión: recordemos que, aunque no vemos nada de esto, los replicantes son inicialmente creados para hacer los trabajos más duros en otros planetas a los que se va y de los que se viene continuamente. Scott llegó a decir que la teniente Ripley y el resto de la tripulación de la Nostromo, de no haberse tropezado con los aliens, podrían haber acabado tomándose unas birras con Deckard sin ningún problema en el mismo garito de esa Los Ángeles superindustrial. Tyrell es el nombre ficticio de la corporación que se nos muestra, pero la apuesta curiosa es por las marcas reales: los anuncios de Coca-cola o Budweiser en pantallas grandes se hicieron realidad pocos años después, y aún siguen dominando la publicidad. Pena que el efecto intimidador y profético se estropee al ver otras marcas como TDK, que está tras la cabeza del Nexus 6 cuando su famoso parlamento final, o sobre todo, Atari. Eso y las hombreras de Rachael (Sean Young) son lo que demuestra cuándo se hizo la película. O quizá quien la vea en pocos años no sabrá qué era Atari, las hombreras vuelvan a estar de moda y el efecto se recupere.

Ridley Scott tiene su sitio asegurado en la historia del cine, sin duda, pero esta película es una muestra de que eso será más por la forma que por el fondo. Porque aparte del fascinante e intrincado diseño de un futuro próximo y factible (aunque no para 2019, creo yo), ¿qué ofrece la película, sobre todo en su guión? La historia que se quiere contar, la de un mundo de tecnología punta accesible a unos pocos y masas hacinadas, se transmite de forma eminentemente visual. Ese plano inicial de enormes torres con llamaradas saliendo de ellas está sacado de la propia infancia norteinglesa de Scott, hecha de pozos mineros y de una industria siderúrgica que había convertido a una isla diminuta en términos globales como Gran Bretaña en una gran potencia mundial. Eso tenía un coste, y las mismas torres y máquinas que un día inspiraron a JRR Tolkien para su visión del mal extremo, para Scott son muestra de inevitabilidad: a nadie le gustan, como mucho pueden impresionar en plan espectáculo dantesco del que es capaz el hombre, pero la gran masa no permitirá que se apaguen por mucho daño que hagan. Se han acostumbrado a la vida que ellas hacen posible y no se cerrarán hasta que no se termine el combustible, hasta que se queme todo lo que pueda arder. La crítica ecológica, dicho sea de paso, estaba mucho más presente en la obra original de Dick (como indirectamente en la de Tolkien).

La idea de héroe cansado también se transmite más por la estética que otra cosa: esa gabardina de cuello alzado, ese callejear, ese piso desordenado, ese beber para olvidar, ese cepillarse a la dama del relato en su momento de mayor desencanto y desamparo. Esa lluvia, ese vapor del suelo, esa bruma, ese local de striptease donde se prometen bailarinas gozando con serpientes, o aún más, el mismo hecho de que una línea entera de Nexus esté dedicada a 'modelos estándar de placer', todo eso apunta en la dirección del futuro hecho con sangre, sudor, lágrimas y otros fluidos corporales. Y paradójicamente, esto no dejará de ser así ni aunque se inventen androides, sintéticos o replicantes (o 'personas artificiales', como prefiere Bishop). ¿Qué es lo que dice Nexus 6 (Rutger Hauer) en su monólogo final? 'Como lágrimas en la lluvia'. Ése será el precio de tener sentimientos.

Y ahí llegamos, al que es merecidamente uno de los momentos estelares de la historia del cine. Toda una Maruja Torres escribió una vez que el parlamento final de Roy Batty la primera vez le había parecido una ñoñez, y la segunda vez que lo vio años más tarde la hizo llorar como una Magdalena. Puede que sea la edad, o puede que sea el haber descubierto una joya más o menos oculta, porque en medio de una visión más bien apocalíptica del futuro, esta escena condensa en pocas palabras hasta tres elementos con los que cualquiera se puede identificar, sea replicante o no: orgullo por las cosas dignas de mención que uno ha hecho, pena porque dejen de tener significado o no lo tengan más allá de uno mismo, y desgarro e impotencia ante la certeza e inevitabilidad de la muerte. En sus frases concretas: 'He visto cosas que no creeríais'. 'Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia'. 'Hora de morir'. Todo ello se condensa en una cosa: ¿ha merecido la pena haber vivido? ¿Qué quedará de mí? ¿Alguien me recordará? ¿Qué importancia he tenido? ¿Todo lo que he hecho ha sido para nada? Cualquier ser mortal se preguntará eso alguna vez, si tiene ocasión y dos dedos de frente. Los replicantes, obviamente, presentan este sentimiento de manera más dramática, ya que han sido creados con cuatro años de vida para evitar que su desarrollo mental les lleve en algún momento a rebelarse contra sus hacedores (el hombre, jugando a ser Dios). Además, no sólo van a tener una vida corta, sino que van a perecer en la plenitud de facultades, cuando su hora, según cánones y sentimientos humanos, aún no ha llegado. Los humanos lamentan las muertes, pero aún más las de gente que muere 'antes de tiempo', y eso les pasa a todos los replicantes sin excepción. También, recordemos, JF Sebastian (William Sanderson), uno de los ingenieros, sufre de progeria, una enfermedad real que hace envejecer a una persona varias veces más rápido de lo normal. El propio Roy, anhelando unos segundos más, se clava una punta en la mano buscando una última inyección natural de adrenalina, simplemente para tener la oportunidad de asegurarse que uno de sus momentos no se perderá en el tiempo: salvar la vida de Deckard, cuando simplemente podría haberse sentado a agotar sus últimos segundos y permitir al policía caer al vacío. Scott dice que lo hace por reconocer la bravura de guerrero de Deckard a la hora de enfrentarse a un temible adversario como los replicantes. Lo cual queda muy bien, pero la verdad es que estos replicantes son un poco inútiles: las dos tipas le sacuden unas yoyas simplemente, pero lo dejan vivo a pesar de que podrían aplastarlo como a un huevo, y éste les recompensa con tres tiros a cada una. El otro replicante masculino comete el clásico error de hablar demasiado, y Rachael también lo mata. Por su parte, Roy se pone a jugar al gato y al ratón cuando ya está en el tiempo del descuento.

Pero en fin, todo sea por el final tan bien logrado. Es bien sabido que esta despedida de Roy no estaba en el guión, y que fue Rutger Hauer quien se inventó el texto. No en ese mismo momento del rodaje, que tampoco hay que ser tan melodramático, pero sí que salió de su magín exclusivamente (como también el hecho de tener una paloma en la mano todo el rato, en símbolo un tanto más edulcorado de paz en la tierra a los replicantes de buena voluntad y blablablá). Así, seguramente el momento más icónico y conocido de esta película de Ridley Scott no se debe a Ridley Scott, pero se puede decir que merece que le ocurriera, por haber creado un ambiente que metía tanto a sus actores en ese mundo alucinante que podían venirle con semejantes joyas. Ahí se puede decir que Scott, con su trabajo previo, creó su propia buena suerte.

La peli tiene mucho más que contar, pero de momento lo dejamos aquí, y recomiendo ver las dos versiones principales y el gran documental que viene con el 'final cut', donde cuentan muchas de estas cosas y alguna más. Para quien haya llegado hasta aquí esperando ver si se habla de si Deckard es un replicante o no, pues la respuesta es: no sé, ¿no? Lo mismo sí. Scott nunca llega a decir 'lo es', pero muchas cosas apuntan a que lo sea. Una de ellas es lo del unicornio: en un momento de la película, Deckard sueña despierto, o fantasea, o se imagina, o lo que sea, un unicornio blanco cabalgando por un bosque (recorte, por cierto, de otra peli de Scott, 'Legend'), y en la última escena de la película (versión 'favorita'), Gaff, que se dedica a hacer figuritas con papel y cerillas, deja en la puerta de la casa donde dormía Rachael una figurita con forma de unicornio. ¿Cómo sabe Gaff lo del unicornio que Deckard tiene en la cabeza? La explicación más plausible es que ese unicornio forma parte de los recuerdos implantados que se les pone de serie a todos los replicantes para hacerles creer que tuvieron una niñez en vez de haber sido creados ya adultos hace cuatro días (Deckard así se lo dice bastante cruelmente a la propia Rachael), y que por lo tanto, Gaff le está diciendo de forma indirecta que él también es uno, aunque quizá con unos parámetros distintos instalados. Otro elemento es un momento en el que a Deckard se le ve un reflejo en los ojos típico de los que se les notan a los replicantes con cierta luz, aunque hay que decir que en esa toma a Deckard se lo ve borroso en segundo plano, mientras que Rachael está en primer plano. Es decir, que estos dos elementos apuntan fuertemente en esa dirección, pero no se resuelve la duda final al cien por cien, de la misma forma que en la versión más reciente la historia se acaba ahí, sin resolver el destino final de Rachael y Deckard. Lo único que sabemos es que Gaff pudo matar a Rachael (y seguramente a Deckard también) y no lo hizo.¿Por qué? ¿Qué hará Deckard ahora para vivir más? ¿O no necesita vivir más que lo que viva Rachael? Con Tyrell muerto, ¿puede alguien ayudarles? ¿Importa todo eso o es mejor que él también se pierda como lágrimas en la lluvia?