Pocos títulos, pero cuidados

¿Necesita el mundo otro blog de cine? Pues seguramente no. Pero aquí está de todas formas. Bienvenidos a los que quieran quedarse. Lo principal que se debe saber es que este blog incluirá pocos títulos, pero tratados con espacio y cuidado (hasta donde llegan las luces de quien escribe), y que cada entrada consta de (1) presentación (sin spoilers) de cada título, para quien quiera pensarse si verlo o no, o recordar cuál era, (2) carátula, y (3) comentario/discusión de cierta extensión (con spoilers y sin avisar), para leer después de verlo.

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viernes, 6 de marzo de 2009

True blood (2008)

(Temporada 1)

Otra serie de vampiros, pero tan alejada de ‘Buffy’ y sus tacones adolescentes como es posible. Basada en la serie de novelas de Charlaine Harris, presenta una realidad paralela en la cual se ha inventado en Japón una sangre artificial que puede permitir a un vampiro vivir de ella sin recurrir a sangre humana, y se vende con el nombre de "TruBlood" en botellines microondables (sabe mejor a temperatura corporal, obviamente). Ello llevó, hace dos años, a que los vampiros "salieran del ataúd" y vivan ahora entre los humanos con oficialmente cada vez más derechos… y provocando cada vez una mayor desconfianza, más o menos oculta.


Si algo así ocurriera de verdad, sería un notición sólo superable quizá por la llegada de alienígenas inteligentes, y de hecho, cada vez que en la serie se enciende una tele, hay un debate sobre vampiros, una película de Drácula o un documental sobre murciélagos. Es el tema del milenio. Obviamente, sería extremadamente difícil para una serie de televisión, de recursos siempre limitados, mostrarnos cómo cambia la vida del mundo entero tras tamaña revelación, así que en vez de eso, se hace observando el fenómeno a través de una ventana minúscula, que es Bon Temps, un pueblo de Louisiana donde parece haber poco más que un bar, mucho calor, poca ropa… y prejuicios por doquier. Lo que en el profundo Sur antes le pasaba a los negros y a los homosexuales ahora le pasa a los vampiros. El miedo a y la exclusión de quien es diferente es una analogía tan clara que aunque la serie no quiere hacer de ella su idea principal es difícil evitarla. Cosa que no es necesaria, por otra parte: ese tipo de rechazo-mezclado-con-atracción sería de lo más creíble si en la vida real hubiera vampiros por ahí. Con el agravante de que los negros y homosexuales no matan en masa, pero los vampiros sí. Un negro u homosexual rebelde pelea por sus derechos. Un vampiro rebelde rechaza la comida basura que supone la TruBlood (imagínese tener que vivir de hamburguesas de McDonalds toda la vida) y mata gente para sobrevivir. Cuidadín.

Gran parte de la diversión en cada película o serie sobre vampiros yace en saber qué normas se aplican. Siempre hay una escena donde se explica si esta vez les afectan las cruces, el ajo, la plata, el agua bendita, el tener que pedir permiso para entrar en una casa, las estacas atravesando el corazón o la luz del sol (esta vez no lo voy a revelar, así que a verla tocan), pero en este caso, con esa salida masiva a la luz pública (artificial), resulta un poco chocante que la gente de Bon Temps todavía ignore muchas cosas al respecto, tras dos años de monotema de conversación. Supongo que la explicación interna reside en que la gran mayoría de los personajes son curritos de poca educación y en algunos casos pocas luces, y la explicación externa en que hay que mantener al televidente intrigado. Por otro lado, se va sabiendo que hay cosas que los vampiros no quieren que sean de dominio público, en particular sus debilidades, lo cual es lógico.

Otra de las cosas divertidas es saber qué tipo de organización tienen. ¿Están cada uno a su bola, o se ayudan entre ellos? ¿Tienen leyes? ¿Tienen cadena de mando? ¿El creador de un vampiro nuevo tiene algún tipo de poder o responsabilidad sobre él? ¿Cómo se gobierna cuándo y cuántos vampiros nuevos se hacen? Porque si hubiera demasiados, no habría humanos para todos. ¿Con la edad aumenta su poder o disminuye? ¿Hay clanes y enemistades? De nuevo aquí llegan pocas respuestas al principio, pero reveladoras. En Bon Temps sólo hay un vampiro, decepcionantemente llamado Bill (el actor inglés Stephen Moyer), que resulta que tiene ciento setenta y tantos años, "convertido" durante la Guerra de Secesión, y que es del propio pueblo, así que en el fondo él tiene más derecho de vivir ahí que todos los demás humanos del siglo XXI. Para encontrar más vampiros, como para todo, hay que irse al pueblo grande más cercano, donde hay hasta un bar temático, Fangtasia ("fang" significa "colmillo"), controlado por Eric, un pedazo de sheriff vikingótico (Alexander Skarsgard), que a su vez responde a una especie de juez (el eterno y excelente secundario Zeljko Ivanek). Quien conozca el juego de rol ‘Vampiro: La mascarada’ encontrará familiar este tipo de organización organización, que seguro que tiene muchas más ramificaciones que no vemos.

(Por cierto, que aunque no se juegue a rol, recomiendo hacerse con el libro básico de 'V:LM', que seguramente esté descatalogado, y leérselo, que es una pasada vampírica)

Otra más de las cosas que ir tachando de la lista es qué tipo de poderes tienen los vampiros. Porque estar condenados a chupar sangre per saecula saeculorum sin ningún tipo de ventaja no mola nada. Y aquí es donde la cosa se pone interesante. Para empezar, estos vampiros pueden "glamurar" a los humanos: los miran así rollo emo, les hablan con voz baja y aterciopelada, y los humanos hacen lo que se les mande. Incluso puede hacérselos olvidar cosas, aunque abusar de esto puede estropear el juguete. Y aquí es donde debemos hablar de la protagonista humana principal de la historia, Sookie Stackhouse (Anna Paquin, la niña de ‘El piano’, ahora de rubia y con unas piernas que le llegan hasta el suelo). Camarera del bareto local, cosa que parece ser la única ocupación laboral de las mujeres de la zona, a Sookie no le afecta el glamur vampírico. De hecho, no es la única peculiaridad que tiene: la otra es que puede leer mentes. Como si su cerebro fuera una radio, puede captar lo que la gente a su alrededor piensa, y además el pueblo entero sabe que puede. La mayoría de las veces Sookie tiene el receptor "apagado", un poco por vergüenza y sentido de la justicia y la privacidad, y otro poco porque es un mareo que te pasas, en especial en el bar. Curiosamente, la única persona del pueblo a quien no puede leer la mente es... al vampiro. Ajá. O sea que el poder de él no funciona con ella y el de ella no funciona con él. Estos dos acaban liados fijo, se dice uno.

Porque ese es el siguiente poder que tienen estos vampiros. Funcionan sexualmente. Es más, vaya si funcionan. Sea por la experiencia que van acumulando o por los sentidos extraordinariamente desarrollados que adquieren, no hay nadie que no se haya acostado con un vampiro que no lo juzgue lo más de lo más que ha sentido en su vida. Tanto es así, que empieza a haber verdaderos "fangbangers" ("fang, de nuevo, significa "colmillo" y "bang", ehtee… eso), adictos al sexo con vampiros, lo cual es una interesantísima inversión de roles: inicialmente los vampiros son adictos a la sangre humana (las analogías de los vampiros con los adictos a las drogas son inacabables en muchas obras, incluyendo la propia novela fundacional ‘Dracula’ de Bram Stoker), y ahora algunos humanos se están haciendo adictos a los vampiros.

Es más, la cosa no acaba ahí, porque para acabar de rematar la jugada, resulta que la sangre de vampiro es lo más poderoso que hay sobre la Tierra (por ahora). En la serie sólo vemos un par de cosas para las que sirve, pero estas son 1) curar sin rastro las heridas de una brutal paliza en cuestión de horas, y 2) la viagra a su lado es un terrón de azúcar. Una sola gota hace que se te ponga como para varear olivos con ella. Por ello no es de extrañar que se haya convertido en la droga de moda. Y aquí tenemos que hablar de otros dos personajes: Jason Stackhouse (Ryan Kwanten), hermano de Sooki y Lafayette Reynolds (Nelsan Ellis). Jason es un currito tan ligón como lerdo, y cuando una de sus conquistas, una camarera colega de Sooki, le dice que el mejor que ha tenido nunca ha sido un vampiro, le entra la flojera. Sí, ese tipo de flojera. Si lo de chupar sangre es alegoría de adicción y lo de salir del ataúd alegoría de las luchas de derechos raciales y sociales, la superioridad sexual de los vampiros es sin duda alegoría de las inseguridades internas masculinas. Jason tiene un cuerpazo, y se cepilla todo lo que quiere, pero basta que una tipa le diga que cómo mola otro para que su propia autoimagen se derrumbe. Además, Jason, en consonancia con su imagen de ignorante, es presa fácil para los prejuicios. No los tiene en absoluto contra negros o maricas, pero es antivampiros cien por cien, y más aún cuando Bill y Sookie empiezan a decirse ojos negros tienes (a su vez analogía del rechazo a las parejas de distinta raza tan presente en ese profundo Sur). Si encima ahora es el diferente el que te "gana" en algo tan delicado como lo sexual, la antipatía puede convertirse en odio y destrucción interior fácilmente. ¿Y cuál es el único remedio? Paradójicamente, sangre de vampiro. Si no los puedes vencer, únete a ellos.

A esto le ayuda Lafayette, que es para mí el amo de esta primera temporada. Lafayette es negro, cachas, homosexual, prostituto, obrero de carretera, cocinero en el bareto de marras y tiene una lengua de víbora que el día que se la muerda se muere envenenado. Además, para redondear, es camello. Sobre todo de v, como se llama en la calle a la sangre de vampiro. Y cuando le pasa a Jason un vial entero diciéndole que se tome sólo una gota de cada vez, ¿qué hace el bruto de él? Se lo pimpla entero. El resultado: un priapismo del quince largo, del tamaño (y color) de una berenjena. Por ansioso.

Otro personaje tremendo es el de Tara Thornton (Rutina Wesley), prima de Lafayette y con su misma mala leche. Las primeras reseñas que hubo de la serie, basadas en dvds de preestreno de los primeros capítulos, critican con frecuencia que algunos de los personajes, si no todos, eran demasiado típicos y bidimensionales: el cateto follador, el vampiro caballeroso y torturado, la camarera adolescente virginal, y (por Tara) la negra cabreada. Y es cierto que hay látigos menos dañinos que la lengua de este pedazo de negra, pero a medida que va pasando la serie es de los personajes mejor moldeados. Se presentan las razones del cabreo (padre ausente, madre alcohólica y maltratadora, manía persecutoria de que todo el mundo es racista, incluida su madre por ponerle nombre de plantación de ‘Lo que el viento se llevó’), pero luego se la lleva por un interesante recorrido y sus consecuencias: su cabreo permanente le hace perder amigos continuamente, y aunque esté mal decirlo, está demasiado buena como para que nadie se interese por ella, aunque solamente sea de "esa" manera. Siempre encuentra la forma de estropear sus relaciones con todo el mundo por culpa de su genio, y un personaje de dos dimensiones quedaría más chulo que un ocho maltratando a todos y quedando guay con su independencia, pero la vida no es así, y el personaje madura sufriendo las consecuencias y las inseguridades lógicas.

A medida que avanza la primera temporada nos encontramos con la posibilidad de que los vampiros no sean lo único sobrenatural que hay en Louisiana. El poder de Sookie ya es otra cosa rara, pero cuando una curandera de pantano le hace un exorcismo a la madre de Tara que le cura el alcoholismo por 450 dólares, un nuevo mundo se abre tanto al espectador como a la propia Tara. ¿Es posible pagar un taco billetes para que alguien te saque con un poco de dolor un demonio de dentro y tu vida sea mejor así como así? Desde luego, con la madre funciona, y es fascinante cómo el guión mezcla en esta parte cosas como la intensa religiosidad de la madre, su aún más intenso alcoholismo y su aún más intenso si cabe convencimiento de que no es culpa suya sino de un demonio que tiene dentro. Es otra analogía sobre la adicción como pecado contra Dios y como demostración de la existencia del diablo, de la tentación y del mal como algo encarnado en cosas externas. Dicho todo lo cual sobre las analogías, el creador de la serie, Alan Ball, que es homosexual, no renuncia a ellas, pero afirma que lo que quiere simplemente es hacer una serie de vampiros. Bien está que no quiera verse atrapado por las lecturas comparativas (Tolkien también lo odiaba, por ejemplo), pero no deja de ser enriquecedor hacerlas. Porque además, los vampiros y su fascinación van más allá de esta y de cualquier otra saga, así que este tipo de cosas van con el territorio. Es una cruz (jeje) con la que hay que cargar.

A todo esto, el hilo conductor de la temporada es una serie de muertes que se producen en el pueblo, con lo cual a la historia de vampiros añadimos un tipo de narrativa que nunca falla y siempre engancha, que es la de "alguien ha matado a alguien". Todo apunta a Jason, que si ya de normal anda teniente por la vida, ahora con sus borracheras, follamientos múltiples y consumo de v ya no sabe si sube o si baja. El autor será revelado al final, y es el mismo que en el primer libro de la saga, al que se mantiene bastante fiel. Aunque lo que no sale, que hubiera sido un punto, es un vampiro que puede (o no) ser Elvis Presley. La caña. Más Sur profundo imposible. Por cierto, que según parece, las próximas temporadas empezarán a desviarse de los libros. Aviso a navegantes.

Decir por último que Alan Ball, antes de esto, fue responsable de ‘American beauty’, donde trataba con personas vivas que parecían zombis, y ‘A dos metros bajo tierra’, donde trataba de vivos que se ocupan de los muertos. Ahora completa la trilogía con no-muertos, asesinados, vivos con demonios o poderes y quién sabe qué más saldrá de las swamplands de Louisiana en próximos capítulos.

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